Después de todo, lo mejor que tenemos es el pueblo

Por: Mariano Grondona.

Juan Domingo Perón solía decir que "lo mejor que tenemos es el pueblo". A treinta y seis años de su muerte, lo que está sucediendo hoy en la Argentina nos invita a recordar, a reexaminar, quizás a revalorizar esta famosa frase.

Cuando Perón la pronunció, muchos la rechazaron porque tenía un sabor "populista". Es que la palabra pueblo ha cobijado dos sentidos vecinos, pero diferentes a lo largo de la historia. Nació en los tiempos de la República Romana, cuando se instaló como uno de los componentes esenciales de la sigla SPQR , que significaba Senatus Populus Que Romanus : "El Senado y el Pueblo Romano". Esta famosa sigla figuró a la cabeza de todos los documentos oficiales durante los cinco siglos que duró la República, entre los años 509 y 27 a.C., hasta el advenimiento del Imperio Romano, que, pese a conservarla en lo formal, le quitó su antigua significación republicana, desvirtuándola en dirección del autoritarismo.

Pero aun en los tiempos más gloriosos de la República, la palabra populus , "pueblo", podía significar dos cosas: o "todo" el pueblo, el conjunto sin excepciones de los ciudadanos, o la parte más humilde del pueblo, su segmento más numeroso y "popular". Perón, al referirse al "pueblo", aludía a los pobres, a sus "descamisados", por oposición a la "oligarquía", a la que enfrentaba. Del mismo modo, la alusión al Senado romano venía en dos versiones, en un caso cuando se refería a las instituciones que manejaban la República, entre las que sobresalía el Senado, y en el otro cuando apuntaba a la clase patricia, que dominaba el Senado por oposición a la clase plebeya, "populista", que la cuestionaba. Mientras patricios y plebeyos marcharon en armonía, la República Romana conoció su apogeo. Cuando, empero, los patricios y los plebeyos se enfrentaron, lo que siguió fue la lucha fratricida, la guerra civil, y con ella la irrupción de los jefes militares que le pondrían fin mediante el Imperio, aunque, eso sí, a costa de la libertad. No olvidemos que imperator quería decir "general". Estas antiguas distinciones, ¿sólo tienen un valor histórico por alojarse en el pasado, o, por el contrario, traducidas a nuestro tiempo arrojan abundante luz sobre la crisis que hoy atraviesa la República Argentina?

Los dos pueblos

Cuando dijo, al comenzar su trayectoria, que "lo mejor que tenemos es el pueblo", Perón se refería a esa parte del pueblo que conformaban los pobres y los olvidados, a quienes convocaba. Pero en los postreros años de su vida, cuando atravesaba el umbral de la sabiduría, ¿era únicamente a este pueblo al que Perón se refería? Cuando se abrazó con Balbín, que era el representante cabal de sus opositores de clase media, ¿sólo era aquel pueblo "parcial" el que el caudillo tenía en cuenta? ¿O pensaba más bien en "todo" el pueblo, en la configuración global de los ciudadanos, que también habían tenido en cuenta los romanos según este otro sentido de la palabra populus ? Y cuando derrotó a los Kirchner en los comicios del 28 de junio, adjudicándole las tres cuartas partes de los votos a la oposición, ¿no fue con este otro pueblo global, con sus sectores populares y sus sectores medios adentro, que la gran mayoría se identificó? A los Kirchner, es el pueblo argentino en su conjunto, entonces, el que les bajó el pulgar, una decisión que las encuestas más recientes no hacen más que confirmar y acentuar.

Si este análisis sobre el incesante progreso del pueblo argentino como conjunto terminara aquí, no quedaría más que regocijarse con la maduración de nuestra democracia. Pero falta analizar, lamentablemente, el otro ingrediente de nuestro sistema, esto es, la actuación de esas minorías "senatoriales" que también hay que tener en cuenta. Estas minorías, ¿se están mostrando a la altura de la maduración democrática de nuestro pueblo? Cabe dudarlo. No se olvide en este sentido que no sólo el Populus sino también el Senatus componían el paisaje de la República Romana. Esta dualidad inevitable de mayorías y minorías también late en la definición griega de la palabra "democracia", compuesta a su vez por dos segmentos: demos , "pueblo", y cratos , que alude a la organización del pueblo en el poder, algo que entre nosotros y en cualquier otra parte supone el desempeño de grupos y partidos, es decir, de "minorías". Pero nuestras minorías, ¿obedecen y se ajustan, hoy, a la soberanía integral del pueblo, tal como ella se expresó no sólo en los años finales de Perón-Balbín, sino también en las elecciones del 28 de junio? ¿O existe todavía una inquietante distancia entre ellas y la bienvenida madurez del pueblo argentino en su conjunto?

De Redrado a Cobos

Nuestras minorías "senatoriales" se abren en dos grandes tendencias. A la cabeza del Estado figuran aún los esposos Kirchner, que han abandonado su pretendida identificación con las mayorías populares, ya que en nombre de una democracia a la cual no sienten han desarrollado un "modelo" de autoritarismo con ayuda de la compra desembozada de gobernadores, intendentes y legisladores en un proceso al que se ha denominado, con una severidad no exenta de razón, corrupción serial . ¿Alguien podría sostener todavía que la "corrupción serial" de todos aquellos que se han dejado tentar con el plato de lentejas de la tristemente famosa "caja" está a la altura del voto indignado del pueblo? Pero el rendimiento decreciente de la humillante "caja" en función de los requerimientos financieros de carácter exponencial que ella exige a falta del carisma que nunca tuvieron los Kirchner no ha cesado de quedar corto ante las presiones de sus múltiples ahijados políticos. Y es así como, después de haber despojado al campo y a los jubilados, el matrimonio presidencial quiere avanzar ahora sobre las reservas del Banco Central, tenidas hasta ayer por sagradas.

No hace falta detenerse más sobre el voraz apetito fiscal que aqueja a los Kirchner. Hay que preguntarse en cambio hasta qué punto la oposición se está desplegando en el Congreso para ponerle fin a su intento autoritario. A la cabeza de ella figuró, en un momento memorable de 2008, el vicepresidente Cobos, cuando le puso un límite al despojo contra los productores rurales. El Congreso todavía kirchnerista, empero, declinó este control cuando el ministro Boudou arremetió contra los ahorros de los jubilados en las AFJP. Hasta hace pocos días se tuvo la ilusión de que Cobos, ratificando su arrepentimiento por haber acompañado en 2007 a Cristina Kirchner en la fórmula presidencial, votaría de nuevo contra el Gobierno para salvar al Banco Central. Pero la resistencia casi solitaria de Martín Redrado, aunque fuera otro arrepentido, ante este nuevo atropello institucional, fue desmentida sorprendentemente cuando el propio Cobos apoyó al Gobierno que quería desplazarlo.

Cobos, de este modo, anuló de un trazo su propio voto de 2008, creando la sospecha de que, más que un auténtico arrepentido al que por eso las encuestas apoyaban masivamente, es, en definitiva un político oportunista. Si se le suma a esta gravísima claudicación el hecho de que los demás opositores que pueblan nuestro Congreso en lugar de unirse se dispersan en innumerables rencillas intestinas, se llega a la conclusión de que nuestras minorías "senatoriales" no se han puesto aún a la altura del pueblo que las ha votado. Todavía queda la esperanza de que a partir del 1° de marzo, cuando el Congreso recupere su hasta ahora latente vida institucional, los legisladores puedan alinearse finalmente, sin temor y sin codicia, con ese pueblo que continúa siendo lo mejor que tenemos.

Comentá la nota