La gente enloqueció con la fusión de géneros musicales.
Cada género tuvo sus propias luces. El vozarrón arrabalero de Rojas en Balada para un Loco fue acompañado por una coreografía de Silvina Fredes, que desplegó de su vestido unas alas rojas que la hicieron volar con la locura del público. Luego, el grupo de danza del Instituto Granada le tradujo al cuerpo la sangre gitana que salía del cante de Gil. Los músicos formaban una hilera, uno al lado del otro, al fondo del escenario. Y les bastaba la mirada para que la cadena invisible no se cortara.
La gente (lleno total en la cancha más grande del Centro Valenciano) ya tenía las palmas rojas cuando el escenario volvió a mover la cintura: Gil arremetió con una versión flamenca de Volveré Siempre a San Juan que la cantante Susana Castro, aparecida de repente, acompañó primero y mutó después al folclore. El público, a esta altura, explotaba.
Lo que siguió fue conmovedor. Las voces principales de la noche se acariciaban, se invitaban, se movían con seguridad plena en ese ajedrez de culturas. Los músicos eran las torres y alfiles que les tendían una red flexible que les daba más comodidad. Y los bailarines, en la línea de los peones, avanzaban demoledores, sin dejar corazón intacto con cada paso.
Hasta que entraron los bombos y las cajas y, a modo de estocada final, un malambo cantado, bailado y tocado por todos los artistas de las fallas estalló, provocó la súplica de bises, volvió y le hizo de antesala a la quema del ninot (la torta gigante por los 40 años del Centro Valenciano en San Juan) y al espectáculo de fuegos artificiales. Fue el cierre perfecto para una noche que arrancó con las lágrimas apretadas en la procesión de la Virgen de los Desamparados y que culminó con gente aplaudiendo aún en el portón de salida.
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