Vecinos de San Jorge y San Fermín deben arreglar las calles

Algunos compran piedras, tosca cada 4 o 6 meses y luego se encargan de esparcirla por su cuadra. Otros vecinos se apiadan y llevan cascotes y tierra para rellenar las calles. Hombres y mujeres llevan a cabo una tarea que debería estar a cargo del Estado. No tienen otra alternativa ante el calamitoso estado que presentan la mayoría de las arterias de estos dos humildes barrios.
La imagen parece extraída de otra época: un hombre con una maza tamaño XL pica piedras en la puerta de su casa como si se tratara de un convicto en una cantera. A las pocas cuadras, dos hombres doblados de tanto trabajar con la pala arrojan tierra para tapar el agua y el barro que se acumuló en la esquina. Cruzando la calle, una mujer que podría estar mirando o leyendo una novela en su casa al calor de la estufa, acarrea una carretilla transportando un sustrato parecido a la tosca en una tarde de invierno donde la temperatura no llega a los 10 grados y la sensación térmica roza bajo cero. Un matrimonio joven desparrama más tierra para tapar el lodazal que se forma frente a su humilde vivienda y así poder salir o entrar al barrio.

Todo esto forma parte de una rutina a la que tienen que resignarse vecinos de San Jorge y San Fermín, una de las zonas más pobres y postergadas de Luján y donde el estado de las calles llegó a un límite tal que, ante la ausencia del Estado, la propia gente debe improvisar tareas como si fueran operarios de una constructora de obras viales.

En estos barrios las calles tienen nombre de plantas o flores pero en nada se asemejan a un florido jardín. Por el contrario, por algunos sectores se parece a un pantano y en otros a un gran basural. Los Trigales, Los Ombúes, Flor de Ceibo, Palo Borracho, Los Lirios o Los Claveles peor no pueden estar. Las calles, debido a su pésimo estado, son uno de los principales problemas que tienen entre las muchas carencias que arrastran desde hace años.

Aquí, donde la plata no sobra y las necesidades abundan, los más pudientes dos o tres veces al año colaboran con 50 pesos, hacen una “vaquita” y compran piedras, tierra y tosca que luego se encargan de esparcir a lo largo de la cuadra.

El hombre de la maza gigantesca hace un alto en su labor para hablar con EL CIVISMO. “Esto es un desastre. Ya nos cansamos de quejarnos. Los vecinos estamos pagando el escombro para poder entrar”, dijo y, ante la incredulidad del cronista que pensó que al menos la Municipalidad acercaba el material, la respuesta fue tajante: “Qué va traer la Municipalidad si nos cobra hasta los viajes. Somos los propios vecinos los que pagamos el camión”.

Solución precaria y pasajera. Cada cuatro o seis meses deben repetir esta tarea. De lo contrario, quedan aislados cuando llueve varios días seguidos. Y cuando seca, las huellas que dejan los muchos carros tirados por caballos que surcan por estos barrios, impide que ingresen ambulancias, remises o unidades de rescate.

EL PEOR MOMENTO

En la esquina Los Ombúes y Flor de Ceibo, la calle está vedada al paso de cualquier tipo de vehículo. No importa si es propulsado por un motor o a tracción a sangre. Además de la montaña de tierra entremezclada con piedras y cascotes que dejó un camión gracias al aporte solidario de un vecino, todo alrededor es agua y barro. “Apagá el grabador porque voy a decir una puteada”, dijo uno de los hombres que paleaba tierra y le cedió la palabra a un hombre mayor. “Hace 20 años que vivo en esta calle y jamás ocurrió esto. Desde el momento que pusieron el agua corriente, los mismos vecinos dejan las canillas comunitarias abiertas todo el día porque no pueden cerrarlas”. El resultado es evidente.

En San Fermín el remedio parece haber sido peor que la enfermedad. Como en otros barrios pobres, acá también queda en evidencia que la obra de agua corriente se hizo mal y con materiales de baja calidad. El sistema (en rigor, este término le queda grande) de desagüe tampoco se queda atrás. Los caños de cemento instalados en las alcantarillas deben ser renovados con frecuencia. Algunos gastan 80 pesos en reponerlos y otros deben comprar por 50 pesos los materiales y llevarlos para que la Municipalidad se encargue de hacerlos. La zanja, en cambio, la tienen que abrir los propios vecinos y así evitar que las aguas servidas o de lluvias inunden sus casas. Todo esto forma parte también del calamitoso entorno que tienen las calles.

