Ya se vende el modelo kirchnerista "for export"

Por Fernando Laborda

SI había dudas sobre el significado de la profundización del modelo, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner brindó ayer varias nuevas pistas durante su discurso ante los jefes de Estado del G-20, en Cannes.

Para aventar toda sorpresa, la primera mandataria argentina se declaró defensora del capitalismo. Pero aclaró que "esto que tenemos no es capitalismo", sino "un anarcocapitalismo financiero, donde nadie controla a nadie". Se pronunció en favor de "volver a un capitalismo en serio", que pasaría por más regulaciones en el sistema financiero.

La Presidenta se quejó de que con las fuertes oscilaciones de las cotizaciones en los mercados bursátiles, hoy "hay gente que gana fortunas, sin hacer nada, sentada en un escritorio frente a una computadora". La sorpresa llegó cuando, tras describir esa situación tan conocida como propia de cualquier mercado especulativo, Cristina Kirchner les reprochó a sus pares: "Eso los líderes del mundo no han logrado solucionarlo".

En otra apuesta para profundizar su modelo en el orden internacional, la jefa del Estado les pidió a los líderes mundiales que "dejen de controlar en qué gasta cada país" y comiencen a "ver qué hacen cada banco de inversión y las calificadoras de riesgo".

Parece poco probable que los líderes del mundo reparen seriamente en las propuestas de la presidenta argentina. Pero ningún observador local podrá dejar de preguntarse si las ideas para el mundo que transmitió no podrían ser aplicadas en nuestro país.

También en la Argentina hay, como en todos lados, operadores que ganan fortunas en la Bolsa sin moverse de su escritorio. ¿Acaso la Presidenta está sugiriendo una mayor intervención en el mercado bursátil? ¿Estará haciéndole un guiño también al proyecto de reforma de las entidades financieras que ha propuesto el ala más izquierdista del oficialismo, encabezada por Carlos Heller?

El mensaje de Cristina en el G-20 se produjo en medio de la ola de intervencionismo y regulaciones en el mercado cambiario local, que lejos estuvo de resolver la fiebre por el dólar.

Es que el dólar, casi como el fútbol, es una pasión argentina que se sitúa por encima de cualquier color político. Hasta votantes del kirchnerismo han buscado en las últimas semanas cubrirse de una eventual crisis financiera refugiándose en la moneda estadounidense. No es ilógico: una cosa es el voto al oficialismo, alentado, entre muchas otras motivaciones, por la percepción de orfandad de alternativas opositoras. Y otra cosa es la sensación de que la inflación seguirá carcomiendo nuestros bolsillos y de que quedarse con pesos puede ser un mal negocio.

La memoria del argentino medio no debe ser desdeñada. Cualquiera sabe que cuando la ropa vale en Estados Unidos la mitad que aquí o que el costo del metro cuadrado en Miami es más barato que en varias zonas de Buenos Aires, algo no funciona.

Pero si los malos recuerdos de la tablita de Martínez de Hoz o del fin de la convertibilidad de Cavallo estaban ya muy presentes, las últimas medidas cambiarias realimentaron otro fantasma: el del corralito. El Gobierno actúa sobre los síntomas en lugar de atacar las causas del problema y termina agravando la enfermedad, que no es otra que la desconfianza.

El mensaje de la Presidenta ante el G-20 no deja margen para esperar cosas muy distintas. La interpretación más lógica de las palabras presidenciales es que la opción por el dirigismo y la regulación derivará en más intervencionismo en los mercados. Y es sabido que la imaginación para las regulaciones puede ser infinita.

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