Por: Roberto García.Cristina va en busca del récord. Los opositores, también: es difícil que vuelvan a ser presidenciables, salvo Binner.
Como la Constitución obliga a creer para ser presidente, habrá almas dispuestas a imaginar milagros. Por lo menos, en la oposición. La ciencia matemática no habilita a pensar que haya impedimentos para que Cristina de Kirchner pueda ser reelegida, aunque haya 50 por ciento de la población –dirán sus adversarios– que depositó en la urna un voto contrario a la continuidad. Pero esa teoría resulta insuficiente: más bien avanza el criterio de que la mandataria se puede convertir en la más votada de la historia.
Para evitar ese desenlace previsible, habrá quien imagine la construcción de cierta alianza de hecho.Más para salvar la vida de algunos protagonistas que para cambiar el sentido del inevitable resultado. Tal la voluntad, por ejemplo, de cederle cierta primacía a Hermes Binner como presunto rival de Cristina en los comicios venideros, visto que los dos segundos (Ricardo Alfonsín y Eduardo Duhalde) no disponen del carisma adecuado para enfrentarla.
Al margen de trabas técnicas casi insalvables –suele olvidarse que en octubre se dirimen multitud de cargos, no sólo la presidencia, por lo tanto, son casi imposibles los renunciamientos–, cuesta allanarse a un eventual estrellato de Binner. Sus acólitos sostienen que en apenas un mes logró un raid electoral inolvidable. Pero nadie sabe aún la razón por la cual demoró tanto ese raid, cuando hace varios años que ya había anticipado su pretensión presidencial.
Además, dos episodios le nublan el propósito de desafiar a Cristina: en Santa Fe, su delfín (Antonio Bonfatti) apenas si pudo vencer a un advenedizo como Miguel Del Sel y, en las primarias del domingo pasado, Ella lo superó en votos en su propio terruño litoraleño. A menos que sea Rocky Balboa, no tiene posibilidades para el título. Jaque mate a la oposición: no rinden Duhalde y Alfonsín, dos condenados al retiro obligatorio, y es endeble y vaporosa la candidatura de Binner.
Aun derrotado, igual habrá de preservarse para el futuro: el magro socialismo territorial carece de otra figura. Al revés de Duhalde, ya con 70 años a cuestas, o de un Alfonsín que le agregará depresión a una desventura semejante a la que, en su momento, tuvo otro radical emergente (Horacio Massaccesi en 1995).
Ingresan ellos a la dimensión fantasmal (no podrán postularse nunca más a la primera magistratura), igual que la perseverante Elisa Carrió, una coleccionista de fracasos presidenciales. O que el veterano Fernando “Pino” Solanas, un gracioso que habla de volver a competir dentro de cuatro años, vaya a saber desde qué refugio de la senectud. O quizás como los hermanos Rodríguez Saá, quienes empiezan a ser conocidos cuando les suena la campana del abuelazgo.
Se puede señalar en esa zaga de jubilados a los que ya no juegan, como Carlos Reutemann. Casi un despido laboral masivo, tal vez atento a la crisis mundial.
En esa veta de eyectados también aparece Francisco de Narváez, un caso del Guinness: nunca nadie invirtió tanto para tan poco. Debe ser el diputado más caro de la historia. Purga en ese empeño de récords una volatilidad característica: después del triunfo de 2009, creyó que podría hacerse presidente aun contra la ley. Luego se asomó a Julio Cobos para secundarlo desde Buenos Aires, sin advertir que a éste le faltaba galladura. Trinó para no entregarse a Duhalde (en rigor, le hizo caso a un consejero que le ejemplificaba la opinión negativa de la población contra el ex presidente como una enfermedad incurable, como un cáncer imposible de extirpar). Tampoco acordó con Mauricio Macri. Y, por último, se alojó con Alfonsín como si fuera lo mismo la internacional del centro que la socialdemocracia. Demasiada volubilidad para apenas dos años.
En la lista de los famosos que se anotan en la cochería, justo es admitir que se inscriben otros personajes menos conspicuos que pugnaban por cargos menos notorios a lo largo y a lo ancho de todo el país.
Se instala un cambio en la plantilla de los equipos. Se sabe quiénes se van, no los que vienen. Salvo Cristina, obvio. Aun así, el kirchnerismo puede desatar otras tormentas y hasta resucitar a los anunciados muertos vivos. Sobre todo si, empalagada por la victoria (y a pesar de repetir que no es vida lo que tiene que padecer diariamente entre la Casa Rosada y Olivos, en la multitud de compromisos inútiles que la desbordan), Cristina alienta una revisión constitucional que le permita aspirar en 2015 a un tercer mandato para salvar o profundizar más “el proyecto”.
Sólo habrá que pedir, si autoriza esa jugada mas afín con el espíritu de su finado marido que con ella, que no se diga que esa alteración propuesta es un salto a una mejor calidad institucional. Ese argumento, con Néstor y el ahora objetado Alberto Fernández, ya fue utilizado cuando se les ocurrió que Ella podía sucederlo a El. Y lo tenían pensado antes de cumplir un año en el Gobierno.













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