Abismos

Los movimientos “por la Memoria” avanzan cada año, sumando actividades, sumando gente, sumando conciencia en un país que no tiene vocación natural por recordar, pero sí una gran habilidad para mantener sus rencores. Tandil, no es la excepción. Esta ciudad promedio para algunas cosas y notable exponente social para otras no recibe tan afablemente estas actividades pese a que los últimos años la han acostumbrado a convivir con la incómoda invitación a recordar la historia reciente.
Todavía envalentonada por el régimen que se había ido pero con amenazas de volver en cualquier momento, la vecindad pujante y bendecida por el inigualable paisaje serrano, ingresaba en la década del 80 con pocas ganas de mirar la masacre que había dejado atrás la Dictadura.

Hija de un fortín, concubina privilegiada de dos asentamientos de las Fuerzas Armadas y ámbito de una Universidad nacionalizada muy poco tiempo antes del golpe, Tandil prefirió no hablar de sus desaparecidos, salvo notables excepciones. En esta ciudad del orden, los jóvenes desaparecidos eran el precio a pagar por proteger a la gente "de bien y de trabajo" del infierno del “terrorismo” subversivo. Era la época todavía donde un “oficial” era tan buen candidato como un banquero para armar una familia con proyección.

Tras la llegada de la democracia, el trabajo de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas y los que le siguieron no dejaron margen al silencio que se pretendía mantener. La aberración contada por los mismos prisioneros, la narración de la suerte corrida por quienes no lograron escapar de los tormentos, los fusilamientos o los viajes de la muerte derribaron los muros del silencio. Y en Tandil se empezó a hablar de lo que había pasado: de las víctimas, de los victimarios, de los cómplices y de los lugares que funcionaban como zona franca para la abyección.

Entonces, esa parte de la vecindad que justificaba el golpe y sus métodos empezó a hablar de una “guerra”. Era la teoría de los “dos demonios”, en donde unos eran asesinos pero los “otros” no eran menos. La ciudad, una gran parte de la ciudad, decretaba el “empate” y pedía que se le pusiera fin al partido. Era la facción de la ciudad que pedía “mirar para adelante” y no “revolver la basura”.

El desenfreno por el consumo hizo olvidar el pasado a los tandilenses. Los años 90 vinieron con el “uno a uno” y con un intendente que había sido el delegado de facto. El hombre que sacó del fundillo al jefe comunal democrático era ahora el elegido por el pueblo. Tandil tuvo el raro privilegio de ser la segunda ciudad en el país donde ganaba Fuerza Republicana. Nadie se ruborizó por eso. Parte del peronismo local, obnuvilado por engrosar su porotero, lo hizo afiliado y entonces ganaron una intendencia sin ganar una elección. El peronismo de Tandil todavía tenía mucho que ver con ese peronismo que había echado de la plaza a los que pedían una argentina socialista y heredero de quienes habían firmado un decreto que le daba al Ejército vía libre para aniquilar la guerrilla a como fuera lugar.

En 2003, la historia da un cimbronazo porque el Gobierno que asumía lejos de enterrar el pasado lo exhumaba como nadie lo había hecho. Alfonsín lo había intentado pero no tuvo la fuerza institucional, en su momento, para aguantarlo. Y se hizo de la Memoria un compromiso perpetuo y de los jóvenes el instrumento para que esa Memoria no volviera a perderse en los meandros de las conveniencias políticas y sociales del momento.

Miles de jóvenes, de universidades, escuelas secundarias y hasta primarias trabajan en estos temas. Quizá son ellos y no otros los que se comprometen con esta tarea porque como dijo la española Rosa Montero: “uno empieza a envejecer en el momento en que empieza a dolerle la memoria”.

Algunos dirán nuevamente que es tiempo de “mirar hacia adelante” y de pensar que los derechos humanos están en juego ahora mismo, con la pobreza, la seguridad y el saqueo a los pueblos originarios que no cesa. Algunos dirán que los Derechos Humanos son ahora también y no sólo aplicados a la década del 70.

Claro que el 24 de marzo no es el Día de los Derechos Humanos. Es el Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia. Es un día para recordar que en este país hubo una manera distinta de pensar la sociedad y que a ese pensamiento se le opuso otro escoltado por la bala y la tortura. Es también para recordar que hubo una sociedad que cooperó y lucró con esa matanza. Y otra gran parte que quedó paralizada por el miedo. Y que a nadie le gusta revivir los miedos y las vergüenzas que deja el miedo.

En una entrevista que dio Hannah Arendt, en 1964, realizada por Günter Gauss y emitida por la televisión de Alemania Occidental, la autora de La Condición Humana se refirió a la conmoción de conocer la realidad de Auschwitz, cuando promediaba 1943. Ella, judía, ya estaba exiliada.

“Al principio no lo creíamos. Fue una verdadera conmoción” dijo en esa entrevista. “Esto era otra cosa; distinta a todo. Era como si un abismo se abriese. Pues se tenía la idea de que cualquier cosa que ocurriese podría luego corregirse de algún modo, enmendarse de alguna manera. Pero esto no. Esto nunca debió permitirse que ocurriera”, añadió Arendt.

La dictadura de 1976 fue ese abismo. Fue nuestro Auschwitz. Un lugar sin retorno posible. Un punto que la sociedad no tendría que haber permitido que sucediese. Y en la Argentina las dictaduras vinieron siempre llamadas por la sociedad y parte de sus dirigentes. Esos mismos que cada tanto piden "acciones de fondo" invocando la "seguridad nacional" y la "tranquilidad de la mayoría".

El 24 de marzo recuerda que hasta lo imposible de imaginar es posible que ocurra: el terror sin límites, el abismo. También recuerda que fue posible porque la sociedad avaló el proceso. Una sociedad convencida, seguramente, de que el olvido es posible, incluso por decreto.

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