Un tucumano de 43 años compró una gaseosa de litro y medio de Coca-Cola en un kiosco y se fue a su casa. Cuando llegó, miró el envase retornable con su contenido oscuro y se quedó tieso. Sintió de pronto un asco sin igual: una hoja filosa, como las de afeitar, reposaba en el fondo de la botella de vidrio. En realidad, se trataría de una hoja de bisturí.