"La verdadera devoción a la Virgen consiste en imitarla"

"La verdadera devoción a la Virgen consiste en imitarla"
En la homilía correspondiente a la celebración por la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María celebrada ayer a la noche en la Catedral, monseñor Francisco Polti resaltó a María como “la primicia de la salvación, como la estrella de la mañana que anuncia a Cristo”.

Monseñor Francisco Polti, obispo de la Diócesis de Santiago del Estero, celebró en la noche de este sábado en la Catedral Basílica, la Santa Misa en celebración por la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María.

En la celebración, el obispo destacó a María en una sentida homilía:

La primera lectura que acabamos de escuchar admirable en su sencillez y profundidad, narra la experiencia humana de la caída en el pecado y de sus trágicas consecuencias. La armonía original del hombre se sustituye por el miedo, la vergüenza ante Dios, la tristeza y el dolor. Pudo más el egoísmo, el criterio personal impuesto a los demás como norma máxima. Allí está el origen de todos los males que aquejan a nuestra sociedad. La ambición, la decisión en contra de la voluntad de Dios y la acción concreta de desobediencia. El hombre, creado en un estado de santidad, estaba destinado a ser plenamente “divinizado” por Dios en la gloria. Pero por la seducción que provoca el mal quiso “ser como Dios” pero “sin Dios, antes que Dios y no según Dios” (San Máximo Confesor)

Con el primer pecado se introducen una serie de males para el género humano. La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad.

Aquella enemistad anunciada en el protoevangelio sigue siendo hoy en día una dramática realidad, se trata de una especie de combate del espíritu, pues las fuerzas del mal se oponen al avance del Reino de Dios. Vemos que, por desgracia, sigue habiendo en nuestros días guerras, violencia, crímenes. Más aún, advertimos amenazas, en otro tiempo desconocidas, para el género humano: la manipulación genética, la corrupción del lenguaje, la amenaza de una destrucción total, el eclipse de la razón ante temas fundamentales como son la familia, la defensa de la vida desde su concepción hasta su término natural, la pornografía, la droga y el alcohol, especialmente entre los jóvenes, el relativismo y la indolencia y apatía que conducen a la pérdida total de los valores.

Sin embargo, el amor de Dios es más fuerte que todo mal. El pecado ha herido al mundo pero no ha destruido del todo su bondad; sigue habiendo en la creación una raíz y una capacidad de bien que puede y debe ser desarrollada. Dios no abandona al hombre al poder de la muerte y el pecado. Anuncia desde el inicio que el bien triunfará sobre el mal. Dios no permite que se destruya la obra de sus manos, porque Él es eterno en misericordia, porque Él es fiel al amor por su criatura. Se anuncia, pues, la redención del hombre y de su pecado; se promete un Mesías que destruirá la muerte y el pecado y que volverá al hombre a la gracia del principio.

En este extraordinario plan de salvación aparece María, como la primicia de la salvación, como la estrella de la mañana que anuncia a Cristo. Nuestra Madre recibió la vocación y la misión de acoger en su seno al mismo Hijo de Dios y de entregarlo a los hombres para su salvación. Purísima e inmaculada debía ser la madre del Hijo de Dios. Y la verdadera devoción a la Virgen consiste en imitarla en esta vocación y misión: acoger en nuestro corazón y en nuestras vidas a Cristo.

En efecto, la Gracia concedida a María inaugura todo el estilo de vida que animará a la humanidad hasta el fin de los tiempos. Al contemplar a María experimentamos al mismo tiempo la invitación de Dios para que, aunque heridos por el pecado original, vivamos en gracia, luchemos contra el pecado, contra el demonio y sus acechanzas. Y la gracia la tenemos en Cristo. En el misterio de la Redención el hombre es en cierto modo nuevamente creado.

Nuestro peregrinar cristiano por esta tierra, es un amor que no puede estar sin obrar por amor de Jesucristo. Es avanzar dejando a las espaldas surcos regados de semilla. No nos cansemos de sembrar el bien en el puesto que la providencia nos ha asignado, no desertemos de nuestro puesto, que las futuras generaciones tienen necesidad de la buena semilla que hoy esparcimos por el mundo que caminamos.

María va al frente de ese peregrinar de la Iglesia hacia la casa del Padre. En medio de las tempestades que por todas partes nos apremian, ella no abandona a los hombres que peregrinan en el claro oscuro de la fe.

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