Cómo viven los refugiados que buscan iniciar una nueva vida en la Argentina

Llegan desde Haití, Africa o Colombia. Hay 4 mil en todo el país. Afganistán, Irak y Somalia, los países que más expulsan. Pakistán, Irán y Siria, son los que más reciben.
Sus ojos esconden historias que desafían la fortaleza humana. Muchos apenas articulan palabras en español mientras se los descubre por cualquier calle de Buenos Aires, contemplando con inocencia y asombro un mundo que se les asemeja distinto. Son los cientos de refugiados extranjeros que viven en Argentina y que hoy celebran su Día Internacional dispuesto por Naciones Unidas desde 2001 en conmemoración del 50º aniversario de la convención africana sobre el Estatuto de los Refugiados.

“Cuando llegué a Buenos Aires estaba más muerta que viva. Apenas sabía decir tres cosas: ‘buen día’, ‘por favor’ y ‘gracias’. Aquí me ayudaron mucho. Todavía no tengo trabajo pero siento que volví a vivir”, le contó a PERFIL Mikelange durante la jornada que este diario compartió con ella y otros refugiados en la Fundación Comisión Católica Argentina de Migraciones (Fccam). Cuando desembarcó en Argentina hace cuatro años escapando del desmoronamiento institucional de Haití en 2004, lo hizo convencida por su hermano, quien ya la aguardaba en esta ciudad.

Rosanette Chadic, en cambio, tuvo una travesía más complicada. Hace sólo ocho meses aún sobrevivía en las afueras de Puerto Príncipe, donde conoció a los Cascos Azules argentinos. A través de ellos, consiguió arribar a Buenos Aires. “Fue un viaje largo. Pasé 15 días por Ecuador, donde quedó parte de mi familia. Luego, por Perú y Chile”, contó en una lengua nueva para su paladar, acostumbrado a un creole que se cuela entre sus labios. “Aquí pude reencontrarme con otros haitianos y hacerme amigos”, agregó Rosanette junto a Exiline Durogéne, la “abuela” del grupo, proveniente de Gonaives, el norte haitiano.

En Argentina, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados trabaja con organizaciones como la Fccam brindando contención a los refugiados con talleres de idioma y oficios. “A diferencia de los inmigrantes, son personas que escapan de sus orígenes sin objetivos ni lazo alguno”, explicó a PERFIL la psicóloga Patricia Maglito. Y Johnson Koduah, de Sierra Leona, ilustra su caso. “Me subí a un barco en Costa de Mafil y no sabía para dónde iba”, le contó a PERFIL este joven de 16 años, quien aprendió a querer a Argentina a través del fútbol. “Mi padre me hablaba de Maradona y hoy lo veo en la televisión. Me encanta, como también me gustan ahora Messi y Tevez. Yo quiero que Argentina gane la copa mundial”, sonrió Johnson. Y la sinceridad afloró en su mirada.

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