Valentín, el nene de once años que espera un corazón solidario

Valentín, el nene de once años que espera un corazón solidario
En setiembre entró en emergencia nacional. Es de Merlo y vive en Buenos Aires, entre el miedo y la esperanza.
Valentín Agüero, un nene de once años, sólo tiene un deseo: que un día en el departamento que alquila junto a su mamá y su hermana en Buenos Aires, suene el teléfono y alguien del Hospital Garrahan le avise que apareció un corazón, que le permitirá curarse de la miocardiopatía que sufre desde los seis años y volver a ser un “niño normal”. Aunque también piensa en el momento en que podrá regresar a su Merlo natal, con sus amigos y familia. Para eso deberá tener esperanza y aguardar por la solidaridad de un donante, con la misma fe que lo acompaña desde hace casi cuatro años, cuando ingresó en lista de espera. Hoy está en emergencia nacional y sabe que los corazones no provienen de “una fábrica donde hay uno para cada uno” como le había dicho su mamá cuando era pequeño.

En el año 2009 a Virginia Robles los médicos le dieron una noticia que haría que “se le cayera el mundo abajo”: su hijo necesitaba un trasplante. Un año antes le habían descubierto una miocardiopatía (dilatación de las aurículas) a Valentín y junto a su marido pensaron que sería una enfermedad de corazón que con ciertos cuidados su nene podría sobrellevar. Pero no fue así. Los especialistas de la provincia de Córdoba, donde se atendía el pequeño, le informaron la noticia, con tanta naturalidad como si “le fuesen a sacar una muela”. “Fue terrible, se te mezclan muchos sentimientos. Miedo, desesperación, angustia. Pensás lo peor”, contó. Ya pasó el tiempo pero ella no baja los brazos y no pierde las esperanzas, aunque la realidad es que no aparece ningún donante pediátrico. “Habría que estar en los zapatos de esa mamá y ese papá, que hasta último momento deben estar esperando a que su hijo reaccione. Yo entiendo”, expresó.

Los viajes a Buenos Aires al principio eran cada diez días, luego cada quince y finalmente, cuando Valentín logró estabilizarse, cada tres meses. Pero cada trayecto era difícil e implicaba mucho sacrificio para la familia y sobre todo para el nene, que tiene las defensas bajas y sufre gastritis, todo producto de la patología cardiológica que padece. Además es muy pequeño, tiene el cuerpito de un niño de nueve años, porque toda la energía va al corazón, entonces no crece ni engorda. “Un día, cuando vinimos a hacer un estudio de cateterismo ya nos quedamos. Estuve todo el verano avisándole a mi hijo que íbamos a mudarnos definitivamente”, contó. Alquilaron un departamento en la zona de Saavedra, de una habitación, un baño y un pequeño comedor. Allí vive con el nene y su otra hija, de trece años. Su marido Héctor viaja cada diez días.

Todos los días se levanta a las siete y cuarto, lleva a la nena a la escuela y vuelve. A las ocho, tres veces por semana, llegan los maestros para enseñarle música, plástica, y tecnología a Valentín, que no puede ir al colegio. También recibe la visita de la psicóloga. “Valentín tiene miedo, se asusta porque a la noche no puede dormir, le cuesta mucho respirar”, dijo su mamá.

Además la contención psicológica busca apaciguar la angustia que siente el pequeño, porque extraña a su familia y sus amigos de Merlo. Hace poco se lamentó no poder participar de “las fiestas del Día del Niño que organizaba Carpintería”, donde solía festejar con los demás chicos. El resto de los días de la semana, martes y jueves, Virginia y el pequeño viajan hasta el Hospital Garrahan, donde se hace los controles médicos. Como el viaje lo cansa mucho ahora realizan el trayecto en auto, pero hasta hace poco tomaban dos colectivos para llegar. “Camina y vomita, por la gastritis. Ahora la obra social le dio una silla de ruedas”, contó. En sus ratos libres aprovecha para jugar en la computadora, mirar televisión o hacer trabajos de arte: está por terminar una escultura con su profesor de plástica.

Mientras realizan las actividades diarias un solo pensamiento cruza la mente de Virginia, Héctor, Valentín y Selena, su hermana: que ese día aparezca un corazón. “Suena el teléfono y él se pone re nervioso y si llama alguien del Hospital preguntando por mí sale corriendo a la pieza y se tapa los oídos. Es mucha la emoción, es imposible no ilusionarse”, contó Virginia, quien asegura que todas las mañanas se levanta con una sonrisa porque sino “no podría vivir”. “Tengo mucha fe y esperanza, estoy tranquila. Aprendí a tener paciencia”, aseguró la mujer de treinta y tres años que está dispuesta a todo por su niño. “Hasta en el colectivo me pongo a hablar con la gente que tengo al lado para concientizar por la donación de órganos”, contó.

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