A diez años del estallido de la crisis de 2001. En la ciudad, la gente salió a protestar con sus cacerolas. Pero también hubo saqueos, represión y enfrentamientos entre policías y manifestantes. Detuvieron a tres dirigentes sociales y después los dejaron en libertad.
Es 19 de diciembre de 2001 y el país parece estallar. El ministro de Economía, Domingo Cavallo, ha renunciado tras comprobar la ineficacia de "acorralar" la plata de los ahorristas. Rige el estado de sitio, pero a nadie intimida.
"Que se vayan. Son unos ineptos. Nos robaron y ahora esto...", grita desconsolada una señora en la esquina de San Luis y Colón. Es una de las tantas que al filo de la medianoche bajó de su departamento o salió a las puertas de su casa de Mar del Plata para protestar.
Imágenes similares se multiplican en todas las calles céntricas. Se ve gente en Luro, en Santa Fe, en Córdoba, en Corrientes, en la municipalidad. Pasadas las doce y media de la noche, algunos vecinos cortan la avenida Colón en algunos tramos tirando bolsas de basura sobre el pavimento. Como la manifestación es pacífica, los policías se limitan a mirar la escena desde los patrulleros.
Hace dos años y un puñado de días que Fernando de la Rúa ha asumido el poder. Ahora, en este diciembre tan caliente como el mismo infierno, el presidente está acorralado por una economía en crisis y una situación social fuera de cauce. En Mar del Plata gobierna el también radical Elio Aprile, reelecto dos años atrás con la mayor cantidad de votos en la historia de las elecciones municipales.
"Aúnan esfuerzos para ayudar a los que menos tienen", reza el título de la página 3 de LA CAPITAL. La nota relata una reunión en que empresarios, líderes barriales y funcionarios se pusieron de acuerdo para repartir alimentos entre los más necesitados. Es un intento, acaso desesperado, por evitar que la ola de saqueos que sacude al país llegue a la ciudad.
Ya es viernes 20 de diciembre. Como Isabel Perón, De la Rúa ha abandonado la Casa Rosada en helicóptero. El país es un caos generalizado y Mar del Plata, una postal más del descalabro.
Desde media mañana, un grupo de manifestantes se concentra frente a la municipalidad. Cortan Luro e Yrigoyen y se aprestan a brindar -con agua- por las fiestas que se acercan. Mientras, esperan la entrega de cajas de alimentos.
Quince minutos después de las doce del mediodía, la policía se alista sobre Luro, a 30 metros de la manifestación. Uno de los efectivos de infantería se acerca al dirigente estatal Luis Canavessio y le pide que él y los suyos se retiren de la calle. Canavessio se niega. La reacción del policía es la de un lunático: de un culatazo derriba al dirigente de la CTA.
No es el único agredido de la mañana. Daniel Barragán, el secretario general de la Central de Trabajadores Argentinos, también sufre la represión policial.
Empiezan enseguida los gases lacrimógenos, las balas de goma y los tiros al aire. Un humo lo envuelve todo y detrás de ese manto gris asoman entre diez y veinte efectivos que, bajo el mando del comisario de la seccional primera, Carlos Recaita, se llevan en un patrullero a Canavessio, Barragán y Daniel Cesario, otro dirigente social.
El secretario de Gobierno, Daniel Lapadula, y concejales de distintas bancadas piden que cese la represión. Los manifestantes se corren del lugar pero no se van muy lejos: eligen permanecer en el monumento a San Marín y la Catedral.
A las 12.45 llega el comisario mayor Carmelo Impari, jefe departamental de Mar del Plata. Toma contacto con el intendente y algunos ediles. Trasciende que hay quienes catalogan el accionar policial como "fuera de contexto" y "excesivo".
El comisario es interpelado frente al Citibank de Luro y La Rioja. La concejal aliada al oficialismo Claudia Fernández Puentes y el opositor Gustavo Pulti, presidente del Concejo, son algunos de los que dialogan con Impari. Los medios son testigos de la conversación.
-Acá estamos para tranquilizar, pacificar, pero no en base a la represión. No podemos permanecer mudos viendo esta barbaridad- le recrimina Fernández Puentes.
-Es un juicio de valor, el suyo- contesta lacónicamente Impari.
-¡Por supuesto que es un juicio de valor!
-Nosotros no vamos a permitir que se altere el orden público ni que se tome ningún edificio ni supermercado porque hay una orden del Poder Ejecutivo, hay un estado de sitio y hay que cumplirlo.
Impari habla con una seguridad inapelable. Con la misma seguridad que, un día antes, había prometido a empresarios y comerciantes que iba a reprimir cualquier intento de alterar el orden público.
En Luro y San Juan se presenta, intempestivamente, otro foco de tensión. Hay enfrentamientos entre policías y manifestantes en proximidades del Banco Provincia, donde beneficiarios de planes de empleo buscan cobrar sus migajas.
Un rato más tarde, en Independencia entre San Marín y Rivadavia, agrupaciones sociales claman la liberación de los detenidos. Cerca de las 15, Canavessio, Barragán y Cesario recobran la libertad. La tranquilidad, sin embargo, se hace desear.
El primer intento de saqueo se registra cerca de las 16.30 en el supermercado Disco ubicado en Edison y San Salvador. Las calles del puerto se pueblan de gases y balas de goma.
En Cerrito y la ex 39, unas 30 personas solicitan alimentos en las puertas de un eslabón de una cadena de carnicerías. Mientras los desocupados dialogan con los responsables del comercio, la policía comienza a reprimir. Es que corre el rumor de que quieren incendiar el local con los empleados adentro.
La policía avanza y los manifestantes retroceden, pero contraatacan con piedras. El enfrentamiento es cruel y el local queda completamente destruido. También hay intentos de saqueo en el supermercado Disco de Edison y San Salvador, en el Makro y en el Toledo de Talcahuano al 300. El saldo: heridos y detenidos por doquier. En la tarde sangrienta de Mar del Plata, el milagro es que no hay muertos.
Cerca de las nueve de la noche, una gotas empiezan a desprenderse del cielo. Es como si la lluvia quisiera mitigar la calle ardiente, como si buscara lavar las heridas, como si, de una vez, pretendiera sofocar el incendio de un país sumido en el abismo.




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