Norberto FirpoEn la Argentina, un adversario político debe ser visto como enemigo despreciable, de la peor calaña y, por lo tanto, mortal.
Por cierto, una tácita ley nacional establece que toda discrepancia es siempre perversa, ya que la razón la tiene siempre uno y no es cosa de compartir.
Desde que Perón dispuso que el adversario político -aquel abominable contrera- no merecía "ni justicia", los disímiles gobiernos peronistas han sido bastante ingeniosos para imaginarse dueños absolutos de la verdad y están dotados de la perspicacia necesaria para sacar al país a flote, como de costumbre. El kirchnerismo se cree depositario de tales atributos y por eso jamás escucha otras campanas, amén de echar pestes sobre cuanto zanguango de la trinchera de enfrente ose asomar el morro. Conductas de esta clase explican el resultado de una encuesta realizada por la Universidad Nacional de Tres de Febrero: el 82 por ciento de los entrevistados siente orgullo de ostentar la nacionalidad argentina, aunque lamenta la escasez de sobrios dirigentes políticos.
¿Cómo explicar esta aparente paradoja? Esto responde Peribáñez: "Los políticos, de puro atolondrados y de puro políticos, no aprenden de sus propios errores. Los del Gobierno, proclives al autismo, parecen dispuestos a sembrar cuanta discordia les ratifique su condición de auténticos peronistas? Y los de la oposición, ¡ay, mamita!, constituyen un enjambre de supuestos precandidatos que se maltratan entre sí, como si la virtud del diálogo no fuera esencial requisito de la partidocracia? En fin, aquellos y éstos transitan espejismos, del todo impedidos de entender por qué la Argentina es un país enredado en antiguas frustraciones, promisorio desde hace doscientos años, y cuyos políticos, de puro políticos, persisten en errores sumamente patéticos".
Días atrás, una nota de Nora Bär, que publicó este diario, se titulaba así: "Hallan un área cerebral que nos ayuda a aprender de los errores". Peribáñez cree que habría que contratar a expertos en este asunto. A su criterio, algunos cerebros públicos merecerían sensible afinación, una urgente puesta a punto.
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