El vaso medio lleno

Por Nicolás Ducoté

La Argentina llega a su bicentenario con muchas deudas pendientes: educación, salud, seguridad, justicia o cualquier otra área de política pública que analicemos.

En nuestro centenario la educación argentina era un ejemplo, tanto por sus contenidos, como por ser el principal factor de integración social. La escuela pública albergaba a chicos de todas las clases sociales, procedencias y culturas, los formaba como argentinos y los preparaba para el mundo del trabajo. Esto permitió el ascenso social y consolidó una fuerte clase media. Los chicos estudiaban, los padres trabajaban y las familias progresaban. Hoy la escuela pública es incapaz de retener a muchos niños dentro del sistema educativo, y sus contenidos son insuficientes para insertarlos en el mercado laboral.

Nacer en Argentina en los años ‘50 tenía enormes ventajas comparativas respecto a otros países: entre otras, un sistema de salud que aseguraba la mayor esperanza de vida de la región. Hoy el colapso del sistema de salud hace que estemos muy por detrás de otros países. Mientras otros avanzaron, en Argentina el 50% de la población no tiene cobertura médica. Los argentinos retrocedimos y estamos lejos de los países desarrollados e incluso de nuestros compromisos respecto de los Objetivos del Milenio.

En materia de seguridad estamos igual que hace 100 años atrás cuando grandes sectores sociales estaban excluidos de la economía formal y se volcaban a la actividad delictiva; la policía actuaba una vez cometido el delito y no había prevención.

Hasta aquí, el vaso medio vacio. El bicentenario puede representar el hito, la bisagra que nos permita cambiar el rumbo, revertir la decadencia y volver a colocar al país en la senda del desarrollo sostenido. Por eso trabajamos en un “Proyecto de Desarrollo Nacional”. Una visión integral que abarca la reducción de la pobreza, el pleno empleo, la educación y salud de calidad, el desarrollo de infraestructura, la seguridad física y jurídica, y una estrategia de inserción internacional. Un modelo que no busque sólo índices fríos de crecimiento mientras que la Argentina entera está en decadencia: queremos menos pobres, un país más seguro, gente más educada, trabajadores calificados y con sueldos dignos. El progreso familiar no viene de los planes sociales, son instrumentos necesarios pero no suficientes para una pobreza que significa carencia de educación, de salud, de vivienda, de agua, cloacas y asfalto. Vamos a devolver el prestigio a la educación pública, reformándola para que contenga a los jóvenes que hoy eligen las calles. Impulsaremos la doble jornada, que fomente la innovación y el emprendimiento y cree el puente hacia el mercado laboral. Vamos a trabajar por un país seguro, donde podamos salir a la calle sin miedo, con una policía proactiva que prevenga los delitos, una justicia ágil y un sistema penitenciario que reinserte a los detenidos en la sociedad.

El Bicentenario nos convoca a la reflexión, dejemos de lado las disputas, la improvisación, y la falta de políticas de Estado. Es el momento de consensuar un proyecto de país inclusivo. Si quienes aspiramos a ejercer los más elevados cargos públicos asumimos esta responsabilidad, el Bicentenario con seguridad será recordado como el comienzo de un giro para el bienestar de la sociedad argentina.

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