“Las madres no olvidamos, no perdonamos y no nos reconciliamos; exigimos cadena perpetua y cárcel común para todos los genocidas”, ratificó Queca Kofman, madre del desaparecido concordiense Jorge Oscar Kofman.
Se llama Celina Zeigner de Kofman, pero es Queca para todos. Queca Kofman. A sus 88 años sigue caminando, batallando y haciendo docencia. Ahora lleva un pañuelo en la cabeza en lugar del delantal que usaba cuando estaba al frente de sus alumnos en la Escuela Belgrano de Concordia. De ahí partió a peregrinar por justicia.
Ese peregrinar la trajo el miércoles pasado a Paraná para acompañar a los familiares de las víctimas concordienses en el juicio por crímenes de lesa humanidad. Viajó desde Santa Fe junto a su inseparable compañera Alejandra Fernández de Ravelo, Negrita, y soportaron seis horas de testimonios desgarradores.
Estaba en Concordia cuando la dictadura la golpeó. “Yo era maestra, ama de casa, madre de tres hijos, tenía una familia. No era política. De la noche a la mañana nos vimos catapultadas a luchar por nuestros hijos y eso fue los que nos agrupó”. Organizó entonces a los familiares de las víctimas de la dictadura, desde la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), las asociaciones de familiares y luego desde Madres de Plaza de Mayo. Su trabajo trascendió. “La Negrita Ravelo era una entusiasta y me pidió si podía radicarme en Santa Fe para trabajar con ella”. Y allá fue.
“Las madres no olvidamos, no perdonamos y no nos reconciliamos; exigimos cadena perpetua y cárcel común para todos los genocidas. Y no vamos a dejar la lucha”. La consigna es bandera. Pero los juicios contra los represores van más allá. No representan solo esa instancia de justicia sino también un marco de reparación histórica para la construcción de memoria y de verdad por los crímenes atroces de la dictadura. Entonces Queca no duda: “Cuando ya no estemos, los hijos, los familiares, los amigos, los compañeros, las generaciones jóvenes van a seguir exigiendo justicia” y clama por una deuda: “Lamentablemente, al primer grito que salió de la Plaza de Mayo para que nos digan dónde están los desaparecidos, todavía no hay respuesta”.
–¿Qué valor le asigna a estos juicios contra los represores de la dictadura?
–Es lo mejor que nos ha sucedido, después de tantos años de impunidad. Las Madres venimos luchando desde la época de (Juan Domingo) Perón y (José) López Rega. Desde esa época tenemos desaparecidos y secuestrados. Cuando asumió (Raúl) Alfonsín nos prometió que iba a hacer justicia y así se hizo el juicio a las juntas, que fue impecable porque los jefes fueron condenados. Pero después vinieron las asonadas militares que amenazaban a un gobierno constitucional y no sé si Alfonsín no tuvo voluntad política para seguir o no creyó en su pueblo que reclamaba justicia, y entonces vinieron las leyes de obediencia debida y punto final que cerraron las puertas para todo. Eso trajo una impunidad absoluta por más de 20 años.
–¿Y cómo ve los procesos que se están desarrollando hoy?
–Las madres no dejamos nunca de luchar. Nuestro movimiento se convirtió en un movimiento universal, hasta llegar al punto que desde todo el mundo pedían justicia. Nuestros expedientes llegaron a manos del juez (Baltasar) Garzón, pero no era lo que nosotros queríamos, nosotros queríamos justicia en nuestro propio país. Y se dio a partir de la derogación de las leyes de impunidad durante el Gobierno de Néstor Kirchner. Ahí se abrieron las puertas de los juicios, que van marchando aunque con mucha lentitud y muy fragmentados. Porque ellos también están tan viejos, como nosotras, que hemos perdido a muchas madres y compañeras. Nosotras tenemos que empujar e impulsar los juicios, pero deben ir con más rapidez. Lo que pasa es que todavía tenemos cuatrocientos jueces de la dictadura, que son los que ponen palos en la rueda.
Las Madres de Plaza de Mayo, sus pañuelos, constituyen un emblema de la lucha de aquellas mujeres a las que les arrancaron un pedazo de vida. Son un símbolo de esa lucha en tierra arrasada, de una lucha contra el terror, contra la impunidad y a la vez el estandarte de un ideal.
–¿Cómo se materializa esa lucha de las Madres de Plaza de Mayo?
–La mayoría de las madres del interior nos hemos separado de la asociación por diferencias y conservamos las consignas iniciales: nosotras hacemos política, levantamos las banderas de nuestros hijos y tenemos bien claro por qué lucharon, pero no hacemos partidismo. Conservamos la línea en forma independiente porque eso es lo que nos ha mantenido vigentes y nos ha dado el respeto, la consideración y el apoyo de la sociedad. No pertenecemos a ningún partido político, pero tenemos bien claro cuál es el país por el que lucharon nuestros hijos hasta dar la vida, un país sin discriminados y con derecho a una vida digna para todos los ciudadanos.
–¿Es posible hacer política en forma independiente de los partidos políticos?
–Sin ser políticas, nosotras nos vimos catapultadas a la lucha de la noche a la mañana. Y esas madres, sacadas de las piletas de lavar y de revolver las ollas, dimos dos pasos fundamentales en esta lucha, uno fue socializar la maternidad, convirtiéndonos en madres de los 30 mil desaparecidos, que es lo que nos hizo más fuertes, porque la aparición de uno de los hijos es como si apareciera el nuestro, y por eso cada una de las madres que quedamos en pie asumimos el compromiso de seguir la lucha por todas. El otro paso fue más difícil para personas totalmente apolíticas: levantar las banderas de nuestros hijos. Ellos fueron revolucionarios porque quisieron hacer una patria socialista y nos enseñaron la unidad en la lucha, la unidad en la acción política. Ellos lo hicieron desde distintas organizaciones revolucionarias y lucharon juntos hasta dar la vida. Las madres nos sentimos orgullosas de esos hijos que siguen marcando el camino. Los exterminaron pero están, están en los juicios, están en sus madres, están en los jóvenes que los siguen porque fueron un ejemplo y deben ser un ejemplo para la clase política, porque no quisieron nada para ellos, todo para su país y para su pueblo.
La lucha por Jorge
Jorge Oscar Kofman tenía 23 años cuando fue desaparecido. Era un obrero y estudiante concordiense que había estado detenido durante la autodenominada Revolución Argentina y fue liberado cuando asumió Héctor Cámpora, el 25 de Mayo de 1973.
Se presume que fue interceptado por una patrulla militar cuando viajaba en un colectivo de línea desde Tucumán hasta Córdoba por la ruta 301. Un abogado que colaboró con su familia pudo averiguar que estuvo herido en una rodilla, que se refugió en casa de una familia de campesinos y una vez restablecido colaboró en tareas de recolección de caña. Luego lo habrían trasladado en un sulky hasta la ruta y emprendió el viaje hasta la provincia de Córdoba. Era principios de junio de 1975.
Jorge habría sido llevado a la Escuelita de Famaillá, el primer centro clandestino de detención del país, alojado con otros detenidos ilegales e interrogado bajo tortura. Entre agosto y septiembre habría sido trasladado a la cárcel de Villa Urquiza y confinado en un pabellón que en aquel momento se destinaba a los presos políticos.
Queca y su esposo Marco estuvieron en Tucumán y llegaron hasta la Escuelita de Famaillá. Ella gritó por su hijo hasta que los sacaron a ambos a punta de escopeta y sin darles una respuesta. A 37 años, Jorge Kofman continúa desaparecido. Fuente: El Diario

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