Vivir sin olfato: un drama del que no se habla y afecta hasta en lo más íntimo

Se pierde capacidad de sentir olores y, en consecuencia, sabores. Incluso puede haber un déficit del deseo sexual. Los testimonios.

“¿Tenés idea de lo que se siente no oler a tu propio bebé?” Verónica Moretti hace montoncitos con los dedos. Comparte un momento de gran intimidad, el nacimiento de su primera hija, Lola, y cómo estuvo signado por una discapacidad poco difundida: la falta de olfato o, en la jerga clínica, la anosmia, una suerte de ceguera por la que ella no siente olores, sean cautivantes, embriagadores o nauseabundos. Además, es insensible al sabor. “El 80% del gusto está atravesado por el olfato”, avisa como quien en la angustia se leyó todo el material clínico a mano.

Verónica Moretti padece anosmia y sufrió mucho durante la primera infancia de sus hijas. Foto: Mariana Romano Buscaldi

Según el informe Estudio sobre la frecuencia de la disfunción olfativa (publicado por la American Laryngological, Rhinological and Otological Society), el 5% de las personas tiene anosmia (olfato nulo) y el 16% por ciento, hiposmia, o sea, una alteración de la capacidad olfativa. Es decir que más del 20% de la población mundial tiene complicaciones en el sentido del olfato. Se suma un sondeo hecho en la Ciudad de Buenos Aires en 2011, con resultados similares: el 12,2% de los encuestados manifestó algún grado de hiposmia. El problema está. No se conoce.

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“Les decís que no olés y los médicos te fletan”, protestaron, como si se hubieran puesto de acuerdo, los consultados para este informe. Dicen que el otorrino de turno les explicó que “son cosaass que paaasan", que con la edad el olfato se va perdiendo, que las alergias, los resfríos... que no se puede hacer nada.

Recuerdos en el aire

Jorge Iuliano es un hombre de paciencia robusta. Vive en Flores. Tiene 63 años y hace 40 trabaja en el rubro de repuestos automotores: “Tuve rinitis más o menos de los 20 a los 50. Fácil 30 años con la nariz tapada. Me decían que era alérgico al polen y me hicieron tratamientos, me pincharon, de todo. Pero cuando no mejorás, abandonás”. Jorge no huele.

Jorge Iuliano padece falta de olfato. Dialogó con Clarín en el local de repuestos de autos en Lomas del Mirador, donde trabaja. Foto David Fernández.

Por eso fue a ver a Stella Cuevas, médica alergista, presidenta de la Asociación de Otorrinolaringología de la Ciudad de Buenos Aires.

Un día hace unos años, esta médica se dio cuenta de que no había especialistas en olfato en la Argentina y que ni siquiera existía la especialidad clínica: era un área de vacancia. Hoy es una de las pocas expertas en el país, formada con una médica española reconocida en este campo, Ramona Soler Vilarrasa, jefa de Rinología del Hospital Son Dureta (Palma de Mallorca, España).

“Es tan fina la anatomía olfativa que muy pocos se dedican a esto”, arrancó Cuevas. Y describió al detalle ese instante mágico y automatizado: sentir olor.

“Por la nariz o en la ingesta alimenticia entran partículas odoríferas que están en al aire y son captadas por el epitelio olfatorio, en el techo de la nariz. Llegan a la célula olfatoria, donde hay distintos receptores. Ahí la partícula sufre una transformación: de sustancia química a información eléctrica”.

Mirá tambiénEl valor de la memoria olfativa

Es difícil, pero se pone interesante: “La información va al nervio olfatorio, conectado con el lóbulo anterior del cerebro, justo detrás de la frente. Ojo, todavía no oliste nada. Falta una segunda secuencia, cuando la información viaja a distintos centros olfatorios. Una vez que llega al centro primario, el cerebro registra ‘hay olor’. Todavía no sabés olor a qué”.

“Recién en el centro olfatorio secundario se empieza a decodificar algo como ‘mmm… olor raro, rico, feo’. Falta que los datos pasen al sistema límbico, compuesto por tres partes: el hipotálamo, que te avisa cuando tenés sed, ganas de hacer pis… la amígdala cerebral, esa parte que tienen dañada las personas depresivas; y el hipocampo, donde se guarda la memoria. Acá viene lo interesante”, señaló.

“Porque se pone en juego la memoria. Los olores están relacionados con los recuerdos, los evocan. Esa es la razón por la que entrás a un bar y decís ‘este lugar me recuerda a mi papá’. El sistema límbico produce cambios conductuales, como emociones y excitación”, explicó Cuevas.

Y sumó su experiencia: “Soy correntina. Acá caen dos gotas y se hace torta frita. Cuando estoy en Buenos Aires y llueve, enseguida siento el recuerdo de la torta frita. El olor a lluvia me produce emoción”.

“Según una investigación de la Universidad de Rockefeller (Nueva York, Estados Unidos), recordamos el 35% de lo que olemos(incluyendo los olores ligados a la ingesta alimentaria), mientras que sólo el 5% de lo que vemos, el 2% de lo que oímos y el 1% de lo que tocamos”, detalló Cuevas. Pero no le damos importancia a este sentido...

Salvo en la cama. Ahí el olfato tiene un rol tan protagónico, enfatizó la médica, que quienes padecen anosmia o hiposmia pueden manifestar desinterés por la sexualidad. 

"En la previa al acto sexual, el organismo desprende feromonas que tienen olor. Vos tenés tu olor y tu pareja el suyo. Los olores gustan mutuamente y eso despierta excitación. Cuando los pacientes llegan, les preguntamos cómo están en el plano sexual. Muchos vienen directo del sexólogo creyendo que la falla era otra".

