“Utilizar la educación estatal para excluir la religión, no es democrático, honesto ni plural”

Hoy, la comunidad católica de Tucumán dará la bienvenida y estrechará vínculos de fraternidad con quien se convertirá en la nueva dignidad eclesiástica encargada de la vigilancia y control en torno al cumplimiento de las leyes emanadas de la Iglesia y el derecho canónico que inviste a nuestra Arquidiócesis.

Hoy, la comunidad católica de Tucumán dará la bienvenida y estrechará vínculos de fraternidad con quien se convertirá en la nueva dignidad eclesiástica encargada de la vigilancia y control en torno al cumplimiento de las leyes emanadas de la Iglesia y el derecho canónico que inviste a nuestra Arquidiócesis.

A partir de las 18.30 se desarrollará la ceremonia mediante la cual se consagrará como Arzobispo de Tucumán a monseñor Alfredo Zecca, quien suplirá en esa función a Luis Villalba, quien se retiró de la administración pastoral tras 12 años.

La celebración se llevará a cabo en un escenario montado en las afueras de la Iglesia Catedral y contará con la presencia de autoridades provinciales, municipales, el nuncio apostólico Adriano Bernardini y cerca de doce obispos de todo el país que confirmaron su asistencia.

Como una forma de exponer algunas de las concepciones que caracterizan el pensamiento de Zacca y con el objeto de comenzar a acercar su visión a la feligresía local , a continuación, EL SIGLO, publicará una alocución del flamante Arzobispo basada en sus apreciaciones sobre el sistema educativo argentino. Básicamente, enfocado en sus objeciones para con la implicancia del factor de laicidad que se sustenta en la actualidad, condicionante, según el prelado, para la formación de las políticas públicas en la materia.

Es casi un lugar común - y hasta cansador - escuchar una y otra vez repetir la importancia de la educación, al tiempo que, muchas veces quienes se llenan la boca con ello son los primeros en no tomar las medidas adecuadas para que la misma se desarrolle en plenitud. El fenómeno, aunque injustificable, es de algún modo políticamente explicable. La educación no tiene réditos inmediatos. Es una inversión de largo aliento cuyos frutos se ven con el tiempo y muchas veces lo importante es relegado por lo urgente.

Pero ello no debe desalentarnos sino que debemos expresar con plena convicción que la calidad de la educación en todos sus niveles es el único camino por el que la Argentina puede recuperar lo mejor de su pasado y construir el futuro que como nación se merece. En esta línea quisiera señalar dos breves ideas que considero vitales.

Es necesario superar viejas y desgastadas dicotomías y avanzar, como lo destaca permanentemente el Papa Benedicto XVI, hacia la configuración de una nueva laicidad en el ámbito de la educación. Esta nueva laicidad tiene que distanciarse simultáneamente de dos integrismos: el laicismo y el fundamentalismo religioso.

El camino democrático de la religión

Un campo de diálogo y de integración entre religión, razón y vida pública es, precisamente, el de la educación. Una buena educación no puede temer a la sana integración entre religión y sistema educativo; y si bien entre nosotros no hay tanto fundamentalismo religioso, aunque algunas expresiones existen, dentro y fuera de la Iglesia, el laicismo, sin embargo, hace frecuentemente su reaparición. El camino de la democracia en la educación no es, ciertamente, el del laicismo y presupone el antedicho diálogo y complementación.

Utilizar la educación estatal, que vive de los recursos que aporta una sociedad masivamente religiosa y cristiana, para excluir la religión detrás del discurso de la educación pública no es un juego democrático, honesto y plural. No resulta justo que, desde instituciones estatales, se pretenda imponer maneras de ver la realidad de algunos sectores, muchas veces muy minoritarios, que de forma hegemónica se pretenden universales y se imponen en forma obligatoria a toda la sociedad, mediante una supuesta representación que en realidad no tienen.