En Los Ombúes al 600 una vecina que se identificó con el epónimo de “La Gorda” pidió: “Poné con letras bien grande en EL CIVISMO que por estas calles hace unos días atrás no se podía entrar. Hace un año y medio que no tenemos una máquina”, afirmó. Para más datos, su hijo agregó: “Desde que asumió esta intendenta se olvidaron”.

La señora contó que “a Luján le di 10 hijos” y considera que a esta altura de su vida no es justo tener que vivir en un barrio con calles intransitables y alejados de toda ayuda de los gobernantes de turno. “Yo tenía que hacerme una operación el mes pasado y no pude porque no pasan los remises. Mis hijos tienen que alzarme... y somos gente laburante de toda la vida. Esto es una cosa de locos”, expresó. A los lejos, tres mujeres con palas y carretillas se alejaban luego de aportar su grano de arena en esta particular tarea comunitaria a la que se ven forzados muchos vecinos.

Uno de sus hijos cuenta que también se dedica a arreglar la calles luego de trabajar todo el día. Vive con su esposa y cuatro hijos pequeños en Palo Borracho al 600. Cuando no le toca reparar su cuadra, ayuda a su madre tapando pozos y ocultando el fango con lo que tiene a mano en ese momento. Su esposa recuerda que la intendenta, antes de ser electa, recorrió el barrio, prometió mejoras y puestos de trabajo. “Hasta hace un ratito esto era una laguna y nosotros la tapamos porque la tenemos que hacer operar a ella. De lo contrario no podemos salir”, dijo.

En Palo Borracho y Flor de Ceibo, un muchacho asegura ser uno de los vecinos que abrió la zanja para que corra el agua. No deja de asombrarse al ver a varias mujeres trabajando a la par que los hombres, como si fuera una cuadrilla de Vialidad Nacional.

Marcelo, por su parte, añora la época en que el intendente se llamaba Miguel Prince porque, aseguró, las máquinas pasaban hasta tres días por semana. “Desde que entró esta intendenta no vinieron más. Esto, hermano, es un desastre –repitió-. Cuando llueve no se puede caminar. Para que nos hagan los caños tenemos que llevar al corralón municipal los materiales pero tenemos que esperar como un mes para que te los entreguen. Acá los remises no entran porque hacen mierda los coches, las ambulancias tampoco quieren entrar y los bomberos entran cuando pueden. Ni el basurero llega. Tenemos que llevar la basura hasta la esquina y los perros la hacen bosta”, manifestó.

NOTA TRAS NOTA

Alejandra tiene una pequeña despensa en su casa. Cuando llueve su hija se queda sin ir a clases. Ir hasta la Escuela 21 resulta una misión imposible. “Si llueve mucho no la podés mandar porque se embarran hasta la cabeza. Ni siquiera hay vereda”, dijo, y nos derivó para que entrevistemos, casa de por medio, a Valeria.

Valeria y Juan son un matrimonio joven que tienen dos hijos pequeños. Valeria recordó que el 18 de abril presentó una primera carta a las autoridades municipales describiendo el estado de las calles. La nota estuvo acompañada de tres fotos que aún guarda en su teléfono celular. Como respuestas, en la Municipalidad le dijeron que tenían que esperar. El 10 de mayo, Valeria fue nuevamente hasta San Martín 550 de donde regresó con dos promesas: iba a ir al barrio un señor llamado “Clerencio” y a los pocos días las calles comenzarían a ser arregladas. “No apreció nadie”, aseguró.

El tercer intento por la vía burocrática y pacífica sucedió hace poco cuando llevaron otra carta con la firmas de unos 30 vecinos y nuevas fotos que grafican las lamentables condiciones que presenta San Fermín. En teoría, la misiva fue recibida por el entonces intendente interino Hernán Mosca. “No apareció nadie”, insistió Valeria.

Este lunes, volvió a ir a la Municipalidad donde le recomendaron que redacte una nueva carta a la intendenta Rosso. Ante este panorama, Valeria se cansó, tiró la toalla y abandonó una lucha estéril. Su marido dice que ahora entiende a los vecinos del barrio Ameghino que cortaron Gaona para que las autoridades les presten atención. “Ahora entiendo a la gente que corta la calles, si no, no te dan bolilla”, dijo Juan.

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