Acusados por la matanza de 72 inmigrantes latinoamericanos en México, Los Zetas obtuvieron gran notoriedad pública esta semana y saltaron a la tapa de todos los diarios.
Mientras la fiscalía del estado de Tamaulipas investigaba ayer “versiones” sobre la desaparición el jueves de dos policías en el poblado de San Fernando, donde ocurrió la masacre, el gobierno hondureño le pidió a Felipe Calderón que agilice la identificación de los cadáveres, entre los que se encuentran ocho ciudadanos de ese país.
Según el testimonio de un sobreviviente ecuatoriano, los agresores se identificaron como Los Zetas y atacaron a los inmigrantes luego de que se negaran a trabajar como sicarios por un pago de mil dólares quincenales.
La banda criminal fue conformada a partir de un grupo de cuarenta antiguos miembros de las fuerzas especiales del Ejército mexicano, a los que el entonces teniente Arturo Guzmán (alias Z-1, por su código militar) fue reclutando para conformar los anillos de seguridad del capo del Cartel del Golfo, Osiel Cárdenas. Guzmán desertó del Ejército en 1997 y convenció a varios de sus compañeros de trabajar para Cárdenas, quien les ofreció salarios anuales de 50 mil dólares, mucho más de lo que recibían como militares.
Tras la captura de Cárdenas en los Estados Unidos, Los Zetas comenzaron a luchar por el control del Cartel del Golfo. “Por su experiencia y formación militar, que les daba eficacia a sus operaciones, ganaron terreno hasta convertirse en rivales de sus antiguos jefes a quienes disputan rutas en Tamaulipas y Nuevo León”, estima Benítez. Según las autoridades locales, esa guerra entre narcos dejó más de mil asesinatos sólo en lo que va de este año.
Junto al narcotráfico, Los Zetas, que utilizan rangos de tipo militar para diferenciarse, se han extendido a otras actividades, como el tráfico de combustible robado en México hacia Estados Unidos y el secuestro de inmigrantes.

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