PorOsvaldo PepeCon el paso del tiempo, y atenuados los fuegos de aquella dura pulseada por la Resolución 125, la soja ha pasado de “yuyo maldito” a un bien preciado para el “modelo oficial”, pese a aquel error político de Néstor Kirchner quien, cuando sólo se discutía dinero, y la potestad del Estado de gravar una materia prima de cotización en alza, llevó al país a una pelea ideológica salvaje.
En estas circunstancias, y cuando el mundo desarrollado no deja de temblar por la inestabilidad de su salud financiera, en la asamblea anual del FMI (ver: El FMI vuelve a la carga por las cifras de inflación del INDEC) el Gobierno, siguiendo a Brasil, Australia y otros referentes del G-20, quiere evitar la regulación de los precios de los comodities , como la soja, porque eso afectaría las arcas fiscales. Con India y China, el mundo ha sumado al mercado global millones y millones de consumidores que demandan más comida que tecnología . La humanidad tiene más hambre que ganas de consumir productos para mejorar sus estándares de vida.
Las tripas gimen más que el deseo.
Y la demanda mundial de soja, según las conclusiones del Congreso Mercosoja 2011, seguirá en alza , sea por la simple exportación del poroto para alimento como para su elaboración como aceite o biodiésel.
En su segundo Centenario, Argentina se orienta a repetir el éxito del primero, con un fuerte sesgo de país exportador primario similar al de hace 100 años . Bajo el paraguas de los altos precios internacionales el comercio exterior del país muestra un fuerte superávit en productos primarios y alimentos, pero con déficit en manufacturas industriales.
Con la soja, la economía crece. Pero para el desarrollo de la Nación se necesita más: la industria, la investigación y la ciencia no deberían ir tan detrás en esa carrera.

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