Apoyó en el Senado la continuidad de la gestión de Letta. Lo forzó a hacerlo una rebelión interna de su partido.
Tras diez días de amenazas y ultimatums, la jornada que comenzó con tintes dramáticos terminó en una farsa. El gobierno conquistó una mayoría de 235 votos contra 70 en el Senado, donde carece de una mayoría, y horas más tarde también la Cámara de Diputados confirmó a Letta y a su gobierno.
El final de juego ha sido desastroso para Berlusconi, que equivocó estrategias que apuntaban a un solo fin: aliviar su situación judicial de condenado con sentencia firme a cuatro años de cárcel por fraude fiscal, lo que lo pone en la puerta de ser expulsado del Senado y perder su inmunidad.
Berlusconi y sus abogados están seguros –y no se equivocan– que, no bien il Cavaliere quede a la intemperie sin el escudo parlamentario, le llegarán nuevas causas judiciales y terminará entre rejas. Bastarán unos días de cárcel para que el poder, el prestigio y el carisma de quien fue tres veces premier se derrumben para siempre.
Como una comisión del Senado votará seguramente mañana una recomendación para expulsarlo del cuerpo, que deberá a su vez en reunión plenaria decidir a mediados de mes la cesación de il Cavaliere , la desesperación que le ha hecho perder lucidez llevó a Berlusconi a ordenar que sus casi 200 senadores y diputados renunciaran a sus cargos para paralizar el funcionamiento del Senado.
Esta decisión determinó una espectacular ruptura con el presidente de la República, Giorgio Napolitano, y con el premier Letta, porque Berlusconi está asociado a la extraña mayoría contra natura que unió en el gobierno a la sinistra del partido Democrático con los “berluscones” de centroderecha. Ese enfrentamiento llevó a que Berlusconi anunciara también, como patrón de su partido PDL, la renuncia de sus cinco ministros.
Formalizada la crisis, en pocos dias al Cavaliere se le desmoronó la estantería.
Los cinco ministros dimitieron pero se pronunciaron contra el gran capo y respaldaron al gobierno Letta. La lucha entre “halcones” y “palomas” dentro del partido berlusconiano se hizo exasperada y ayer los conflictos terminaron explotando en el Senado.
Veinticuatro senadores “berluscones” anunciaron que votarían en favor del gobierno Letta, que con este aporte quedó al reparo de una derrota. Hasta el mediodía de ayer, Berlusconi resistió, defendiendo la línea dura. Pero su familia y los ejecutivos de su imperio mediático, más la noticia ya sabida de que los “poderes fuertes” del país se le habían puesto totalmente en contra, lo convencieron a último momento de rendirse. El mismo Berlusconi pidió la palabra antes del voto y en 30 segundos firmó su derrota, anunciando el apoyo al gobierno de la “amplia coalición” contra natura. Después, se retiró y por primera vez fue chiflado, abucheado e insultado por la multitud que estaba frente al Senado. “No he dado ningún paso atrás ni pienso renunciar”, aseguró il Cavaliere, turbado por tanta hostilidad.
Berlusconi esperó vanamente que Letta, en su discurso, le tirara algo para seguir ganando tiempo en su drama judicial. Pero el primer ministro dijo que “no existe un vínculo entre los casos judiciales y la vida del gobierno”.
Para explicar su rendición, Berlusconi dijo que “Italia necesita un gobierno que realice las reformas”, lo que hace aún más inexplicable los pretextos con los que defendió su decisión de hacer caer al gobierno, vinculada en realidad con su desesperada situación judicial y no con la gestión política.
“El partido se le fue de las manos ante el aislamiento a que llevaba la posición extremista de Berlusconi”, afirmó el diario La Stampa, mientras que Maurizio Sacconi, uno de los legisladores rebeldes, dijo que “sólo un cuarto del partido estaba en favor de la moción de censura”. Anoche parecían consolidarse dos nuevos grupos parlamentarios, uno con 23 senadores y el otro con 25 diputados, con flamantes disidentes del partido de Berlusconi. Revolviendo el cuchillo en la herida, el premier Enrico Letta dijo poco antes del voto de confianza en la Cámara de Diputados que “en un país democrático las sentencias de la justicia deben ser ejecutadas”, que es precisamente lo que hunde a Berlusconi.
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