El valor de la carne baja pero la inflación se acelera

El valor de la carne baja pero la inflación se acelera
Las encuestadoras privadas estiman que el IPC de marzo se ubicó entre 2,5 y 2,9 por ciento. A diferencia de lo que ocurrió en los dos primeros meses del año, las suba no está atada a los bifes sino a otros productos de la canasta.
La inflación de marzo, que el Indec difundirá el próximo jueves, volvió a ubicarse, según las mediciones privadas, entre 2,5 y 2,9 por ciento, un nivel similar al de febrero. Sin embargo, el dato del mes pasado fue que, a diferencia de los primeros dos meses del año, la carne no empujó hacia arriba el registro inflacionario sino que, al contrario, se evidenció una leve baja en el precio de algunos cortes durante la segunda mitad del mes. Así, contra el discurso que repiten los funcionarios, la conclusión de los expertos es que los altos registros de inflación ya no se explican por la carne, sino por el aumento generalizado del resto de los precios.

El índice de precios "descarnado" –sin incluir los bifes— proyecta en el último cuatrimestre una inflación anual superior al 23 por ciento. Considerando la carne la inflación se proyecta alrededor del 30% anual.

De hecho, 29,7% es el número que proyecta para el año los resultados del índice de precios combinado entre diciembre y febrero de cinco provincias que miden la inflación en paralelo al Indec de Moreno: Santa Fe, San Luis, Córdoba, Neuquén y La Pampa.

"El aumento del precio de la carne fue impresionante", dijo días atrás el ministro Amado Boudou para justificar su teoría del "reacomodamiento" puntual de algunos precios. En esa misma línea se expresó el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, y repitieron varios funcionarios.

Sin embargo, la novedad de los datos de marzo es la generalización de las remarcaciones, más allá del precio de la carne, que el mes pasado no pesó en el registro inflacionario.

En Buenos Aires City, el centro de estudios de la UBA, que dirige Graciela Bevacqua, ex directora del IPC del Indec hasta que fue desplazada por Moreno, dicen que el índice de precios al consumidor de marzo fue similar al de febrero: 2,9 por ciento.

Pero la diferencia principal fue la incidencia de la carne: en febrero sumó un punto porcentual al índice, mientras que en marzo no tuvo incidencia alguna a lo largo del mes. En realidad, los precios de la carne variaron mucho de semana en semana: con aumentos en la primera mitad del mes, y bajas en la segunda, forzada por una retracción de la demanda antes que por los controles oficiales.

La mayoría de las consultoras privadas también ubican el índice de marzo arriba del 2,5%. Para Miguel Bein, por ejemplo, se ubicó en el 2,7%, con un 7,4% de acumulado durante el primer trimestre del año.

También destacan el carácter "generalizado" de los aumentos. Casi el 75% de los rubros que integran el IPC (índice de precios al consumidor) registraron aumentos en el último trimestre. La comida, la vestimenta y la educación lideraron las subas. Dentro del rubro alimentos y bebidas más de un 80% de los productos mostraron subas de precios.

El fenómeno inflacionario es todavía más marcado en el caso de la canasta básica de alimentos. Según la encuesta de la consultora Economía & Regiones se encareció 5,3% en marzo, un aumento similar al que calculó FIEL.

Para Buenos Aires City, en cambio, el costo de la canasta se habría incrementado en poco más de 4 por ciento en marzo contra 6,9% del mes anterior. Pero, justamente, toda la diferencia se explica por la estampida del precio de la carne de febrero.

Como sea, todas las mediciones privadas de la canasta de alimentos –incluso de los propios consultores kirchneristas— acumulan una suba del orden del 15% sólo durante el primer trimestre del año. Si se mira en el último año (marzo 2010/marzo 2009) la inflación de alimentos y bebidas acumula un 30% anual. Pero más preocupante es la proyección para este año si se toma el registro del último trimestre, aún descontando en los próximos meses cierta desaceleración en el ritmo de los aumentos como consecuencia de una menor presión de la carne.

La dinámica de precios de los alimentos desde diciembre es mucho más llamativa si se tiene en cuenta que desde entonces el dólar casi no se movió y tampoco se evidenciaron incrementos significativos en el precio de las commodities agrícolas en el mercado internacional.

Desde el oficialismo argumentan que el salto de la inflación se explica por la presión de demanda que provocó la puesta en marcha del subsidio a la niñez, que repartió entre los bolsillos de nada menos que tres millones y medio de personas unos 650 millones de pesos mensuales, que se vuelcan completamente al consumo. El propio Boudou dejó trascender esa interpretación.

Es posible. Aunque nadie en el Gobierno todavía logra explicar la inoperancia de Guillermo Moreno a la ahora de disciplinar a los sectores oligopólicos, que dominan los principales mercados de bienes de consumo masivo y de insumos de uso difundido del país.

