Abuelos juninenses que encontraron un espacio lleno de compañía y contención

Abuelos juninenses que encontraron un espacio lleno de compañía y contención

Son personas que han quedado solas y que en algunos casos han llegado a tutearse con la depresión. Sin embargo, a través del programa “Abuelos Conectados” recuperaron la sensación de sentirse importantes.

 

“Cada mañana, alrededor de las nueve, suena el teléfono y yo sé que es Karina o una de las chicas, que me llaman para saber cómo estoy, cómo pasé la noche o si necesito algo. Y es tan lindo”. 

Las palabras, emocionadas, corresponden a Juana Delia Machain, una de las 270 personas que integran el programa “Abuelos Conectados”, coordinado y ejecutado por un grupo de mujeres que se encargan de brindar contención y acompañar a gente de la tercera edad que ha llegado a esa etapa de su existencia en soledad o que, aún habiendo constituido una familia, ha visto cómo el nido construido en su juventud se fue despoblando y también ha sufrido la pérdida del compañero o compañera de toda la vida. 

Democracia fue en busca de esas historias, atravesadas en su mayoría por la lucha y el sacrificio de gente que trabajó duro para subsistir junto a los suyos y que ahora, cuando sienten que la jubilación es una burla y que la casa donde viven se les hace muy grande, buscan un “¿cómo estás?” que les entibie el corazón.  

La cita fue en Gandini 92 –sede de la Secretaría de Salud y Acción Social-, en la oficina a cargo de Karina Barucca, la voz aludida por Juana en el inicio de su testimonio. Pese al frío de la media mañana y a lo lejos que viven muchos de esa dependencia, al promediar la nota ya hay un grupito de ocho abuelos que se han acercado al lugar para dar fe de lo bien que se sienten y de la satisfacción que les devuelve el hecho de sentir que alguien está pendiente de ellos.  

Soledad y después…

Juana Machain pasó gran parte de su vida en el campo. Allí trabajó, se casó y tuvo hijos. Ya de más grande se instaló en Junín y cuidó ancianos y chicos. Tiene una familia grande, incluso con nietos y bisnietos, pero sostiene que el llamado de “las chicas” es un bálsamo. 

“Estoy muy agradecida a la vida, me han pasado muchas cosas buenas y malas, pero llego a esta etapa feliz porque estoy rodeada de buena gente y me hacen sentir en plenitud”, afirmó, reconfortada porque a sus setenta y pico también logró algo que había considerado perdido: generar lazos de amistad.

“Esto demuestra que después de un momento de soledad, uno se puede volver a sentir útil en un ámbito social. Y a mí me ayuda que me encanta prenderme en todas, eso sí, siempre y cuando esté al alcance de mis posibilidades. Por ejemplo, el año pasado me invitaron a un desfile y yo participé; para el Día de la Primavera también se organizó un encuentro similar y estuve”, cuenta orgullosa Machain.   

Con idéntica felicidad se expresan Beatriz Falcato y Martina Molina, ambas viudas y con el esfuerzo como bandera para arribar con dignidad a este momento de sus vidas.

Falcato enviudó hace siete meses y según narró, al padecer ese golpe sintió que a su paso por este mundo le quedaba poco sentido. Pero su esposo, además de los hijos le dejó el legado de haber sido él quien primero se sumó a “Abuelos Conectados”. “Me siento muy acompañada, porque yo estoy sola. Tengo una hija, pero bueno…”, relata, no queriendo confirmar un distanciamiento que le duele. 

Cuida a una mujer que tiene 91 años y cada mañana aguarda que Barucca o alguna de las integrantes del programa se comunique con ella. “Suena el teléfono y digo: ‘son las chicas’”, expresa con gran entusiasmo, y añade: “Son como amigas, como un familiar más”. 

Por su parte, Molina se quedó sin su esposo de joven y con cuatro hijos se las tuvo que arreglar ella sola, con lo cual sus días se llenaron de obligaciones y hubo escaso tiempo para las amistades. “Me la banqué trabajando en quehaceres domésticos, nada de cosas extrañas. Hoy tengo una gran alegría porque acá la paso bárbaro, me pone bien y es muy valioso ver que me tienen en cuenta”, afirma.

 

Hombres contenidos

Pero la necesidad de recibir un llamado, una palmadita de afecto, una invitación a tomar el té, en definitiva, de un mimo, no es exclusiva de mujeres.

El primer ejemplo que se puede citar al respecto es el de Ricardo Marenchino, un vecino oriundo de Agustina con una memoria prodigiosa. “Me acuerdo de todos los gobiernos que hemos tenido, desde que yo tenía seis años hasta ahora”, alardea con sencillez. Ricardo trabajó desde chiquito, frente de mañanas “heladas infernales” y dice que hoy paga las consecuencias por el constante dolor de piernas. Entre sus tareas laborales,  juntó maíz a mano, ayudando a su padre que era productor de azúcar; más tarde tuvo un criadero de nutrias y luego fue encargado de una estancia durante cuarenta y cinco años y es padre de dos hijas maravillosas, revela, mientras sus ojos cobran un brillo mojado al recordar el fallecimiento de su esposa, ocurrido hace treinta años. “Desde ese momento estoy solo”, señala con nostalgia.  

“Yo toda la vida fui un hombre muy activo, andaba de acá para allá en la camioneta. Pero cuando uno llega a una determinada edad y se encuentra solo, tener el cariño que por ejemplo me dan estas chicas hace muy bien”, dice sonriente.

