El Éxodo Jujeño: una profunda lección sobre el sentido del deber

A 198 años de la epopeya, hay preguntas que siguen teniendo vigencia: ¿Todo el pueblo de Jujuy marchó siguiendo a Belgrano o sólo lo hizo una parte? Historiadores como Joaquín Carrillo hablan genéricamente del “pueblo”.
Investigaciones de Vicente Cicarelli han permitido saber, por ejemplo, que las familias más pudientes, las que pertenecían a la elite gobernante, no sólo que se quedaron sino que intentaron por todos los medios frustrar los planes patriotas. Y, además, que no hubo un solo éxodo sino varios en aquellos años de muerte y desolación. En el mismo sentido, una tesis de Licenciatura en Historia en elaboración de la profesora jujeña Graciela Bono (“Cambios sociales en un período de crisis. Jujuy 1810-1822”), confirma este dato y arroja luz sobre las causas por las que la “parte principal” de aquella sociedad jujeña no adhirió al llamado revolucionario. Con fuertes y antiguos lazos económicos, sociales y políticos con Lima y el Alto Perú, la dirigencia jujeña miraba más hacia el norte que hacia Buenos Aires y la defensa de la causa del Rey pesaba fuerte en sus conciencias y en sus intereses, gravemente afectados por las hostilidades entre realistas y revolucionarios. Pero tampoco fue así en todos los casos, ya que personalidades prominentes de esa sociedad, como el canónigo Juan Ignacio de Gorriti y el abogado Teodoro Sánchez de Bustamante, se volcaron decididamente al movimiento libertario y estuvieron en la doliente peregrinación a Tucumán.

En los Documentos del Archivo de Belgrano, citado por Ricardo Levene, se lee que Belgrano remitió hacia Tucumán “todo el hierro, plomo, efectos mercantiles, mulas, caballos y ganado existente en la jurisdicción de Jujuy, franqueando a los comerciantes los auxilios necesarios y, para infundirles terror y obligarles a sacar sus haciendas, les dijo que quemaría todo lo quedase. También hizo salir de la ciudad a determinadas personas, en calidad de rehenes, para evitar que el invasor tomase represalias con las familias adictas a la causa, que quedaban”. O sea que no sólo se quedaron los leales al Rey.

De lo que no quedan dudas es de lo que hicieron los pobres: acataron la orden del General Belgrano y lo siguieron, con todo lo que pudieron llevar, hasta Tucumán. Antes, y durante la incansable tarea de reorganización del ejército, habían contribuido con todo lo que tenían en aquellos graves momentos de la causa emancipadora, amenazada desde el norte por las fuerzas realistas, que se aprestaban a aplastar –con más del doble de soldados- a los americanos que osaban pensar en una Patria propia.

En aquella Jujuy, que se ha convertido en un gran cuartel, donde bajo la dirección del Barón de Holmberg y el celo de don Manuel se funden cañones, se fabrican balas y tarros de metralla, “hasta las mujeres se ocupaban de construir cartuchos y animar a los hombres”, dice el historiador Bartolomé Mitre.

En la Quebrada de Humahuaca, se habían alistado gauchos y los jóvenes de la ciudad de Jujuy conforman el cuerpo “Los Decididos”, llamado a tener una heroica intervención en los hechos que marcarían luego el revés realista en el combate de Las Piedras y las batallas de Tucumán y Salta. “Los Decididos” ponen a disposición del General “sus ganados, mieses y demás bienes”, además de su sangre, desde luego, y esta reacción aparece después del “impío” Bando de Belgrano que ordenaba el Éxodo.

Frente a estos datos y aun sin perder de vista que hubo quiénes no estaban dispuestos a los sacrificios que exigía aquella dramática hora, queda claro que algunos acataron la terminante orden de dejarlo todo por temor, pero otros también lo hicieron por convicción. No debería soslayarse en este aspecto, que las directivas de Buenos Aires para la retirada no parecen interesadas por la suerte de los jujeños frente a la invasión realista que venía bajando: “…procurará V.E .verificar con todo su ejército una retirada, que ofendiendo vigorosamente al enemigo y conservando el honor de nuestras armas, le haga sentir los esfuerzos que le oponen los hombres decididos a sostener la libertad de la Patria”, dice una comunicación que debe haber atribulado a Belgrano, para quien hubiera sido mucho más sencillo abandonar Jujuy con sus tropas y dejar a la gente librada a la venganza y el revanchismo realista.

Otra cuestión fundamental se relaciona con las consecuencias del Éxodo Jujeño para la Guerra. Según algunas visiones de la historiografía porteña, la retirada no permitió alcanzar grandes resultados, pero –añaden- el General Paz reconoce que dichas providencias fueron de gran utilidad política pues “despertaron los ánimos ya medio resignados a sufrir el yugo español”.

Desde otra mirada, la estrategia llevada la práctica con total dureza y claridad de objetivos por don Manuel, si no logró debilitar seriamente al muy poderoso ejército del Rey, le complicó las cosas y dio tiempo a las fuerzas patriotas para fortalecerse en Tucumán y emprender los triunfos de Tucumán y Salta, salvadores de la Revolución.

Al margen de los mitos y las realidades que deben aún esclarecer nuevas investigaciones históricas absolutamente necesarias acerca de la gesta jujeña de 1812, la primera lección que deja el Éxodo es aquella que concierne al sentido del deber frente a las grandes responsabilidades comunes. Don Manuel lo explica con toda claridad en un bando del 14 de julio de 1812, maravillosa reflexión que tiene total vigencia: “Cuando el interés general exige las atenciones de la sociedad deben callar los intereses particulares, sean cuales fuesen los perjuicios que experimentasen; éste es un principio que solo desconocen los egoístas, los esclavos y que no quieren admitir los enemigos de la causa de la patria: causa a que están obligados cuantos disfrutan de los derechos de propiedad, libertad y seguridad en nuestro suelo, debiendo saber que no hay derecho sin obligación y que quien sólo aspira a aquel, sin cumplir con ésta, es un monstruo abominable, digno de la execración publica y de los más severos castigos"

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