La vida después de los 534 despidos

Cobraron, compraron un mueble, arreglaron la casa, por eso nadie protesta, hasta que les caiga la ficha... ¿Cómo hace una mujer de 50 para que la tomen en otro lado?

Las mujeres son mayoría entre los cesanteados y el principal problema a resolver. Expofrut pagó u$S 1.000.000 en indemnizaciones. La cereza generará 250 nuevos puestos.

En la recepción de la intendencia, una empleada revisa planillas con aire concentrado y sin levantar la mirada. Viste pantalón y camisa gris, usa lentes de aumento y cuando encuentra un nombre con domicilio en Chimpay, lo resalta con marcador amarillo. Atrás, sobresale el mapa de la zona rural con los emprendimientos en el corazón del Valle Medio de Río Negro, a la izquierda el del casco urbano que pasó de 2.000 a 6.000 habitantes en las últimas dos décadas y a la derecha, apoyado sobre una bandera celeste y blanca plegada, una pequeña estatua de Namuncurá, el santo que fue declarado beato en una ceremonia presentada como el encuentro entre dos culturas. Al lado, un cartel terrenal advierte que no hay vales para pasajes, mercadería y pagos de factura. "No insista", dice abajo.

–¿Son muchos los de acá? –le pregunta un compañero.

–Un montón –dice ella. Veinte kilómetros al oeste, en la planta de Expofrut a la vera de la ruta, 701 hectáreas entre la 22 y el río, se perdieron 534 puestos de trabajo, 10 veces más que la cifra de efectivos y contratados de la municipalidad, pero no hay marchas, ni gomas quemadas. En escala, es como si la ciudad de Buenos Aires hubiera despertado una mañana sin unos 120.000 empleos. Por mucho menos se cortaron calles y rutas en la era del piquete, pero no en la tierra de los milagros de Ceferino.

–María, los listados –pide minutos después el intendente Hugo Funes desde el teléfono de su despacho. Convida mate, recomienda los bizcochitos de grasa y cuenta que la única queja que recibió fue la de una ex cosechera de Expofrut que le dijo que su liquidación estaba mal hecha. Después se pone a contar los resaltados con amarillo. En las planillas hay 159 domicilios de Chimpay, otros 30 trabajadores del norte del país que se radicaron pero todavía no hicieron el cambio y unos 100 de la zona de influencia: Lamarque, Belisle, Choele, Huergo, Darwin, Regina. El resto son golondrinas, la mayoría de Tucumán.

–El problema es que de los 300 de la región que echaron, 260 son mujeres –dice el secretario de Gobierno, Ramón Bastías. Son mayoría porque las 200 hectáreas de vides de uva de mesa que arrancó la empresa necesitaban de la mano femenina para cosecharla, clasificarla y embalarla. Y aunque hay trabajo en la cereza, no alcanza para todas, por eso deben salir a pelear espacio con los hombres. Ya se ven chicas con las escaleras al hombro en las chacras, en la poda y el raleo.

–Por eso el problema más serio son las mujeres de más edad –dice el intendente. Una de ellas es Elena Bustamante. Con 63 años, su historia recorre toda la experiencia de Expofrut con las uvas de mesa: fue una de las primeras en entrar, en 1992, cuando la llegada de la empresa abrió una nueva era en Chimpay y ser parte de esa revolución era un orgullo. A la distancia, aquella le parece la mejor época.

–Ibamos a trabajar en la chata que tiraba el tractor y ganábamos mejor. Debe ser porque una parte la cobrábamos en negro. Eran los tiempos del vivero: llevábamos los plantines en la mano y era lindo porque todo estaba naciendo. En el 94 arrancó la producción. Ibamos a cosechar con una gorrita, nuestra ropa y una tijera para cortar los racimos: había que separar las uvas partidas y las podridas y llenar 60 envases de 12 kilos en 8 horas. Algunas se apuraban y lo hacían más rápido, por la esperanza de ser efectivas. Yo no tuve esa suerte. Y eso que no pasé certificado ni cuando me quebré el dedo el día que me caí con los plantines: me lo vendaba con cinta adhesiva y nadie se enteró. Después pasamos a empaque y muchas veces nos quedábamos hasta las 2 de la mañana porque se cortaba la luz. Con el tiempo se modernizaron: compraron un transformador y nos traían en colectivo. Poníamos las uvas de a un racimo, a lo sumo dos, en bolsitas de polietileno y después en cajas de 8 o 5 kilos. Se trabajaba sin parar con sueldos que fueron quedando bajos frente a los de otras empresas que llegaron después. Por eso las quejas por la indemnización. Muchas no lo pueden creer. Por ejemplo una amiga cobró 8.000 pesos después de 12 temporadas seguidas. A mí, tan cerca de la jubilación, me hicieron un favor. Pero, ¿cómo hace una chica de 50 para que la tomen? Las más jóvenes es otra cosa –reflexiona en el living de su casa de plan de vivienda de tres dormitorios frente al cuartel de los bomberos.

