A un mes de los comicios, el impacto de una concesión tardía, defectuosa, y polémica por donde se la mire, condiciona aunque no determina el escenario político definitivo en la capital provincial.
Al menos, recupera un escenario propicio a los contrastes. Así, quienes se opusieron tajantemente a la concesión, como UNE de Mansilla y Libres del Sur de Mercedes Lamarca, se sienten fortalecidos en la comodidad de llevar el estandarte opositor con el tema ya encarrilado hacia la Justicia, camino que conocen con holgura; quienes se opusieron para no quedar mal con “la gente”, como el Frente para la Victoria de Darío Martínez, podrán seguir hablando de otras cosas; y quienes defendieron la adjudicación porque consideraban que era el único camino sensato, aunque Indalo no fuera lo que soñó Perón, como el MPN de José Brillo, podrán asimismo profundizar una campaña “positiva”, en la que se hable de mejorar los servicios sin bordear el abismo de la nada absoluta.
Es difícil para los políticos hacer campaña cuando sienten que en realidad son todos un poco culpables. Es lo que pasa con el servicio de transporte: más allá de la percepción de que “son todos la misma mierda” que puede hacerse desde la ignorancia, quienes tienen aunque más no sea un mínimo de conocimiento de lo que implica un servicio público concesionado y prestado por empresas privadas, sabe que la culpa siempre termina cayendo sobre el poder concedente (el Estado) y sus vericuetos políticos, porque la única manera de que se preste mal un servicio es no controlarlo ni hacerlo cumplir las disposiciones del contrato.
La empresa Indalo no es buena ni mala, es una empresa. Funciona según el contexto de lo que el mercado le exige. Cuando ese mercado no tiene otra opción que consumir “el producto” que la empresa “fabrica”, la empresa tiende a la laxitud; cuando, además, no es la propia empresa la que fija el precio de su servicio, sino que es el Estado el que lo decide, a través de un órgano deliberativo en el que se hace política no siempre atendiendo a las necesidades de los usuarios, sino a las urgencias partidarias, el resultado generalmente es exactamente el que hemos podido comprobar en Neuquén.
La razón por la que la concesión del servicio público de colectivos venció en 2008 y recién se la renueva (de manera precaria, ciertamente) en este 2011 y a un mes de las elecciones, es política, no técnica. No obedece a razones originadas en el tiempo demandado por el afán de mejorar la calidad, sino a dilaciones que distintos sectores políticos que oscilaron entre el oficialismo y la oposición municipal aplicaron en función de sus propios intereses coyunturales.
Puede afirmarse, por ende, que el “caso Indalo” es en Neuquén un ejemplo de cómo se hace política en Argentina: mal, tarde, y a costa de un generoso gasto de los dineros públicos.
Partiendo de este enfoque, se puede explicar la posición de cada sector político que pugna por ganar la Intendencia:
· UNE y Libres del Sur encabezan el sector opositor más duro. Hicieron y hacen campaña con el tema Indalo, apostando a que las “mayorías populares”, que son las que tienen que tomar el colectivo, están cansadas de una empresa, y no de un sistema político que hace posible su resultado, ya que de ese sistema político ellos forman parte, les guste o no. No tienen problemas con su discurso, porque ofrecen una salida que apunta hacia la estatización: una empresa municipal estatal (ya sea totalmente estatal o mixta), que prestará un servicio que inexorablemente será mejor por el solo hecho de ser del Estado.
· El Frente para la Victoria hizo una gambeta a lo Messi, se reservó la oposición porque los pliegos estaban mal hechos (culpan por ende a Farizano), y buscará no hacer eje en este tema del que le costaría despegarse. Total, se dicen un par de cosas de cómo se mejoraría el servicio, y listo.
· El Nuevo Compromiso Neuquino, de Quiroga, asume la cuestión como “difícil de explicar”. Son concientes de que van a los barrios y lo peor que les puede pasar es que los identifiquen como defensores de Indalo. De entrada este sector consideró que era un tema desgraciado, el de la confluencia de la concesión del servicio de transporte con las elecciones. Le queda el argumento de criticar tanto a UNE como a Farizano, pero siempre desde una posición un tanto incómoda.
· El oficialismo de la UCR con Farizano como candidato tiene una sola posibilidad, que es la de defender la decisión del jefe comunal sobre la base de que el Deliberante hizo una gran macana, y no dudó en poner las cosas al borde del estallido social con tal de minar al gobierno comunal. Enfrenta igual el problema de explicar por qué se llegó a esta situación cuando la gestión asumió en 2007: ¿no se gastó acaso, el tiempo, en idas y venidas que incluyeron consejos asesores, estudios universitarios, diagramas de especialistas, excelsas teorizaciones sobre el transporte moderno?
· El MPN de José Brillo no usará el tema del transporte como eje de campaña, aunque no lo eludirá si se le exigen precisiones, como ya se ha hecho. Es la situación más curiosa de todas, porque tal vez la gran culpa del partido provincial haya sido no tener un protagonismo más decidido en un Deliberante que debería haber dominado en función de ser la primera minoría. El MPN navegó entre contradicciones producto de su propia interna, y defeccionó justo en la recta final de la discusión por la concesión del servicio. Ahora, solo le queda hablar de lo que se haría en caso de ganar las elecciones, con la concesión ya entregada. Su gran apuesta sería hacer realidad el Ente de Control que propuso en su momento, y que no prosperó por responsabilidad de lo que era el oficialismo de la coalición ahora desarmada.
No hay, por tanto, ganadores y perdedores en la triste historia del transporte en Neuquén. Apenas si puede afirmarse que habría que modificar un sistema defectuoso, que permite que los avatares políticos contaminen el manejo empresario, y a la vez, que el manejo empresario utilice en su beneficio la fragilidad institucional.

Comentá la nota