Un balance de Cosquín 2015: aciertos, errores, lo destacado y lo olvidable del festival

Cierra una edición con cambios positivos, pero muchas de las falencias históricas. Cuáles fueron los shows y los segmentos para recordar, además de los más y menos convocantes.

Se va Cosquín 2015, una edición del festival mayor del folklore que será más recordada por los caóticos meses previos incluyendo las desprolijidades con la televisación, el necesario orden en los horarios y la reducción de la programación, que por la calidad artística de las actuaciones arriba del escenario.

Es cierto que sí hubo varias propuestas de gran factura, sobre todo en lo que tuvo que ver con los homenajes, las delegaciones provinciales y algunas otras presentaciones, pero sólo fueron dos o tres números para destacar de los 12 (en promedio) que ofrecía cada luna. Demasiado poco para la historia de Cosquín, acostumbrado a que los artistas desembarquen con shows especialmente preparados (y no el mismo que vienen presentando en el resto de los festivales con algunas pequeñas variantes) o produzcan juntadas con otros colegas (algo que sí ocurrió en las peñas) marcando algunas de las páginas que se volvieron leyendas.

En cuanto a la convocatoria, se puede decir que la edición número 55 sale bastante airosa. Más allá de algunas noches muy flojas (el primer domingo y el jueves no superaron el 40 por ciento de entradas vendidas), en general la plaza lució un 60 por ciento de ocupación. El podio fue encabezado por la luna Abel Pintos (con más gente de la capacidad permitida), seguida por la de Luciano Pereyra y Raly Barrionuevo (casi 90 por ciento) y tercera la del Chaqueño Palavecino (75 por ciento).

Aciertos y errores

Aunque la promesa de terminar a las 3 de la madrugada no se cumplió, el mencionado orden en la grilla fue el cambio más positivo con respecto a la anárquica edición anterior. El cierre no se corrió nunca más allá de las 4, y el ordenamiento previo se respetó casi a rajatabla. Queda por discutir si el artista más convocante debe actuar en el nuevo prime time (poco después de la 1 como en el caso de Pintos) o en el final de la programación (Palavecino).

Otro acierto fue programar a los ganadores del Pre Cosquín todos juntos en la noche más convocante brindándoles una exposición inédita. Lo interesante sería que pudieran tener continuidad y volvieran a ser programados en el festival.

Sigue siendo inexplicable la influencia de ciertos productores externos a la Comisión, la inclusión de algunos artistas prácticamente desconocidos (el caso paradigmático fue Joven Cuatro, un grupo anunciado para el segundo sábado que finalmente no se presentó y del que nadie tenía ningún dato), la repetición de algunos y la ausencia de otros notables, más allá de las diferencias políticas y las idas y vueltas con el Ministerio de Cultura de la Nación. Cosquín debiera estar por encima de todo.

Yendo a lo netamente artístico, la apertura de la Orquesta Sinfónica con las voces invitadas fue de las más dignas que se recuerden en los últimos años. Incomprensible que el puntapié inicial sea la bendición del cura invitando a todos a rezar el Padre Nuestro. Más allá de las creencias religiosas, la plaza no es una iglesia. En todo podría ser parte de la inauguración de la mañana. El resto de las intervenciones de la orquesta alternaron buenas y malas, lo criticable es el acompañamiento de cantantes ya programados en otras lunas, ocupando el espacio que podría ser para otros.

Los puntos más altos

En una rápida mirada se puede nombrar entre lo más destacado la delicadeza de Pedro Aznar, la sencillez de Raly Barrionuevo y su despojado homenaje al Chango Rodríguez, que también fue exquisitamente tributado por la Delegación de Córdoba, las voces necesarias de Orlando Veracruz y Joselo Schuap, los Coplanacu convirtiendo la plaza en su añorada peña en el cierre del martes y la arenga conciente de Bruno Arias en el del lunes bajo la única lluvia que cayó en los nueve días.

Un punto altísimo fue lo de Paola Bernal invitando a José Luis Aguirre, Juan Iñaki y Mery Murúa para pedir que los poetas cantores vuelvan a la plaza con una conmovedora canción inédita, Los pájaros de Mattalía. Entre las delegaciones, además de la cordobesa, vale la pena nombrar a la de Santiago del Estero (homenaje a Jacinto Piedra) y la de Santa Fe.

Para el olvido lo de Miguel Ángel Cherutti, quien seguramente no regrese. En el debe, las fórmulas repetidas (pero ciertamente infalibles) de Sergio Galleguillo, Los Tekis, El Chaqueño y Lázaro Caballero (consagración el año pasado).

Párrafo aparte para las peñas, en gran parte las que mantienen el espíritu intacto de Cosquín. A pesar de la flojísima infraestructura del lugar (el calor era insoportable), fue muy relevante lo de Peteco Carabajal con diferentes invitados cada día y la apuesta por la danza de La Callejera; pero las que se llevan todas las palmas son una vez más La Salamanca por su gastronomía y la de Paola Bernal (El Sol del Sur) gracias a su variedad artística que incluyó tal vez el mejor concierto del festival: el de la orquesta Los Amigos del Chango, recordando a un verdadero transformador de nuestra música de raíz como Farías Gómez.

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