El Tribunal Oral Federal de Paraná comenzó a juzgar ayer a dos personas por el delito de trata de personas contra una joven de 19 años de quien se aprovecharon por su condición de vulnerabilidad. El hecho ocurrió en 2009 en Concordia. La muchacha dio un crudo testimonio.
El Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Paraná comenzó ayer a juzgar a dos personas, un hombre y una mujer, por el delito de trata de personas en perjuicio de una joven misionera que fue obligada a prostituirse en un prostíbulo de Concordia.
La joven, que será identificada como P.R., fue reclutada en la localidad misionera de San Vicente el 5 de mayo de 2009, trasladada a Concordia y sometida en el prostíbulo El Desafío, a cambio de ropa, comida y alojamiento, pero escapó y pidió ayuda.
Un matrimonio que vivía en una casa vecina al local le dio cobijo, comida y el hombre la acompañó hasta la Terminal de ómnibus, ya que la voluntad de la joven era regresar a su pueblo. El caso se judicializó porque la boletería donde debía comprar el pasaje de regreso estaba cerrada y el hombre la dejó en custodia de un policía que hacía guardia y dio aviso a la Comisaría de la Mujer.
VERGÜENZA. “Ellos me dijeron que era para cuidar bebés y era un cabaret; y yo me escapé”. Así comenzó la declaración de la víctima ante el tribunal que integran Noemí Berros, Roberto López Arango y Lilia Carnero. “Yo me di cuenta que era un cabaret porque las chicas tenían polleritas y remeras cortitas. Una mujer que le decían Polaca me dio la ropa y me dijo de trabajar, salir con hombres”, acotó.
P.R. hoy tiene 22 años. Es una joven menuda, bajita, morocha, de pelo oscuro que usa recogido y carga a su hija menor en brazos. El miedo le brota por los poros, se percibe tímida y desconfiada. El escenario del juicio oral la incomoda y entonces ella se retrae cada vez que alguien le eleva la voz o cuando las preguntas la avergüenzan.
Varias veces le pidieron que explicitara qué tipo de trabajos debía realizar, pero no se animaba. Finalmente, eso que tanto pudor y vergüenza la daba, surgió del relato que había dado unos días después de ser rescatada del prostíbulo concordiense: “Me llevaron a una pieza y me dormí. Cuando desperté, una chica que no conocía me dijo que tenía que tener relaciones…”, consta en el expediente judicial. “Ahí yo me escapé, salí corriendo, toqué en una señora y el marido me llevó a la terminal”, acotó entre lágrimas y con oraciones cortas y precarias construcciones de lenguaje.
POBREZA. P.R. nunca fue a la escuela, fue madre a los 12 años y hoy cría tres hijos en condiciones de absoluta pobreza y precariedad. Eso, junto con un “bajo desarrollo psíquico”, la colocan “a merced de su cosificación y esclavitud”, según las conclusiones de una perito judicial que la entrevistó poco después de ocurrido el hecho.
Sigue viviendo en la localidad misionera de San Vicente, pero ya no trabaja en la tarefa, como se denomina a la cosecha de yerba mate, ni vive con su madre. “Mi padrastro no me quería en la casa, me corría de la casa”, dijo en un momento de su declaración. Ahora vive de changas, lavando ropa y fregando pisos, con la menor de sus tres hijos, una nena de 2 años. Por ellos recibe la asignación universal por hijo, aunque no sabe distinguir el dinero y entonces no puede precisar cuánto cobra.
La joven asegura no haber visto antes a las personas que la reclutaron y describió a “un señor más o menos petiso, medio gordo, que andaba en un auto verde”. Ese cuadro coincide con la imagen de Montiel, que en ese momento no estaba en la sala, ya que fue retirado por las recomendaciones que tienen los tribunales de no revictimizar a las víctimas. Luego recordó que una vecina le había contado que vio a Montiel hablar con su madre, unos días antes, ofreciéndole un trabajo para ella como niñera en Concordia y esa misma mujer la vio cuando subió a la camioneta, acompañada por Montiel y Silva.
En el prostíbulo no recuerda que hubiera música, pero sí un televisor.
–Se veían pavadas –dijo ella.
–¿Qué tipo de pavadas? –quiso saber el fiscal José Candioti.
–Algo como porno.
¿Usted sabe qué es porno? –preguntó entonces el defensor oficial.
–…
–¿Había personas desnudas? –le inquirió el juez López Arango, ante su silencio de duda.
–Seguro que sí –aceptó finalmente ella, con vergüenza.
La fuga se produjo a la mañana siguiente de su llegada al prostíbulo. “La Polaca me invitó a comprar ropa, y entonces yo me puse mi ropa y me escapé”, recordó.
Los acusados
Carlos Darío Antonio Montiel tiene 41 años y está acusado por la captación, traslado y acogimiento de la joven P.R. con fines de explotación mediante el abuso de una situación de vulnerabilidad, ya que fue quien conducía la camioneta que la trasladó desde Misiones hasta la provincia de Entre Ríos.
Ante el tribunal se jactó de no haber trabajado nunca en su vida y de vivir antes de su madre y ahora de la administración de dos remises. Sin embargo, llegó a juicio acusado como regente del prostíbulo El Desafío, que funcionaba en Concordia, por lo que también se le imputa una infracción a la Ley de Profilaxis de las Enfermedades Venéreas. En el juicio es asistido por el abogado José Ostolaza, el mismo que defiende al médico Hugo Moyano en la causa Área Paraná, donde se investigan violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura.
En tanto, Susana Beatriz Silva, alias Tuti, de 25 años, fue quien ofició de nexo para la captación de la joven P.R. La mujer trabajaba como alternadora en el prostíbulo que regenteaba Montiel y aquel 5 de mayo lo acompañó hasta San Vicente y se presentó en la casa de la joven como “pariente lejana” de la familia. Su abogado es el defensor oficial Mario Franchi.
El trabajo de alternadora
En la audiencia de ayer declaró también una joven que trabajaba en El Desafío. María Soledad Boliman, de 27 años, aclaró que consideraba inocentes a Montiel y Silva. Se sentó ante el tribunal de mala gana y con mucho fastidio, actitud que le hizo padecer varios retos.
En su relato admitió que Montiel estaba a cargo del local, lo presentó como su “patrón” y reconoció que debía entregarle parte del dinero que ganaba. Dijo que su trabajo era “ser alternadora, tomar copas y hacer el acompañamiento de los clientes: el cliente invita una copa y una va; nosotras cobramos el dinero y se lo damos al administrador”, detalló.
Según dijo, en el local había “seis o siete habitaciones” y aunque primero dudó respecto de si los clientes pasaban allí, luego terminó por admitir que algunas de las chicas “hacían pases”, que consistían en “tener relaciones” con los clientes, aunque aseguró que eso era “voluntario” y que ella “hacía copas, nomás”.
Otro dato inquietante que aportó fue que regularmente recibían inspecciones policiales para constatar que las personas que trabajaban en el prostíbulo tuvieran documentos en regla, certificados médicos, libretas sanitarias y que se realizaran análisis de sangre.

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