Un vínculo nacido en la cárcel y que parecía indestructible

Un vínculo nacido en la cárcel y que parecía indestructible
Bonafini tomó a Schoklender como un hijo adoptivo; él mostraba pasión por el poder
Se cruzaron por primera vez en la cárcel de Devoto, en 1983, cuando Hebe de Bonafini hacía su habitual ronda de visitas a presos políticos. Sergio Schoklender llevaba casi dos años de encierro acusado por el asesinato de sus padres y justo esa madre, emblema de los derechos humanos, reparó en su figura tan de moda en las páginas policiales y le preguntó qué necesitaba. El le agradeció, pero no pidió nada. Sólo se volvieron a ver diez años después de aquel furtivo encuentro.

El destino los unió una tarde de febrero, en 1993, y entonces comenzó a tallarse un vínculo filial estrecho que se malogró hace semanas al estallar el escándalo por el manejo de fondos de la Fundación de Madres de Plaza de Mayo. Seducida por la experiencia educativa en cárceles, Bonafini se acercó al Centro de Informática Aplicada (Cinap) que funcionaba en la extinta Unidad 16 de Caseros. Ya en ese momento conoció el espíritu emprendedor de Sergio Schoklender: había levantado en plena prisión cuatro aulas, una biblioteca, dos salas con 25 computadoras, fotocopiadoras y un taller de imprenta.

Ese reducto se solventó con recursos que generó el propio Schoklender. Realizaba tareas de programación por encargo, consiguió un subsidio de la Secretaría de Ciencia y selló convenios con centros universitarios de la Universidad de Buenos Aires para la impresión de apuntes. Los testimonios de profesores, estudiantes y detenidos que lo conocieron consultados por LA NACION coinciden en la misma premisa: era un hombre con enorme capacidad para llevar adelante sus planes, habilidoso en el manejo de dinero y arquitecto audaz de espacios de poder. Antes de recalar ahí, había construido el Centro Universitario Devoto (CUD) en el subsuelo de ese penal. Desde allí tejió un lazo con el mundo exterior, a través de intelectuales de la época, como el juez Eugenio Zaffaroni, el filósofo Tomás Abraham y la experta en educación Marta Laferriere.

Bonafini no dejó de verlo desde aquella reunión en el Cinap. Le llevaba comida a la cárcel, hablaba con él de política, de su lucha, de la vida.

Lo adoptó como hijo y le regaló para uno de sus cumpleaños las llaves de su propia casa. Lo acompañó cuando él y su hermano Pablo encabezaron una huelga de hambre hasta conseguir, en 1994, que echaran al director del Servicio Penitenciario, Olimpio Garay.

Al año siguiente, Sergio logró autorización para salir a trabajar durante el día. Bonafini le consiguió un empleo al frente del archivo informático de la Fundación y, con su liberación en 1998, escaló a posiciones más altas hasta convertirse en apoderado legal. Schoklender mantuvo una actividad frenética durante los 17 años de prisión: se recibió de abogado, de psicólogo, llenó los juzgados con denuncias por maltrato y se inventó como líder cuando, en los hechos, ingresó en la cárcel con el rótulo de parricida, una de las categorías más bajas y castigadas según el código tumbero.

"Más allá del desprecio por la vida de sus padres, el modo alevoso y la forma de darles muerte ­primero a garrotazos, terminando por estrangularlos­, pone en evidencia la insensibilidad física y moral con que actuaron", sostiene la sentencia condenatoria de los hermanos Schoklender.

En su autobiografía titulada Infierno y resurrección , Schoklender afirma que se ganó pronto el respeto de los presos por su fuerte enfrentamiento con el Servicio Penitenciario. De su periplo por la cárcel, rescata sólo la tierna imagen de dos mujeres: la de una monjita llamada María Helena y la de Hebe. Recuerda aquel Día de la Madre, en Caseros, hace 16 años, cuando ella lo tomó de las manos y le confesó: "Me duele tanto que estés preso".

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