Hay que ser claros en un punto. El estado no es un ente de razón ni sujeto de derechos primarios. El estado surge de un pueblo que tiene su historia, su tradición, un ethos configurado en una preferencia axiológica plasmada en un estilo de vida común. Por lo mismo, el estado no puede arrogarse el derecho de ser el que impone los contenidos de la educación unilateralmente lo que, en principio, corresponde a los ciudadanos y, en el caso de los niños, a sus padres o tutores. Hacer lo contrario equivale a privatizar lo público, a imponer a la mayoría los criterios hegemónicos de una minoría, desconociendo los derechos del pueblo.

En este supuesto, considero entonces que uno de los desafíos de la educación argentina es precisamente una nueva integración justa y libre entre religión, sana laicidad y una cultura nacional abierta a lo regional y global.

El segundo desafío -en íntima relación con el primero- es el de suplantar el Estado Educador por la Sociedad Educadora.

Pero quero dejar bien claro que no defiendo fáciles e irresponsables privatizaciones y menos aún cualquier forma de primacía del mercado.

El regreso a la persona

En nada quito la autoridad política al estado en materia educativa. Digo solamente que el estado no es la Nación y los gobernantes y funcionarios no son los dueños de ninguno de los dos. No quisiera que se entendieran estas palabras como un aliento a cualquier tipo de fragmentación social, desigualdad o injusticia para con los sectores más pobres. El estado y el gobierno tienen su lugar. Pero no se puede diseñar una educación para el pueblo sin hacerlo protagonista de lo que, irreversiblemente, define su destino.

Por eso el nuevo camino de la política educativa tiene que ser el de una educación democrática y participativa que supere modelos perimidos y antinomias absurdas y fracasadas. No tiene sentido oponer educación pública a educación privada. Toda educación es, por definición, pública, aun la de gestión privada; y tampoco puede ser que las políticas educativas sean patrimonio exclusivo de las burocracias centralizadas en el ministerio nacional o en los ministerios provinciales. Los ciudadanos, las familias, las instituciones religiosas y de otro tipo, tienen también aquí una palabra para decir porque también ellas, de algún modo, representan al pueblo que se asocia de diversas maneras para organizarse y lograr sus fines.

El único camino de la educación es el regreso a la persona. A la persona integral en su interrelación subjetiva con los otros, respetando, por un lado, la dimensión religiosa de quienes son creyentes y la libertad de conciencia de todos, y, por otro, a la persona protagonista de la propia vida y de la vida en sociedad. De esta forma, nos distanciamos de viejas y nuevas experiencias que reducen los sistemas educativos por la vía del funcionalismo economicista o del ideologismo sectario. El nuevo camino de la educación es el de una sociedad educadora protagonista integral de una nueva cultura y una nueva educación justa, libre y de excelencia para todos.

Por monseñor Alfredo Zecca,

Arzobispo de Tucumán

Las funciones que debe desempeñar un obispo

* Enseñar: Los obispos tienen el deber de anunciar a todos el Evangelio de Dios, según el mandato que nos dejó Cristo de ir por todo el mundo para predicar el Evangelio.

El oficio del obispo, en materia de enseñanza no es sólo el de la predicación, el de dar a conocer la palabra de Dios. Debe también vigilar para que esta palabra de Dios no sufra desviaciones y fallos para que de este modo quede garantizada a todos los fieles la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica.

* Santificar: La Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia particular. Por lo tanto, al obispo le toca ser el administrador de la gracia del sumo sacerdote, en particular en la Eucaristía que él mismo ofrece o cuya oblación (ofrenda o sacrificio que se realiza a una divinidad) asegura por medio de los presbíteros.

Además, el obispo, junto con los sacerdotes santifican la Iglesia con su oración y su trabajo, por medio del ministerio de la palabra y de los sacramentos. Hay que recordar que el obispo es el ministro ordinario del sacramento de la confirmación.

* Gobernar: Los obispos generalmente gobiernan en una porción de territorio que se llama diócesis. Las diócesis se forman de acuerdo a características similares de personas, cultura, costumbres, lenguaje. Gobernar teniendo como modelo a Cristo, Buen Pastor y no de acuerdo a los criterios humanos del poder. Gobernar buscando ante todo el bien de las almas a él encomendadas.

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