En camioneta y en avión, los jingles en Yerba Buena se “pegan” en los oídos de los votantes

¿Cuanto sale la omnipresencia? Un simple cálculo nos dice que este mes, el candidato más austero puede haber gastado unos $ 100.000 sólo en su cotillón. A diferencia de otras ciudades, en la Ciudad Jardín se observan pocos pasacalles y pintadas, y muchas gigantografías y vehículos.

Erminia es la mujer de José Marrades, uno de los 15 candidatos a intendente de la ciudad de Yerba Buena. La cantinela escrita por ella se ha convertido en el jingle de campaña de su esposo. Y ese jingle -a su vez- es uno de los que allí suenan hasta en la sopa. Todavía faltan días para la elección del 23 de agosto, pero algunos de los postulantes se han dado maña para cumplir una de sus promesas: cambiar el municipio.

En la transformación no han aparecido los policías ni las ciclovías, que son algunas de las propuestas con las que esperanzan a los electores. Lo que han hecho, más bien, es sacar a la calle su cotillón electoral: forraron hasta el aire con gigantografías, largaron una tropilla de vehículos con megáfonos y hasta le pagaron a un aviador para que invada el cielo de juramentos, entre otros artilugios. “A mí no me pueden apagar, me escuchan o me escuchan”, se jacta Ariel Campos, el piloto y dueño de esa aeronave.

Pero, ¿cuánto sale la omnipresencia? Cuando llegue el día de las elecciones, ¿cuánto habrán gastado sólo en marketing electoral? “El alquiler de la sede me cuesta $ 9.000 por mes. Tengo una gigantografía en El Cristo, que vale lo mismo. A la canción me la regaló un amigo”, responde Marrades 

También Marcelo Albaca -otro de los aspirantes a conducir ese municipio- afirma que consiguió algunas cosas a modo de préstamo. “Los alquileres sobre la avenida Aconquija (la madre de todas las calles yerbabuenenses) son una locura. Te cobran $ 30.000 por cualquier cosa. Tuve suerte y me prestaron una sede”. 

Para el postulante Luis Lobo Chaklián, “la gente se merece una campaña razonable”. Sin embargo, cree que la intención del oficialismo ha sido la contraria, puesto que “han buscado desgastar económicamente a los otros”. Luego estima que él destinará unos $ 350.000 a su propaganda, sin el último día. 

Mariano Campero calcula que este período electoral le costará unos $ 463.000. Enseguida aclara que en su estimación ha incluido los gastos del domingo en que se celebran los comicios. “Nosotros no pagamos a los fiscales. A lo sumo, podemos usar $ 60.000 para comidas y otros gastos”.

El domingo más caro

Y es que ese día, algunos desplegarían autos, punteros y fiscales. Hoy, cada vehículo cuesta entre $ 600 y $ 800 por jornada. El cálculo sigue con los caudillos de los barrios populares, que son los que se suben a los vehículos y van en busca de sus familiares, de sus vecinos y de la gente de la barriada. Un político peronista conjetura un pago de $ 300 por puntero. 

Para cubrir la totalidad de las mesas de votación, se necesitan 124 fiscales de mesa, y unos 25 fiscales generales. A cada uno de ellos podría pagárseles otros $ 600.

Pero regresemos al cotillón: dice Bernardo Racedo Aragón que no tiene cuantificada cuánta plata ha gastado hasta ahora, y que ese desembolso es subjetivo. “Toda la estructura política es la que se moviliza y aporta durante la campaña; no sólo el candidato principal”, explica.

Según Sisto Terán Nougués, “la única forma de hacer campaña es la reunión”, el encuentro cara a cara con el votante. Por eso, cuenta que ha recibido en su casa a 5.500 personas en lo que va del año. “Hago unas 15 reuniones por día”, relata. Lo que no ha cuantificado, en cambio, es cuánta plata ha destinado a su marketing. “Eso es imposible determinarlo. Cada acople hace sus gastos”, afirma.

Cientos de pesos

Para corroborar los dichos de los consultados, el elector puede realizar unas simples sumas. El resultado le dirá que un candidato prudente (y sus legionarios) pueden haber efectuado un dispendio de mucho más de $ 100.000, este último mes. 

La hechura de una gigantografía -por ejemplo- vale hasta $ 20.000. A ese monto debe añadírsele el alquiler de un terreno donde colocarla. A la vera de la Aconquija, una renta mensual asciende a $ 10.000. Si se presume que ese hombre austero ha puesto su cara en dos carteles, ha gastado unos $ 60.000.

Alquilar un local sobre esa arteria sale desde $ 15.000. 

Viajar en la parte trasera de una línea de ómnibus cuesta cerca de $ 1.200 por unidad. Por lo general, quienes han contratado esta publicidad han ocupado 10 colectivos. Es decir, han sacado de sus billeteras unos $ 12.000. 

Arrendar un avión con parlantes les ocasiona a los políticos un gasto de $ 1.400 por hora. Por caso, 24 horas mensuales (tres horas durante cada fin de semana) totalizan más de $ 33.000. 

Por último, puede incluirse en este cálculo prudente un gasto en afiches. Un cartel llamado séxtuple -que mide 4,50 metros por 2,10 metros- cuesta unos $ 1.000. El precio incluye la impresión y la instalación durante 15 días. Así, unos 50 afiches suman $ 50.000.

Todos esos conceptos ascienden a $ 170.000. No obstante, debe advertirse que no todos los aspirantes han optado por todas las modalidades publicitarias. O que, algunos, incluso, han pactado esos conceptos... y más.

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