–Antes vivía en un ranchito con mis cuatros hijos. Como soy separada, tenía que trabajar para darles de comer. En esa época estaba en una chacra en negro, así que me los llevaba a los 4 para que me ayudaran y sacar más plata. Ellos se alegraban cuando llovía: tenían franco. Yo me preocupaba por el agua que entraba al ranchito entre las chapas y el cartón. Después Nelly, la maestra de los chicos, que quería que siguieran estudiando, me anotó en el plan. Y me dieron la vivienda. Yo estoy agradecida con lo que me dio la vida. O Dios...

–Elena, ¿por qué no hay protestas por los despidos?

–Porque cobraron, compraron un mueble, arreglaron algo en la casa. Ya les va a caer la ficha.

A un promedio de unos 8.000 pesos por caso, Expofrut pagó alrededor de un millón de dólares en indemnizaciones, algo así como haber cobrado una temporada por adelantado.

–Muchos no lo sienten como un problema, sino como una inyección de dinero –afirma Laura Budimir, periodista de FM Ceferino, la caja de resonancia del pueblo. Por estos días, los despedidos invierten parte de su tiempo en saber si las liquidaciones están bien hechas. Comparan las planillas, buscan datos en Internet, preguntan a conocidos en Roca o Choele, averiguan en la Delegación de Trabajo de Chimpay.

–Hasta el momento hemos detectado 50 liquidaciones en las que creemos que se debe pagar más. Los administrativos de la empresa dijeron que las van a revisar. En un caso ya aceptaron que pagaron un mes menos y lo van a remediar. No quieren líos –dice Horacio Guerrero, a cargo de la dependencia. Suena un blues de Memphis en la radio. No hay nadie más en la oficina, que ayer estaba repleta: los enviados del Renatre atendieron a los rurales despedidos que cobraran un subsidio de $900 por 4 meses, $810 por los 4 meses siguientes y 720 en los últimos 4. Es exclusivo para los que no tengan otro trabajo en blanco.

El caso revisado es el de una empleada a la que le liquidaron un mes de preaviso y uno de indemnización por 386 días de trabajo en 9 temporadas. Para la ley, no se computan los 9 años sino la suma de los días que cosechó y embaló en cada uno de ellos, a razón de un mes de un mes de indemnización por cada 276 días o fracción superior a 90.

–El martes vienen tres abogados desde Viedma para atender a todos desde las 8 de la mañana y hasta que se haya ido el último –agrega Guerrero.

Los cesanteados eran permanentes discontinuos, una de las razones por las que Chimpay no ardió: se perdieron puestos de entre 6 a 8 semanas al año. Por eso, muchos de ellos tienen otro trabajo. Es el caso de Matilde (41) y su hija Marta Curiqueo (27): para contar con su testimonio por la cesantía hay que esperar que terminen de trabajar en las chacras de manzanos y perales de Bonadé, actividad que cada año empalmaban con la uva en enero y febrero. "Yo quería irme, pero nunca pensé que me iban a pagar 3.600 pesos por 11 temporadas", cuenta la madre cuando termina el día y llega el tiempo de las tortas fritas y el mate dulce. A Marta le fue mejor: cobró 8.000 pesos por la misma cantidad de años y aún no entienden por qué tanta diferencia. En cambio, Elio Rodríguez (24), su pareja, es uno de los 69 trabajadores de la uva que Expofrut no despidió.

–Yo también hubiera preferido que me echen. Ahora me quieren pasar a frutales y voy a perder el plus del 22% del empaque –dice. Tiene trabajo en otra chacra.

–Pero cada tres meses me cortan, porque si pasás los 90 días quiere decir que sos permanente. Entonces te paran unos días y te vuelven a contratar. Todas las empresas hace eso– agrega.

Elio no es el único que quería irse de Expofrut: fueron varios los que llamaron a las oficinas de la firma para pedir que no los dejen afuera, que los despidan.

