Por Eleonora Gosman.La capital paulista no deja de sorprender. Cada fin de semana arroja un nuevo saldo récord de víctimas de ataques criminales. Desde el viernes hasta ayer hubo 18 muertos a balazos y 7 personas fueron internadas por las heridas de armas de fuego.
Sólo entre la noche del domingo y la madrugada de ayer, fueron 13 los asesinatos. Esta secuencia revela que el brote de violencia está lejos de alcanzar la cúspide, para luego disminuir. El compromiso entre el gobierno de Dilma Rousseff y el de Geraldo Alckmin, gobernador de San Pablo, navega en estas aguas encrespadas sin conseguir hacer pie.
Ayer, estadísticas elaboradas por el instituto Avante Brasil revelaron que en el país cada nueve minutos y medio alguien es asesinado.
Ese cómputo lo coloca al tope del ranking de la violencia, cuando se mide el fenómeno entre las 10 mayores economías del mundo. Si se amplía la base al resto del mundo (190 naciones), Brasil queda posicionado en el número 20 entre los más violentos, con un promedio de 27 crímenes por 100 mil habitantes. Hoy, la capital paulista está en el ápice de la tormenta homicida.
Los acontecimientos en la mayor metrópolis sudamericana y la segunda en América Latina enciende alarmas más intensas que a principios de noviembre, cuando las autoridades pensaban que podía ser un pico de ataques y contraataques, que iría a disminuir en menos de un mes. Pero los tiempos se acortan y crece la sensación de ausencia de control gubernamental. La última tentativa para contener estos episodios, que se puso en práctica ayer, consiste en reforzar la vigilancia en puntos estratégicos de las rutas . Es parte del acuerdo que firmó el gobernador Alckmin con Rousseff. El otro proyecto, que completa ese convenio, es integrar una agencia de seguridad mixta (nacional-provincial) para vigilar y reprimir el tráfico de drogas.
Pero ninguno de estos pasos ha logrado hasta ahora sofocar la guerra que se instauró entre el Primer Comando de la Capital y la Policía Militar paulista. La violencia ya penetró en la vida cotidiana de la periferia paulistana. Y la población, que asiste a ese enfrentamiento como impotente espectadora, termina por ser su víctima principal. De los 13 muertos y 7 baleados de ayer, en lo que constituyó uno de los días más sangrientos desde que comenzó el conflicto entre bandas del PCC y la ROTA (la policía militar especializada en el combate a los delitos de la droga), en todos los casos fueron personas atacadas a balazos por individuos que se trasladaban en autos o en motocicletas.
La historia más impactante fue la de la masacre ocurrida la madrugada de ayer en uno de los barrios del municipio de Guarulhos, donde se localiza el aeropuerto internacional de San Pablo. Seis jóvenes amigos, todos menores de edad, fueron agredidos a balazos cuando se encontraban en un jardín comunitario.
Tres de los chicos murieron y otros tres quedaron gravemente heridos . Según el relato de los vecinos, tres hombres fuertemente armados venían por una callejuela en dirección al grupo. Ordenaron a los muchachos colocarse de espaldas contra una pared. Preguntaron los nombres y si alguno de ellos tenía entradas en la policía. Después de eso, los ametrallaron. El hermano de uno de los chicos dijo desconsolado: “Estamos en medio de una guerra”. El padre de otro de los muchachos contó que uno de los asesinos obligó a su hijo a tirarse al piso. “Le apuntó con el arma y en el momento que uno de sus amigos decía que tenia antecedentes policiales empezó el tiroteo”.

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