Olfato averiado: a quiénes les toca y por qué

En el ranking número uno de los motivos por los que se produce anosmia e hiposmia están los cuadros de rinitis y rinosinusitis crónica o aguda, con y sin pólipos. “El paciente a veces no se da cuenta: simplemente tiene la nariz tapada, quizás por años”, describió Cuevas.

Clarín conversó también con la médica española Ramona Soler Vilarrasa: “Lo más común es el catarro. Pero también vemos pacientes sin olfato que tienen tumoraciones, enfermedades neurológicas, neurodegenerativas, psicopatías… y se producen muchos problemas de olfato por traumatismos”.

Cuevas confirmó que “llegan al consultorio muchos pacientes accidentados a los que tenemos que pedirles una olfatometría. Los envían las ART para verificar si hubo pérdida real del olfato”.

También hay personas a las que se les altera el olfato por trabajar con sustancias odoríferas, como en estaciones de servicio, laboratorios químicos, peluquerías o consultorios odontológicos.

Las neurodegenerativas son un tema: uno de los síntomas de enfermedades como Alzheimer y Parkinson es la pérdida del olfato, dada la afección en la memoria de estas patologías. Según Soler Vilarrasa, “es un dato poco conocido, pero el primer signo de Parkinson es la falta de olfato. La detección y medicación temprana pueden ralentar todo el proceso degenerativo”. 

Otras alteraciones son tan peculiares que vale la pena mencionarlas. Por caso, la parosmia, una curiosa alteración de la percepción: en lugar de oler a café, el paciente cree que hay aroma a tostadas, por dar un ejemplo.

En la osmofobia la persona tiene aversión o miedo a ciertos olores. La fantosmia es una suerte de alucinación olfativa: se huele lo que no existe. En la bromosis hay un delirio paranoico y el paciente cree que huele mal, por lo que se higieniza obsesivamente.

La mayoría de las anteriores son patologías psiquiátricas. Además puede haber pérdida de olfato por enfermedades congénitas o endocrinológicas, o sea, al nivel hormonal.

El gusto de los otros

En su taller de repuestos, Jorge reflexiona sobre esta carencia que aceptó con resignación. “¿Qué perfume? Old Spice, ese me encantaba. Lo usaba mi hermano. Otros aromas, no sé... tengo una idea de sentir repulsión, de chico, al olor a orina en los baños, pero no puedo pensar en el olor. No lo recuerdo”.

Jorge Iuliano comenzó un tratamiento para recuperar el olfato y el gusto. Foto: David Fernández.

Está en tratamiento. Su esperanza es sentir sabores otra vez: “Me hicieron una prueba para ver si sentía los gustos, agrio, amargo, dulce y salado. Eso sí, pero no puedo diferenciar sabores, o sea, distinguir una frutilla de un durazno, salvo la textura. Tampoco una cucharada de miel o de dulce de leche. Una almendra y una nuez son lo mismo para mí. Los helados son todos iguales”.

A Eloísa Ferraro la matan las flores. Lo dice mirando con nostalgia su jardín en Quilmes. Tiene 75 años y no huele hace cinco: “No siento olor ni sabor. Soy muy alérgica. Un día el otorrino me dijo ‘mire señora, no lo va a recuperar’. Y bueno, me la banqué”.

Eloísa Ferraro no siente olores ni sabores hace cinco años. Foto: Silvana Boemo.

"Desarrollás estrategias", explicaron todos los entrevistados. A mí me tocó aprender otras habilidades para aplacar mi miedo a no saber si mi bebé necesitaba un cambio de pañal, si había olor a gas, si la comida se me quemaba”, retomó Verónica.

Y agregó: “Por ahí no te acordás si te pusiste desodorante. Aprendí a pedirle ayuda a mis hijas… ellas se matan de la risa. O le pido a mi marido que me elija un perfume. Pero hay cosas inevitables, como pasarte con la sal cuando cocinás”. 

Verónica Moretti padece anosmia al 100%. Sus hijas la ayudan a suplir su falta de olfato. Foto: Mariana Romano Buscaldi

Hablando de gastronomía, para Eloísa “cocinar es complicado, pero también comer. Dejás de tener deseo. Yo trato de hacerme la idea del gusto, pero cuando todos dicen en la mesa ‘qué rico’, no sabés qué decir”.

Para ilusionarse con la cura viene bien Silvina Rubini, porteña en sus cuarentas, del barrio de Caballito. Está en tratamiento para salir de una hiposmia moderada. Es alérgica pero también docente de arte. Cree que las pinturas y solventes la afectaron.

Además de tomar distintos medicamentos, transita el desafío de reeducar la memoria olfativa: “Requiere constancia. Cada semana me toca un olor. Y dos o tres veces por día lo tengo que oler cinco minutos. Por ejemplo, una semana anís, la siguiente, coco o rosa… ya hice 15. Me cuestan los frutales: mandarina, ananá, durazno. Con el anís, coco y el ahumado me llevé bien”.

Eloísa Ferraro espera recuperar el olfato y sentir sus perfumes favoritos. Foto: Silvana Boemo

Eloísa piensa tomar ese camino y empezar un tratamiento. Encarna la esperanza de los aromas suburbanos: el hogar y el jardín, la tierra mojada, el pasto recién cortado: “Mi mayor deseo es entrar a mi casa y sentir su olor, el aroma de mi ropa limpia, las rosas abiertas. Y un perfume de señora grande que yo uso: Heno de Pravia. Es mi locura”.

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