En el ingreso a la Terminal 2, cada vez más gente vive a la intemperie. Son postal obligada para turistas, pero dicen que para el Estado son invisibles.
Pese al panorama, ese pequeño triángulo de tierra rodeado de vehículos que van y vienen, cobija a un grupo cada vez mayor de personas en condición de calle. En el verano no eran más que tres; hace dos meses eran seis y ahora son siete... aunque durante el día pueden llegar a superar los diez.
“Dormimos acá aunque haga frío, no nos queda otra. Ahora que vienen la época de turismo, desde el Pizzurno nos ofrecen mudarnos a una pensión, pero sólo por tres meses. Luego de eso ¿dónde vamos a ir?, se pregunta Nicolás Vera, un albañil desocupado que hace poco más de un mes vive en el lugar.
Pan para hoy. La opinión de Vera es entendible: la mayoría de las personas que viven bajo el puente trabajan en la zona céntrica limpiando vidrios, abriendo puertas de taxis o simplemente pidiendo monedas. Si el estado no los asisten laboralmente, en tres meses (cuando se les caiga la “ayuda” habitacional) seguirán con las mismas changas, pero deberán buscarse un nuevo lugar donde vivir.
“Seguro este lugar estará ocupado: tendremos que mudarnos más lejos”, cuenta este obrero catamarqueño, sentado en una mesa improvisada de madera prensada y tarros de plástico.
Mientras habla, a su alrededor yacen tendidos a su alrededor varios colchones viejos y “carpas” tendidas con colchas. “Allá duerme la única mujer del grupo, una señora que vive acá hace cinco años. Y quien está ahí acostado es el señor que vende café de madrugada en la terminal”, relata.
De noche y de día. Mientras Vera desarrolla su relato, es imposible abstraer la atención de un niño que come animadamente una mezcla de pan mojado en leche, de un vaso. Es el hijo de Héctor Machado, un hombre que vive en Villa Boedo, pero “para” todas las tardes bajo ese puente a descansar de su única actividad laboral: pedir monedas en la terminal.
No es el único caso: durante el día muchos cordobeses con una situación habitacional precaria utilizan de “posta” el espacio.
“Venimos todos los días con mi mujer y mis dos hijos: yo no puedo trabajar porque tengo una discapacidad. No tengo otra opción”, dice Machado, mientras se levanta la remera y exhibe una sonda intestinal que le atraviesa la pared del tórax a la altura del riñón.
Mientras el hombre acomoda de nuevo su remera, pasan dos mujeres y anuncian que tienen ropa de niños para donar. Vera acota a Día a Día: “Cosas como esta pasan todo el tiempo. La gente nos trae comida, abrigo. Lo mismo la iglesia. Los únicos que no nos ayudan son los entes de gobierno: parece que fuéramos invisibles”, finaliza.
Desde la Muni, solo dan “asistencia inmediata”
Aunque los habitantes del puente aseguran que la asistencia de la Muni es mínima, desde la comuna informaron que esos vecinos están relevados y reciben asistencia, aunque a veces la rechacen. “Además de la necesidad habitacional tienen patologías psicológicas a las que no podemos dar respuesta nosotros sino la Provincia”.
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