–Se veía venir, todos sabíamos lo que iba a pasar. Ya habían arrancado 40 hectáreas en 2009 y la uva era cada vez de peor calidad, había menos para embalar, el jefe se ponía nervioso, vos también porque te perdías el adicional por el destajo y los del turno que entraban después tenían todavía menos. No había expectativas de progreso– dice Marilina Guaymán (32) en el living de su casa en el Barrio Viejo, rodeada de los trofeos que ganó su galgo en las carreras. Sumó nueve temporadas en la empresa y en la última cobró 4.000 pesos. Trabajaba en el invierno en otra chacra pero la dejó por cuestiones personales, cuenta.

–Quedarse sin empleo es raro y feo. Hay otros galpones, pero no creo que haya lugar para tanta gente– agrega. Y relata que en la temporada Chimpay se desborda con los golondrinas y que para conseguir un turno en el hospital, que fue ampliado con una inversión de 2.500.000 pesos, hay que hacer cola desde las 6.

–Acá el negocio es comprar un terreno y construir –afirma su padre, Ernesto Guaymán (55), sereno en el Plan de 24 Viviendas, mientras arma un cigarrillo–. Se paga desde 400 pesos por una pieza. En el verano hay una invasión. Y muchos se quedan.

Los golondrinas son entre 3.000 y 4.000. Llegan atraídos por una zona productiva que dio un gran salto en los '90, con el desembarco en la zona de las frutícolas más importantes de la región. Hoy hay 3.500 hectáreas de peras, manzanas y fruta de carozo, con una densidad por hectárea superior al del promedio del Alto Valle al tratarse de plantaciones de menos de 20 años. Y hay otras 3.500 hectáreas destinadas a pasturas y horticultura, entre ellas las 200 de cebolla, 50 de ajo y 800 de maíz de la firma Solmat, que compró 75.000 hectáreas en alrededor de 6 millones de dólares y ya tiene unos 100 trabajadores en el desmonte y la sistematización de la tierra, que hoy alcanza a unas 2.500 hectáreas. Circula el rumor de que el dueño sería Marcelo Tinelli, dato desmentido por la comuna.

Según las cifras oficiales, hoy hay 1.450 hombres y 285 mujeres empleados en las chacras. Si las heladas no arruinan todo, en noviembre la cereza generará otros 700 puestos de trabajo, 250 más que el año pasado, la mayoría para mujeres. Y luego llegará el turno de las peras y las manzanas, con una demanda similar.

–Creo que habrá necesidad de mano de obra para absorber a los que perdieron el empleo. Por eso no hay conflicto social, pese a los buitres que quieren sacar rédito político o económico –dice el intendente Funes. Enrolado en la línea del gobernador Saiz, finaliza su segundo mandato en 2011. Sucedió en el poder a su hermano Rogelio, que estuvo dos períodos.

–¿Hay algún otro hermano Funes para la intendencia?

–No. Pero Rogelio quiere volver. Yo quiero ser diputado provincial –responde. Y explica su enojo con Expofrut: "Siempre se comportaron como si tuvieran un enclave. Nunca se relacionaron con el pueblo. Lo único que dejan son los sueldos. Y ahora, pagan 534 menos. Nos dejan un problema y se llevan su rentabilidad a otro lado.

Así como el concepto de responsabilidad social empresaria se desvaneció a medida que crecía el rojo en los balances, también desapareció aquel orgullo inicial de trabajar en la uva en Expofrut, que llegó a tener 1.800 empleados. En los últimos años, al tiempo que aparecían nuevas alternativas más atractivas y se cerraba la ventana comercial para las vides de la zona, el ambiente laboral se degradó: crecían los problemas en las gamelas de los golondrinas, los certificados por enfermedad y el número de rurales con el dedo índice fracturado desde 2007, según testimonios recogidos en Chimpay. El índice es considerado el dedo con mayor valor a la hora de calcular las indemnizaciones, de entre 40.000 y 60.000 pesos según la lesión, más cinco meses de sueldo durante la recuperación.

Después de los 534 despidos, Chimpay se acerca a la temporada con dinero fresco y la esperanza de que la cereza capte a los desempleados. Pero se cosecha entre noviembre y diciembre y luego vendrán enero y febrero y ya no habrá vides. "Ahí les va a saltar la ficha a todos", repite Elena Bustamante, mientras el viento de septiembre levanta polvareda en las calles de tierra.

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