Un trabajador que durante cinco años cumplió funciones en las galerías subterráneas de la fábrica brindó detalles e imágenes sobre el estado del sector donde, hace 14 años, murió un obrero
Bajo la administración de Italian Leather Group, la curtiembre también intentó un tibio acercamiento a instituciones de la zona mediante donaciones que podrían encuadrarse en la llamada “responsabilidad social empresaria”, título que en el mundo de los negocios se define como “la contribución al desarrollo humano sostenible, a través del compromiso y la confianza de la empresa hacia sus empleados y las familias de éstos, hacia la sociedad en general y hacia la comunidad local, en pos de mejorar el capital social y la calidad de vida de toda la comunidad”. Sin embargo, el término suele resultar una mentira publicitaria utilizada por grandes empresas con pocos escrúpulos ambientales y sindicales.
A fines de 2010, Curtarsa terminó por mostrar todos sus dientes. Al desprecio histórico por los vecinos de Jáuregui, los empresarios sumaron, ya sin disimulo, la misma actitud hacia sus trabajadores, a quienes en algún momento convocaron a transformarse en “voceros” de la curtiembre en su lucha por desmentir los efectos de la contaminación.
Italian Leather Group suspendió al total de sus empleados. La firma no los echó, pero tampoco cubrió sus obligaciones salariales. En otras palabras, a pesar del todavía tibio intento de reactivación, unas 500 familias quedaron en absoluta desprotección.
En ese marco, un trabajador que ingresó a la empresa hace ocho años decidió brindar su testimonio a EL CIVISMO. Puntualmente se refirió a la situación que, al menos hasta la paralización de la fábrica a fines de 2010, imperaba en los túneles que atraviesan subterráneamente las instalaciones industriales de Jáuregui. La semana pasada se cumplieron 14 años del hecho ocurrido en ese sector que se cobró la vida de Alejandro Ott, un operario alcanzado por los gases tóxicos generados en las entrañas de Curtarsa.
Como lo hizo ante sus jefes en los cinco años en los que desempeñó tareas de limpieza y mantenimiento en esos corredores, el trabajador detalló las pésimas condiciones de los túneles por donde corren caños con sustancias peligrosas utilizadas en el sistema productivo y canales que transportan los desperdicios líquidos que confluyen en la planta de tratamiento.
El relato fue acompañado por decenas de fotografías que el trabajador tomó en distintos momentos de su trabajo. La idea de fotografiar el sector obedecía a la necesidad de lograr que los directivos de la empresa pudieran corroborar las falencias que incluían caños rotos o emparchados deficientemente, estructuras metálicas corroídas por sustancias ácidas, pérdidas, conexiones y cables eléctricos en precarias condiciones, entre muchos otros inconvenientes.
Las imágenes acercadas a este medio datan de 2007. Si se analizan las condiciones que provocaron la muerte de Ott, ocurrida en 1998, se comprueba que a pesar de los años transcurridos pocas cosas cambiaron en el subsuelo de Curtarsa.
EN EL FONDO
“Me siento usado. Siempre tuve la camiseta de la fábrica puesta y no me da vergüenza decirlo. Me pagaron pegándome una patada, me engañaron. Quiero que la gente sepa la verdad de lo que pasa ahí adentro. La empresa contamina, no hay vuelta. Me siento traicionado por la fábrica”, expresó.
Hasta el momento de la suspensión general dispuesta por la curtiembre, el trabajador tenía a su cargo la limpieza de los túneles, y además era auditor interno de la norma ISO 14.000, una disposición internacional “diseñada para conseguir un equilibrio entre el mantenimiento de la rentabilidad y la reducción de los impactos en el ambiente”. Ese título, sin embargo, le resultó puramente simbólico, ya que nunca se le permitió ejercer un control sobre el cumplimiento de la mencionada norma.
A cargo de un grupo de operarios, el trabajador descendía para llevar a cabo las reparaciones correspondientes, aunque nunca encontró respuestas a los diversos planteos efectuados a sus superiores: “Trabajé en ese sector durante cinco años. En las fotos se ven caños emparchados, otros perdiendo y muchas otras cosas. No había equipos de mantenimiento para cambiar un caño. Por ejemplo, un producto como el sulfuro no puede ser transportado por un caño común, porque se derrite. Pero te hacían poner cualquier cosa. Los caños también tenían que estar identificados, pero nunca se hizo”.
En varias ocasiones, comunicó por escrito el estado general de los túneles al gerente de Recursos Humanos y al Directorio de la empresa. Los reclamos motivaron la realización de reuniones, aunque “nunca existieron soluciones”.
Ante la falta de resguardo a la seguridad propia y del grupo, el trabajador decidió suspender las tareas asignadas. “Ahí empezó mi persecución, porque decían que era un tipo problemático”, explicó.
“Empecé a tomar fotos porque ahí no puede bajar mucha gente, entonces les pasaba las imágenes a mis jefes para que vieran lo que había que arreglar. Estas fotos las tienen ellos. Yo tenía un papel firmado haciéndome cargo de la gente que bajaba, por eso no podía exponerlos a cualquier cosa”, relató.
El trabajador también da crédito a las denuncias de los vecinos sobre la corrosión acelerada que en Jáuregui sufren las estructuras metálicas. El mismo fenómeno ocurre en Curtarsa, tanto en los túneles como en la superficie. Al respecto explicó que “el (ácido) sulfhídrico se come todas las estructuras metálicas, lo mismo pasaba abajo”.
“Se caían los pedazos de hormigón. Por ejemplo el caño maestro que trae el líquido a la planta de efluentes estaba quedando al descubierto. El sulfuro es una cosa que si mezclas con soda cáustica explota. A un muchacho le cayó una gota y le quedó una marca en la cara. Entre mis tareas también estaba la de pintar las partes que se oxidaban”, agregó.
El operario recordó, además, lo ocurrido con la cubierta de un sedimentador, donde se acumulaban los líquidos resultantes de la producción. Tal como se informó en su momento, esa estructura se desplomó: “No alcanzó a durar dos años, el ácido cortó los fierros como si fueran alambres de fardo”.
INTOXICADOS
En el diálogo que mantuvo con este bisemanario, el trabajador se refirió al polémico horno para el secado de barros, denunciado por las organizaciones ambientalistas y clausurado transitoriamente por los estamentos gubernamentales. En tal sentido, contó que durante una de las pruebas realizadas, seis trabajadores sufrieron intoxicación al ser alcanzados por las emisiones gaseosas. Primero fueron trasladados a la enfermería de la fábrica y luego a una clínica privada.
“Había un fuerte olor a huevo podrido. A los trabajadores se les cerró la garganta y les agarró dolor de cabeza. El enfermero que ordenó el traslado tuvo problemas, porque era un tema que no podía salir de la fábrica. Ese horno es cancerígeno. Es muy importante que los vecinos sepan esto”, sostuvo.
Para el trabajador, “a Curtarsa nunca le importó la salud, y lo que no le dejan hacer en Italia, lo hacía con nosotros, porque para Atilio D´Apolito somos indios”.
Con el caso de Repsol en la agenda pública, el trabajador consideró que se tratan de metodologías empresariales similares: “Se llevaron toda la torta a su país y en el caso de Curtarsa dejó a 500 familias en la calle. ¿Alguna vez nos dijeron cuántos de nosotros estamos enfermos? Ellos mismos nos hacían los estudios”.
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