Vía Blanca, Carrusel y elección, tres motivos para que la gente vuelque su alegría y creatividad en la Fiesta de las Fiestas.Llegó el día.
La Vendimia es un hecho raro en materia de fiestas populares. Es la más esperada, sin dudas, por una gran masa de habitantes y, también, la más disfrutada. Quizás comience cuando algunos jóvenes corazones se esperancen en subir al mítico escenario del Frank Romero Day, ya sea como una muchacha vitoreada hasta el cansancio por su belleza o como uno de los cientos de artistas que cada año transforman un guión de palabras rebuscadas en un espectáculo maravilloso, lleno de luz y color.
De cualquier manera, de una forma o de otra, es la Fiesta de la Vendimia, la de la magia compartida, la que nació tímidamente, sin pensar en la grandiosidad que hoy ostenta, con la elección de muchachas cosechadoras de mirada lánguida, surgidas entre las hileras, igualmente bellas como las que hoy brillan en medio de una parafernalia de tecnología, flashes y fuegos de artificio.
De política y otras yerbas
Es, también, la Fiesta una oportunidad para que muchos la usen como la vidriera apropiada para mostrar sus ideas, necesidades y negocios –políticos, gremialistas, marquetineros- cada uno desde su conveniencia pero muy lejos del corazón del pueblo, al que sólo le interesa ver de cerca a su reina, conseguir algún recuerdo y vivir en familia instantes que, seguramente, no podría gozar de otra manera.
Por eso delira con el paso de los carros en la Vía Blanca, ritual que repetirá en el Carrusel, y completa dos jornadas dando rienda suelta a su alegría en la maravillosa noche de la coronación de la Reina Nacional, aunque a veces exprese su bronca mediante el ‘democrático’ silbido, el único modo de protesta disponible para él en esta instancia.
El rito de los cerros
Mañana por la noche una interminable peregrinación de seres ansiosos serpenteará entre los cerros hasta acomodarse cada uno en un sitio para distribuir sobre el terreno la consabida parrilla, algún banquito y el equipo de mate. Son los habitués, cancheros especialistas en conseguir la mejor ubicación para seguir desde allí su fiesta sin perder ningún detalle del espectáculo artístico y de la elección.
Desde este lugar, sabiamente seleccionado, sus cánticos se harán dueños del piedemonte cuando los locutores, desde el escenario, canten los votos de su candidata preferida. Mientras tanto, el incomparable aroma a asado y choripán invadirá el espacio y se expandirá hasta llegar a las gradas preferenciales, muy cerca del escenario, para convertirse en la envidia de más de uno.
Un voto para…
Algunos bellos rostros se iluminan esperanzados y otros muestran decepción con cada voto cantado por los locutores y vitoreado por las eternas barras, vibrantes y creativas. Son los de las candidatas al cetro vendimial, muchachas que viven su mejor noche, la que marca un antes y un después en su vida. Una, sólo una, será la Reina Nacional de la Vendimia, pero todas viven un sueño prolongado durante varios días de ajetreo, fotos, cursos o sesiones de maquillaje.
Un sueño en el que cada una es acompañada por su gente, como si el hecho de resultar electa pudiera modificar el destino de cada vecino.
Más tarde, extinguidos los fuegos de artificio, apagadas una a una las luces del escenario, acalladas las voces y los gritos, la masa popular volverá a serpentear entre los cerros, descendiendo hacia su destino de cada día. A partir de ahora, la Fiesta será sólo un recuerdo, aunque también esperanza. La de los hombres que renuevan su apuesta por un año mejor en medio de las hileras y la de las muchachas que, en cada barrio, reanudan el sueño de ser elegida soberana en una noche mágica./ J.U.
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