Es muy difícil que en Neuquén se pueda revertir la carencia de viviendas, sin que en se registre en el país un cambio suficiente en la economía que permita revitalizar la aguda caída del peso de los créditos hipotecarios.
El gobierno provincial de Jorge Sapag ha prometido entre 4 y 5.000 viviendas, de las que se están haciendo efectivamente, según recientes declaraciones de la ministra de Hacienda, Esther Ruiz, poco más de 2.200. La oposición, concentrada en la experiencia capitalina, sólo ha podido mostrar dificultades y esperanzas a futuro: la urbanización de la meseta, y proyectos de construcción de viviendas baratas, con eje en “loteos sociales”, es decir, entrega de tierras también a bajo precio.
Todo esto, tal como están las cosas en el país, no mejorará sustancialmente, más allá de las promesas o los discursos enfáticos.
Según los especialistas en mercado inmobiliario, la principal traba para resolver el problema de faltas de viviendas en Neuquén es que sigue obstruido el acceso a créditos hipotecarios, que son la fórmula individual más eficaz para que cada familia resuelva su problema. La otra solución, la estatal a través de planes más o menos masivos, es lenta, parcial, teñida de corruptela inevitable, e insatisfactoria, como se ha demostrado a lo largo de las décadas.
Según se publicó este lunes en el diario La Nación, el peso del mercado de préstamos hipotecarios en el PBI de la Argentina ha ido descendiendo en los últimos años hasta ubicarse en 0,7 por ciento, el porcentaje más bajo de las últimas décadas.
En Brasil la misma comparación es de 3,6 por ciento; en Chile, 7 por ciento; en España, 7,6 por ciento, y en Estados Unidos, 25,6 por ciento, a pesar de que bajó luego de la crisis subprime que estalló en 2008.
Los datos surgen de un estudio de la consultora abeceb.com, que recordó que hasta mediados de la década de 2000 el financiamiento para la compra de viviendas en la Argentina y en Brasil se movía en un nivel parecido, entre el 1 y el 1,5 por ciento del PBI.
En una serie que abeceb.com elaboró desde enero de 1994, nunca el índice había caído tan bajo como ocurre en lo que va de 2010, cuando ese indicador no se mueve del 0,7 por ciento del producto.

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