En tanto, Félix Bello se sumó al grupo gracias a Luciano Polo, el ex futbolista y actual concejal que le abrió las puertas para conocer – asegura- gente maravillosa. “No me descuidan nunca, incluso cuando me voy de vacaciones o hago algún viajecito por ahí me llaman. Ex operario de la usina. Tengo dos hijas que están en Santa Cruz y de salud estoy bien, pero obviamente reconforta saber que se preocupan por uno, que están pendientes. Por ahí les gano de mano y las llamo yo”, bromea. “Avisa que sale para no preocuparnos, es medio pata de perro”, replica Barucca entre risas.  

Cordobés de Villa Dolores, Juan, otro de los entrevistados, se mudó a Junín cuando era un niño. “Quedé viudo hace dieciséis años, fue una pérdida que me dejó un vacío muy grande”, manifiesta.

Juan agrega que aunque tiene a su hija y su yerno viviendo en la casa de al lado, él es solo y trata de no molestarlos. “Me gusta bailar folklore, hace como quince años que lo hago y me siento bien. Me gusta tanto salir que de vez en cuando me voy a Mina Clavero para distraerme un poco y salir de la rutina”, relata. 

Distinto es el perfil de Carlos Chiaro, alias “Tito”, tiene 87 años. Nació en Blaquier, a los tres años murió su padre y se trasladó a esta ciudad con su madre y sus cuatro hermanos. Una década después perdió a su progenitora. “Pero gracias a Dios no erramos el camino, seguimos por la senda del trabajo y llevamos con dignidad la vida que nos tocó. Fueron años duros de trabajo y con el paso del tiempo uno se empieza a sentir achacado”, explica. 

Más tarde sufrió la pérdida de su mujer y accedió a “Abuelos…” por un amigo que ya formaba parte de ese circuito de amistades. “De donde salió esto, no sé ni me interesa, lo único que me importa es la hermandad que se ha gestado entre las chicas y nosotros. Porque muchas veces la gente mayor es discriminada, lo digo porque lo he vivido y hoy veo y disfruto el amor que nos tienen”, agradece.  

Juan Valentín Ferrari posiblemente sea uno de los abuelos conectados más viejitos. Tiene 91 años “largos” y asegura que sigue disfrutando de las reuniones sociales como en los tiempos en que era un pibe. Como varios de sus compañeros de grupo, fue trabajador rural y terminó trabajando en Tribunales treinta años. “Es una satisfacción que se acuerden de nosotros. En momentos en que predomina el egoísmo y la mala intención, debería haber muchas instituciones como ésta para cambiar un poco el mundo. Me siento muy bien, muy cómodo, soy hincha fanático de nuestro país, no de quienes lo han desgobernado, no tengo color político”, se describe. 

Otro que demuestra una vitalidad enorme es Mario Bambara, padre de tres hijas, abuelo de nueve nietos y con planes de casamiento a sus ochenta años. Fue apicultor, trabajó en uno de los cines de Junín, fue cartógrafo. En paralelo, trabajó casi cuatro décadas como operario de Luz y Fuerza.

Escritor, recuerda que una fuente de inspiración fueron los amaneceres de Leandro N. Alem, lugar al que concurrió un tiempo para desplegar actividades rurales. “Resulta que me puse a escribir y resulta que en vez de una descripción me salió una prosa poética, algo que yo ni sabía que existía porque agarré la literatura cuando ya tenía bastante edad. Un profesor me dijo: ‘no debe haber otro trabajo como éste’”. Ya decidido a continuar por la senda de las letras, Bambara produjo una obra referida a la amistad e hizo hincapié en los sentimientos que ella genera en los adultos mayores.  

“Yo estoy muy bien. A mis compañeros que están solos yo los acompaño, porque compartir charlas levanta el ánimo, lo sé porque sufrí depresiones y hoy puedo decir que todo se supera”, asevera con seguridad.

El programa

“Abuelos Conectados” es  un proyecto que funciona desde el año 2008 y está dirigido a las personas de la tercera edad, o sea a quienes tienen de sesenta años en adelante. Consiste en brindar contención, compañía, ayuda, diversión. “Últimamente estamos medio vagos, yendo al teatro, al cine y haciendo actividades para que se distraigan. 

Muchas personas saben que cuentan con esta alternativa, otras no, y esta nota sirve mucho porque muchas veces se lo confunde con un servicio de seguridad y esto no tiene nada que ver con eso. Tiene más que ver con el acompañamiento a personas que están solas”, afirma Karina Barucca. 

El que quiere ser parte, debe acercarse a la Municipalidad, donde se le toman una serie de datos, se le explica cómo trabajamos y ahí nomás se suma al proyecto. También pueden asesorarse llamando al 4631642 ó 4631643. 

Barucca trabaja junto a María de los Ángeles Fons, Natalia Rodríguez y María, que en este momento se está recuperando de un accidente. 

“Se hacen actividades pero no todos pueden concurrir, sea porque tienen una edad muy avanzada o porque no tienen los recursos para movilizarse. Es así, algunos no tienen plata para pagar un taxi”, advierte la funcionaria. “La forma de estar comunicados es mediante teléfono fijo, al celular del abuelo o en caso de que éste no cuente con un aparato, el Municipio le cede uno en comodato. Hay personas que nunca tuvieron un celular, entonces se les explica las veces que sea necesario la forma de uso para que nos puedan atender y para que puedan llamar a un médico, a un vecino o a quien necesiten, porque en estos tiempos hay que estar comunicado”, concluye Barucca

Comentá la nota