Las vibraciones de la izquierda sacuden al oficialismo

Por Carlos Pagni

Como para ella las políticas que se rigen por objetivos de inflación son un dictado del Consenso de Washington, Cristina Kirchner resolvió frenar la carrera de los precios con una ultraconservadora reducción del salario real.

El Gobierno fijó para las paritarias una limitación extraoficial del 18%, y otra oficial para la remuneración de los empleados públicos. El Frente para la Victoria está anticipando esa racionalización en las provincias. La conflictividad sindical aumenta y la relación con la CGT se congeló. En definitiva, el kirchnerismo inició un proceso de ajuste cada vez más disociado de su retórica. Es natural, entonces, que en el campo de la izquierda se registren vibraciones.

La nueva escena inspiró dos documentos. La peña oficialista Carta Abierta, que lidera Horacio González, dio a luz su undécima entrega, llamada Carta de la Igualdad. Y el último miércoles se constituyó otra agrupación intelectual, Plataforma 2012, que impugna al Gobierno por la profundización de la desigualdad.

El texto de Carta Abierta (www.cartaabierta.org.ar) es un relato histórico y un programa de gestión. Su dimensión narrativa llama más la atención por lo que oculta que por lo que expresa. El kirchnerismo aparece como un "proyecto de transformación nacional", heredero del último conocido, que se inauguró en la insurgencia y fue desarticulado por el golpe de 1976. El ciclo que se abrió con aquella dictadura se cerraría con el colapso de 2001, cuando la movilización popular dio vuelta la hoja de un cuarto de siglo durante el cual la política se habría resignado a ser la comentarista del mercado. El año 1983 no aparece en esta saga.

La narración se vuelve reveladora por su dificultad para determinar la filiación del kirchnerismo. Postula una "transición duhaldista" dominada por un "desarrollismo de derecha, industrial-primario exportador, sin inclusión social", al cabo de la cual apareció el liderazgo de Néstor Kirchner, por obra de un "inusitado giro de la historia".

La resistencia a conectar duhaldismo y kirchnerismo es interesante no sólo por lo que tiene de ficcionalización del pasado, sino porque oculta límites que para la actual administración son muy difíciles de romper. Olvidar el vínculo genético entre esas dos familias es olvidar que los Kirchner llegaron al poder gracias a una compleja operación burocrática, que tuvo como instancia decisiva la prohibición de las internas del PJ mediante una brutal presión de Duhalde sobre la justicia electoral. Es olvidar que el kirchnerismo emergió de las entrañas del peronismo bonaerense, acaso el aparato más opaco del sistema político. Es olvidar que ese aparato, comandado por Duhalde, participó en la caída de Fernando de la Rúa. Es olvidar demasiado, sobre todo porque la alianza de los Kirchner con aquella estructura sigue siendo una viga maestra del actual esquema de poder.

El ocultamiento de esa genealogía tiene también efectos deformantes para la comprensión de la economía. El texto de Carta Abierta ignora que el aumento del consumo y la mucho menos espectacular sustitución de importaciones de la experiencia kirchnerista son impensables sin el formidable colchón cambiario que el gobierno de Duhalde generó.

La historia de estos ocho años puede ser leída como la de la lenta supresión de esa ventaja a causa de la inflación. Pero los intelectuales oficialistas apenas mencionan este problema, lo que es muy razonable: sería una broma pesada elogiar el igualitarismo de un gobierno que produce una suba de precios del 25% cada año. Si se integran estos datos, se advierte que Cristina Kirchner está ante las "coordenadas de arribo" de ese largo proceso. El ajuste en marcha es su respuesta a ese agotamiento.

Es lógico que Carta Abierta niegue la matriz duhaldista del kirchnerismo. Sólo así se puede conceder alguna factibilidad a un programa como el que aparece en su pronunciamiento. Después de una encomiable defensa de la educación pública, el menú incluye una ley de entidades financieras, otra de inversiones extranjeras, la "recuperación de la centralidad empresaria estatal" en el negocio energético, la estatización de la industria de medicamentos, la regulación de la transferencia de dividendos al exterior, y una revisión del derecho de propiedad de la tierra.

El propósito de Carta Abierta parece claro: impedir que la Presidenta lidere una involución hacia aquel "desarrollismo de derecha" que Ignacio de Mendiguren le propone hoy con el mismo entusiasmo con que hace una década se lo propuso a Duhalde. En otras palabras: el grupo más articulado de la izquierda oficialista, que en varios párrafos se pellizca creyendo asistir, esta vez sí, al derrumbe global del "capitalismo realmente existente", le pide a Cristina Kirchner que evite la racionalización y se arriesgue en las aguas del ultrarreformismo.

Del dilema del kirchnerismo frente al ajuste saca provecho la "Plataforma para la recuperación del pensamiento crítico" ( plataforma-2012.blogspot.com ). Está escrita por intelectuales enfrentados al Gobierno y cercanos al sindicalismo de la CTA y el trotskismo.

Plataforma acusa a Cristina Kirchner por buscar un monopolio discursivo frente al cual la complacencia de Carta Abierta representa una defección intelectual. Sin embargo, los argumentos de esa recriminación pertenecen a un marco conceptual y axiológico vecino del de la izquierda oficialista. Su nombre mismo, Plataforma, trae una indescifrable reminiscencia de aquella corriente psicoanalítica que, en 1971, levantó la bandera de la patria socialista. La pretensión del documento no es, entonces, señalar un error, sino desenmascarar una impostura. Lo que en Carta Abierta es una prevención, en Plataforma es un reproche.

Denuncia que el Gobierno reprime la protesta social, sobre todo la de los pueblos originarios, víctimas de la "concentración de la propiedad de la tierra"; señala la alianza del kirchnerismo con grandes corporaciones económicas, e impugna los reflejos autoritarios que aparecen en la identificación de derecho de huelga con extorsión y -lo mismo que Carta Abierta- en la nueva penalización del lavado de dinero.

La mayor divergencia con los intelectuales oficialistas se refiere a la política de medios, que Carta Abierta ve como un avance democratizador, y Plataforma como una maniobra ortopédica.

Pero tampoco esta distancia es unánime. Guillermo Saccomano y Norma Giarraca, por ejemplo, retiraron sus nombres del flamante llamado al pluralismo, irritados porque LA NACION hubiera informado sobre el grupo (aunque Saccomano confesó que podía más su fobia hacia Beatriz Sarlo, alimentada siempre con anécdotas, y que se arrepentía de criticar al Gobierno; tal vez funde una tercera fracción, con José Pablo Feinmann).

En las imputaciones de la nueva agrupación reaparece la eterna tensión que introdujo el peronismo en el seno de la izquierda, un problema que Carlos Altamirano ilumina en Peronismo y c ultura de izquierda.

La paradójica convergencia conceptual de Plataforma y Carta Abierta vuelve a descubrir la gigantesca extensión del consenso pre o anticapitalista de la elite intelectual argentina. Si se considera que el liberalismo de Aurora (Marcos Aguinis, Jorge Vanossi, Atilio Alterini) no alcanzó la mediamañana, y que Mauricio Macri mantiene sofocada a su Fundación Pensar, en poco tiempo la referencia más familiar con que contarán los ciudadanos de centro o de derecha serán Cristina Kirchner, Julio De Vido y los ajustadores del Frente para la Victoria..

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