Pero también es evidente que en el actual proceso inflacionario tiene cada vez mayor relevancia la inercia: ¿cómo podría explicarse sino que el año pasado, en plena recesión y con aumento de la capacidad ociosa en las fábricas, el IPC aumentó nada menos que 15%? Las expectativas juegan otro rol importante, frente a la destrucción del Indec y el rechazo oficial a anunciar un programa integral para frenar los aumentos.

Ante este panorama, ya empezó a evaluarse en algunos sindicatos la posibilidad de dejar abierta una segunda ronda de negociaciones paritarias para septiembre, en caso de que las mejoras salariales que se acuerden durante abril y mayo queden devaluadas por la carrera de los precios.

OPINIÓN

Cómo se puede reducir el costo de vida sin aplicar un ajuste

Nicolás Salvatore (Economista, Buenos Aires City (UBA))

Según Buenos Aires City (UBA), la inflación está creciendo a un ritmo cercano al 40% anual. El Gobierno no reconoce la magnitud del problema, y pretende jugar al ajuste fiscal inflacionario, como si estuviera transitando por un sendero de inflación alta pero controlable. Error.

La salida de este escenario de estanflación es como un pantano: si en 2009 el PIB cayó 3,5% y la inflación se mantuvo en 15%, hoy, con el PIB creciendo al 5% y la inflación al 40%, ¿cuánto tendría que contraerse el PIB para "planchar" la inflación en un módico 15% en 2010? Pensé en fusilar a todos los beneficiarios de la asignación por hijo (ahorro fiscal), pero hice la cuenta y aún así los números no cierran.

Sin más remedio, un plan antiinflacionario secuencial y heterodoxo aparece como la jugada única para lidiar con semejante monstruito (me refiero a la inflación), estableciendo "metas de inflación" decrecientes de mediano plazo: 25% en 2010 (30% es la meta del gobierno), 20% en 2011, 15% en 2012, 12% en 2013, y 10% en 2014. Un "corredor" de normalidad, metas sujetas a un sendero de crecimiento del PIB más modesto aunque sustentable, en una banda de 3% a 5% anual. Metas algo ambiciosas para la era de alta inflación argentina actual.

En el corto plazo, si un plan antiinflacionario no le gana al mercado la pulseada de las expectativas, nunca será posible pensar problemas de largo: la demanda de inversión, los oligopolios, o la competitividad cambiaria. El primer paso es, pues, reconocer el problema. El segundo es más difícil: un enérgico "anuncio" del gobierno que sea "creíble". El tercero es restaurar el faro de coordinación de expectativas: retrotraer la plantilla de recursos humanos del INDEC al 31 de diciembre de 2005. Terminó la parte difícil.

Recuperar la cordura política no es hoy el problema más importante: es el único. Si estos críticos primeros tres pasos son exitosos, lo que resta es una jugada única y natural: los targets de inflación y crecimiento del PIB (empleo) deben ser atendidos en forma simultánea, tal como hacen todos los países normales del mundo (excepto Zimbabwe, Argentina, Venezuela y Congo, en ese orden). Luego, la rueda ya fue inventada, cuatro instrumentos.

1. Política de ingresos. Tanto para impedir que caiga más aún el salario real (promedio), como para evitar que se espiralice más aún la inflación, debe establecerse una pauta de indexación que mantenga constantes en términos reales los salarios, jubilaciones y subsidios sociales. Es decir, los ingresos nominales deberán aumentar tanto como la (menor) inflación anual esperada (25% para 2010). Tal meta nunca será alcanzable sin un Pacto Social, un cuarto problema político.

2. Política cambiaria. En la fase de estabilización, una devaluación sería suicida, por razones obvias. No obstante, una mayor volatilidad de corto plazo sería ampliamente deseable. Luego, el esperable atraso del tipo de cambio real debería ser complementado con algunas medidas parancelarias transitorias. En una segunda fase, ganada en 2011 la primera pulseada contra las expectativas (la madre de todas las batallas), una paulatina depreciación real de la moneda sería tan factible como deseable, por razones obvias.

3. Política monetaria, otra obviedad. La emisión de base monetaria no se deberá apartar de un Programa Monetario que contemple metas anuales de oferta monetaria, inflación y crecimiento del PIB. A su vez, sería deseable que la política de esterilización no sea implementada por el BCRA, sino por el Tesoro. Y finalmente, inducir tasas de interés reales 30 puntos negativas no luce consistente con un programa macroeconómico sensato.

4. Política Fiscal. Los salarios públicos, jubilaciones y subsidios a los ingresos sociales deberán indexarse según la (menor) inflación esperada. En consecuencia, en 2010 deberían aumentar 25%, manteniendo su valor en términos reales. Segundo, las comisiones implícitas en todos los contratos de obra pública deberán disminuir drásticamente hasta un 15% del valor de venta (dramático ajuste de 50%).

Este plan de corto plazo no pretende ser ni de izquierda ni de derecha. Es la jugada única para que el gobierno termine su mandato en forma ordenada.

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