Esta semana fuimos testigos de los numerosos asentamientos que fueron formándose precariamente en extensos predios “descampados” tanto en Resistencia como alrededores (Fontana cuenta con 11 terrenos entre públicos y privados tomados por personas de la misma localidad).
La inequidad, la imprudencia, el avasallamiento y el descontrol fueron quienes tomaron los terrenos “a piacere”, mientras otra parte de lo público (trabajadores que pagan impuestos, que viven alquilando y que encima no cortan el tránsito), se queda mirando cómo un sector obtiene el tesoro más preciado de la actualidad: una rica porción de tierra.
El menor riesgo que se corre en una situación así es que el “sector espectador” se subleve sobre quienes toman como justas donaciones un terreno donde podrán levantar su hogar con materiales también donados, esperando una correcta conexión de agua y luz y en Navidad festejar junto a los suyos la llegada de una cargada cansar navideña. Y el mayor riesgo es que esto pase realmente.
No buscar confrontación es colaborar con esta política de la “barbarie”, donde se mata al más débil y se toma lo que se puede. Así como no es justo que miles de familias chaqueñas vivan de manera precaria, de tener la posibilidad de contar con bien propio, donde la supervivencia depende de lo obtenido ese día; tampoco es justo que sea beneficiado con lugares sin discusiones previas, sin una estrategia de obtención, y que incluso esas discusiones sean para el “todo público”.
Una encuesta realizada por diarionorte.com mostró cuál es la visión de un sector que busca la equidad, donde la igualdad no es sinónimo de prestación ni lástima; sino de devolver la dignidad a quienes fueron malcriados bajo la mano del “te doy a cambio de”. El resultado vertido por la encuesta respecto a la justa repartición de las tierras logró un valor del 60.7% sobre quienes consideraron que las oportunidades de acceder a un terreno debe ser la misma para cualquier ciudadano. Con 33% se localizaron aquellos lectores que consideran que es el Estado quien deba poner las reglas y respetar dichas condiciones para poder habitarlas, y por último, con el 6.3% considera bien la actitud de la usurpación.
A estos datos cuantitativos agregaríamos fundamentos subjetivos, donde la mayor carencia está en aquellas estructuras de poder que no encuentran la autoridad suficiente para establecer regímenes de conducta habitacional, planes de obtención de viviendas acorde no sólo a la relación ingreso/egreso de esa familia, sino las oportunidades laborales que tiene el jefe o jefa de familia y cuáles son los impedimentos que coartan dicha oportunidad.
La dignidad no se recupera con una porción de tierra, sino con la comprensión de verse como hombres y mujeres capaces de llevar adelante tareas, oficios o cualquier responsabilidad civil. Las usurpaciones son el resultado de una importante ausencia de dignidad, donde el hombre al que se le es dado un par de ladrillos, una bolsa de alimentos y múltiples promesas de progreso, se le está negando la grandeza intelectual que tiene, y que por una cuestión “cómoda o por costumbre”, se fue marchitando.
Pero lo más grandiosos es entender que esta ausencia de dignidad por la falta de una fuente laboral, donde la creatividad sea motor del desarrollo, es un problema gestado dentro de la cultura, que fue creciendo cada vez más hasta convertirse en un monstruo que hoy sólo lucha cada día por sobrevivir. Pero la cultura es reversible, no es una conducta innata, sino al contrario, es maleable y cambiable. La usurpaciones hoy son los efectos de ausencia de dignidad, pero una dignidad que exige aparecer y que exige también a las grande esferas de poder la dignidad de mirar a una ciudadanía, muchas veces de mayor coeficiente, con respuestas concretas, donde las estrategias de planes habitacionales, sean planes, y que no terminen siendo sólo planos, y donde las oportunidades sean para toda la sociedad, no sólo para aquel sector dispuesto a olvidarse de su dignidad.
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