El Huracán supo ganarse al Luna.

"Me llevó seis años lograr este apoyo y no es fácil", dijo Omar Narváez, dueño del ring y de los afectos.
Como si fuera una señal convenida, bastó con que el campeón comenzara su andanada de golpes, en el 11° round, para que la gente subiera el volumen del aliento hasta convertirlo en un griterío ensordecedor. " Huracán, Huracán ", comenzó a escucharse desde los cuatro costados del Luna Park mientras en el ring, Omar Narváez comenzaba a acelerar el nocaut que llegaría, inevitable, segundos después.

Cuando Omar Soto cayó y ya no pudo recuperarse, Narváez dejó atrás la serenidad y paciencia que había exhibido durante la pelea y soltó su euforia en un grito de festejo, de cara a un público que construyó con él una relación especial en los últimos años. La gente, ya de pie, entonaba ahora el "¡dale campeón, dale campeón!", que tantas veces escucharon sus oídos.

El Luna Park, ese mítico templo del boxeo con el que sueñan tantos boxeadores desde sus inicios y en el que Narváez ya suma cuatro defensas exitosas, brilló anteanoche como pocas veces lo había hecho en los últimos años, con el aliento constante de 8000 personas que querían ver a su ídolo dar un paso más en la categoría mosca, que tiene a Narváez como dominador absoluto.

"Tengo el orgullo de que la gente responda. Los otros campeones también tendrán su gente, pero a mí me llevó seis años lograr esto y no es fácil", contó el chubutense tras la pelea.

Pero más allá del impresionante marco que lo impulsó en todo momento, el Huracán supo construir su victoria sobre los mismos pilares en los que ha apoyado una racha de defensas que continúa acrecentándose: la inteligencia para estudiar el combate, la paciencia para esperar el momento adecuado y la potencia necesaria para marcar diferencias cuando hace falta. "Gracias a Dios sigo peleando con inteligencia. Estoy bien preparado, pero la experiencia, la táctica y la técnica sobresalen y juegan un rol muy importante. Creo que fui más inteligente que boxeador y peleador", dijo Narváez.

El combate fue una continua demostración, de principio a fin, de las diferencias entre un rival y otro. Ya en los primeros minutos, ambos boxeadores dejaron en claro que de un lado estaba el campeón, con un amplio abanico de recursos, y del otro, un retador con mucha voluntad pero carente de potencia y de ideas a la hora de tomar la iniciativa.

"Había que saber esperar, saber actuar con inteligencia. La táctica era esperarlo y contragolpearlo. Creo que hoy estuve de ocho puntos para arriba. Alcanzó para superar al rival", explicó el campeón, que nunca estuvo cerca de ver peligrar su derrota.

La superioridad y la seguridad de que Narváez saldría victorioso fueron rápidamente advertidas por la multitud, que en varias ocasiones, impaciente, exigió al campeón que definiera antes el pleito.

Pero los rounds pasaban mientras Narváez esperaba su momento. Soto se desgastaba en intentos inútiles intentando una recuperación imposible. Hasta que, en el 11° asalto, el chubutense atacó y vio que el mexicano acusaba el impacto. Supo, entonces, que había llegado el momento, el que todo el estadio pedía. Con decisión, persiguió a Soto por todo el ring hasta que llegó el nocaut, el primero de sus 16 defensas como campeón mundial.

Tras el triunfo, la gente desató su algarabía. Con entusiasmo, cientos peleaban por llegar hasta el borde del ring, cámaras y celulares en mano, para quedarse con una imagen del momento. Era una manera de testimoniar que ellos también habían estado allí, el día que el campeón volvió a lucir sus atributos y a renovar ese vínculo tan especial con su gente.

* Con el título de supercampeón de la OMB

Antes de la pelea, las autoridades de la OMB le entregaron a Narváez el diploma que lo acredita como supercampeón. "Esto no lo puedo creer, es como si me dieran un diploma en la escuela por portarme bien. Lo tomo así: me porté bien en mi campaña como campeón y éste es un reconocimiento importante", dijo Narváez, primer argentino en lograr esa distinción.

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