Por: Martin Rodriguez Yebra.Cristina Kirchner amenazó con golpear donde duele. Si realmente decidiera revisar el tratado de 1999 sobre los vuelos a Malvinas, estaría ejerciendo el único poder de daño concreto que hoy tiene la diplomacia argentina sobre la administración británica de las islas.
Aquel acuerdo bilateral, firmado en el ocaso de la gestión de Carlos Menem, le dio estatus legal a un vuelo semanal desde Chile hasta Malvinas, por sobre el espacio aéreo argentino, y con opción de hacer escala en Río Gallegos una vez al mes. Estableció, a cambio, el permiso para que los argentinos pudieran viajar a las islas, algo prohibido desde la guerra.
¿Estará dispuesta la Presidenta a denunciar el tratado y llevar la relación con Gran Bretaña a una precariedad casi de la posguerra? Todavía es apenas una amenaza, aunque con la formalidad de haber sido expresada ante las Naciones Unidas. No puso plazos. Pero lo que empezó ayer Cristina Kirchner da indicios de hacia dónde apunta la política sobre Malvinas cuando faltan seis meses para el 30° aniversario del desembarco militar argentino en las islas. En la Casa Rosada desde hace tiempo destacan que la Presidenta sueña con que durante su muy probable segundo mandato se descongele el diálogo por la soberanía. También es cierto que aferrarse a la retórica malvinera ha sido un recurso habitual ante complicaciones políticas internas.
Hasta ahora la retórica siempre quedó en eso. En escribir "piratas for ever" en Twitter, como hizo la Presidenta hace un año para rechazar un ejercicio militar en las islas. En constantes apelaciones en foros diplomáticos. O en anunciar obstáculos a la exploración petrolera en el área de Malvinas, para cuyos habitantes el hallazgo de hidrocarburos es una utopía lejana y no por todos deseada. Cortar los vuelos es "ir en serio".
¿Aceptará ahora Londres torcer 30 años de férrea negativa a negociar? La política del conservador David Cameron ha sido justamente otra: mostró cada vez que existió ocasión que no piensa modificar en nada esa lógica salvo que lo pidan los isleños.
En este punto radica la clave de la amenaza presidencial: que sean los malvinenses los que se rindan y fuercen al Reino Unido a dialogar.
Con la misma lógica, Menem construyó el camino al acuerdo. Ansiaba mostrar antes de dejar el poder un resultado tangible de su política de seducción a los isleños: se propuso conseguir que los argentinos pudieran entrar en Malvinas. Aprovechó una crisis coyuntural entre Chile y Gran Bretaña. En Londres habían detenido a Pinochet y el gobierno chileno, en queja por la decisión, anunció que suspendería los vuelos de Punta Arenas a la base militar Mount Pleasant, en la isla Soledad. Lan Chile (conducida entonces por Sebastián Piñera) aceptó el boicot y cortó durante cuatro meses los vuelos (que cruzaban el espacio aéreo argentino por una autorización precaria extendida por decreto en 1991).
El miedo al aislamiento impactó en los malvinenses, ya habituados a la prosperidad que les dio después de la guerra el permiso para conceder licencias pesqueras. El gobierno británico buscó convencerlos de aceptar el ingreso de argentinos (con pasaporte) a cambio de darles estatus legal a los vuelos. Menem se ofreció a "facilitar" el cambio de actitud de Chile, para reabrir la ruta. El acuerdo se firmó en julio de 1999 y a partir de entonces todos los sábados un avión de Lan va y viene de Santiago a Malvinas.
Para los isleños es un tesoro. La única otra conexión que tienen es un avión militar británico que va a Oxford, con escala en la isla Ascensión. Aún se quejan porque en 2004 el gobierno de Kirchner prohibió el paso de chárteres que incrementaban el tráfico aéreo en temporada alta. Exigía que el Reino Unido autorizara vuelos directos desde Buenos Aires. La respuesta fue un no gigante.
Poco para perder
En el Gobierno sienten que el país tendría poco que perder si se rompiera el tratado. En 12 años los argentinos que viajaron a Malvinas han sido menos de 10 al mes en promedio. El pasaje desde Buenos Aires sale 1700 dólares. Más que ir a Europa.
El acuerdo fue "lo mejor que se podía esperar", dijo hace poco el dirigente malvinense Mike Summers. Recordó que en 1999 aceptaron avanzar porque Londres los había convencido de que "no habría en mucho tiempo un gobierno argentino tan moderado como aquél". No se equivocaron. La política de seducción menemista se cortó de cuajo. Y con Kirchner la cuestión Malvinas volvió a significar enfrentamiento y rispidez.
Ahora, en sus horas de mayor fortaleza política, la Presidenta coquetea con una jugada fuerte, fiel a su costumbre de llegar a la ONU con un golpe de efecto. Tal vez sea una carta que no use nunca. O simplemente haya mostrado un arma que le pueda resultar útil en momentos menos cargados de alegrías políticas.




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