Las víctimas de la espera

Las víctimas de la espera
Por Luis Beltrán

“A mí sinceramente me dejó preocupado ver en Diario Patagónico estas notas durante dos días, porque creo que hay un gran desconocimiento.

No sé quién los asesora, pero como mínimo deberían poder preguntarnos, porque creo que hay un desconocimiento importante de cómo se maneja esto, de dónde vienen los fondos y que en definitiva, si hay algún reclamo que hacer, deberíamos poder hacérselo a los responsables de la estructura, que es el PAMI”.

Las palabras pertenecen al secretario de Salud de Chubut, Ignacio Hernández. Las pronunció a sólo efectos de criticar la exposición que este diario realizó sobre la problemática que afecta a los jubilados de Comodoro y a los interminables manoseos a los que son sometidos cuando necesitan acceder a turnos o a la atención médica propiamente dicha.

Olvidó mencionar el funcionario --que reemplazó en ese cargo a Graciela Di Perna, la cuñada del gobernador Mario Das Neves ahora sentada en una banca del Senado-- el motivo central de las notas de Diario Patagónico: las esperas cansadoras y aberrantes en las que son envueltos los jubilados por un sistema perverso, sea ejecutado por el Pami, Prosate o como sea que quiera llamarse esa boca de lobo que fagocita parte de la vida de las personas.

“Se habla con cierta ligereza de las gerenciadoras de Chubut, del Prosate, cuando en realidad el programa de salud de la Tercera Edad se creó a expensas y a pedido de que la población de adultos mayores del Pami de Chubut no tenía prestaciones en el 2003”, agregó el secretario en sus declaraciones a la prensa en esta ciudad el martes.

El funcionario debería volver a ver --si es que alguna vez lo hizo-- una película británica dirigida por Tony Scott en 1983 y protagonizada por Catherine Deneuve, Susan Sarandon y el músico David Bowie.

Hay una escena genial y que podría ilustrar categóricamente lo que sufren los jubilados de Comodoro cuando se internan en los circuitos de la “burocracia gerencial”: John, el personaje que interpreta Bowie, debe asistir al médico para que lo trate de una afección. En la sala de espera, espera. Las enfermeras pasan y ante cada una de ellas John implora que el doctor lo atienda rápido; las imágenes se repiten, pero en cada aparición la fisonomía de John cambia. Cuarenta minutos más tarde, cuando el médico por fin se digna a atenderlo, John ya es un anciano y su estado de salud lo tiene al borde del colapso.

Esta escena, tranquilamente, pude volver a filmarse en las instalaciones del Prosate o de cualquier lugar donde los jubilados de Comodoro tengan que atenderse.

PERDIDOS EN HILERAS

El “mal de la espera” es un quiste en la vida cotidiana de todos los comodorenses. Y no sólo victimiza a los jubilados --a quienes, por cierto, se debería tratar con rapidez, atención y eficacia-- sino también a otros sectores en otras áreas que nada tienen que ver con la salud.

El sistema financiero, uno de los sectores con mayores ganancias en el país, es otro ejemplo. Los bancos de Comodoro son otra fábrica de padeceres y de esperas interminables. Todos, sin excepción, someten a sus clientes a largas filas en espacios cada vez más reducidos (las mamparas de seguridad ubicadas frente a las cajas hicieron lo suyo en esto).

Cajeros atiborrados de gente en mínimos e incómodos espacios. Los bancos no invierten en la medida de sus ganancias. Se niegan a desembolsar dividendos en el alquiler o compra de locales más grandes, más cómodos para esos miles de “clientes” que hacen que sus embolsos sean mayores cada mes. Y también se niegan a invertir en la incorporación de personal que se ocupe de ayudar al que ya está y que los usuarios sean atendidos con rapidez y puedan invertir el tiempo en otras cuestiones.

De acuerdo a informes oficiales, los bancos argentinos cerraron el año pasado con ganancias superiores a los 10.500 millones de pesos; es decir que acumularon un incremento del 44 por ciento respecto al mismo período de 2009. Las ganancias las obtuvieron por el alza de comisiones, intereses al consumo y la suba de bonos. Bien podrían destinar parte de esas ganancias a mejorar la atención de quienes hacen que sus balances sean tan positivos.

Están lejos de esas cantidades de dinero, pero muy cerca del destrato: los tres juzgados de Faltas de Comodoro también se anotan en la lista de los que hacen perder tiempo. Atienden desde las ocho de la mañana hasta las 13, pero los turnos se entregan hasta las 12:30.

Las hileras humanas, allí también, suelen ser un paisaje cotidiano, otra muestra de que el tiempo de los demás no vale nada. Entre la espera y el trámite mismo, uno puede estar en esas instalaciones toda la mañana. Podría desayunar y almorzar allí antes de completar el lento circuito de la desdeñosa burocracia. Siempre y cuando, claro, esté completo el staff de empleados y que el juez en cuestión esté en su oficina y con ganas de atender el descargo.

“Estuve tres horas. Tres horas, ¿podés creer?”. El hombre sale del Correo después de haber logrado hacer un envío al exterior y atravesado en buenas condiciones psíquicas la tortura de la espera en la oficina de la Aduana.

¡Y tuvo suerte! “Embocó” el día en que esas diligencias se pueden realizar. Es que esa oficina sólo abre lunes, miércoles y viernes, dos horas por día. Sí, dos horas: de 10 a 12. Pero es necesario llegar antes y tener la suerte de conseguir uno de los diez turnos que otorga. Número en mano, empieza otra larga, larguísima, tortuosa, espera. Que puede extenderse por tres horas. Con suerte.

¿CUANDO SEREMOS BUTTON?

En 1956, Antonio Di Benedetto escribió una novela paradigmática en la historia de la narrativa argentina: “Zama”. Allí el mendocino desarrolló la existencia solitaria y suspendida de don Diego de Zama, un funcionario de la corona española en Asunción del Paraguay que, víctima de una interminable espera, aguarda ser trasladado a Buenos Aires a fines del siglo XVIII. Pero, claro, la de Zama no es cualquier espera: se trata de una condición existencial, angustiosa y reflexiva, en un territorio caracterizado por la lejanía, la ajenidad y la disposición para el recuerdo. Di Benedetto dedicó esa novela a “las víctimas de la espera”.

Cuando enfrentamos la desventura de hacer trámites en Comodoro, muchos de nosotros quisiéramos ser don Diego de Zama para no estar inmersos en cualquier espera y que ella represente una condición existencial de nuestra vida. Y no sentirnos avasallados o simplemente despreciados durante una mañana, dos o tres. Quisiéramos tener la sensación de que nuestro tiempo vale.

Imagino también que los jubilados que van al Prosate quisieran ser Brad Pitt. Pero no por los dotes de galán del actor, sino para vestirse con la ropa de Benjamin Button y salir de allí más jóvenes de lo que entraron.

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