Alejandro DíazCEO de la Cámara de Comercio de los Estados Unidos en la República Argentina
La diferencia en el precio de venta suele ser una de las principales variables que evalúa el consumidor de mercadería trucha al momento de realizar su compra.
Pero sin caer en planteos obvios, como que la mercadería trucha no paga impuestos destinados a solventar servicios públicos o que al ser copias sin autorización no requirieron para su desarrollo años de trabajo e investigación -que en el caso de los medicamentos puede llegar a los u$s 200 millones de inversión previa-, hay variables esenciales que no se están tomando en cuenta. En términos prácticos: el consumidor de piratería suele ser presa fácil del engaño. Abundan las anécdotas de quienes compran películas en las que se escuchan toses en la platea o, incluso, se leen claramente los subtítulos... en ruso.
La lleva peor la empresa que instala software trucho sin actualizaciones ni respaldo, y ve cómo su ahorro circunstancial se convierte en un dolor de cabeza que la deja fuera del mercado. Ni que hablar de quienes usan zapatillas con pseudo colchones de aire, que los dejan con lesiones durante meses.
Tampoco, claro, da igual que el auto frene cuando y donde tenga que hacerlo, a que lo haga debajo del acoplado; ni es igual que la comida de los chicos tenga los nutrientes que dice tener, a que los intoxique. A u$s 40 y a u$s 3 se consigue el mismo packaging de antibiótico a uno y a otro lado de la frontera brasilera-paraguaya en el vértice que comparten frente a las Cataratas del Iguazú. La diferencia, no menor, por cierto, es que quien consume el primero se cura y quien toma el segundo, con suerte, no muere a causa de la ingesta. Y, por si eso no fue suficiente, quien consume en el mercado negro difícilmente pueda reclamar un resarcimiento por el daño que le ocasionó su compra. En otras palabras, y en buen castizo: se embroma.
En suma: falta de seguridad, nocividad, efectos adversos y falta de garantías deberían adicionarse a los precios de por sí inflados de las mercaderías truchas. Sólo así podría evaluarse, en su justa medida, qué termina siendo verdaderamente caro.
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