Había llegado al yacimiento El Chivo Rengo para buscar repercusiones sobre la decisión de nuestra Presidenta de expropiar la mayoría de las acciones de YPF.
“¡¡¡Querido Tato!!!… ¡¡¡qué alegría verlo!!!! ¡¡¡Y Justo hoy que es un día de fiesta!!!”, me dijo un tipo setentón, canoso y de cara curtida.
“¿Pero ustedes por qué festejan?”, le pregunté sacándome una lagaña mezclada con tierra.
“YPF volvió a ser nuestra, Tato. Si no cobramos lo que nos deben ahora, no cobramos más”, me dijo sirviéndome un choripán espolvoreado con arena.
“¿Tanta fe se tienen?”, le dije mientras le metía un flor de mordiscón al sánguche.
“Querido Tato…Cavallo nos prometió y no cumplió, después llegaron los otros gobiernos y tampoco… teníamos menos expectativas que un piojo en la cabeza de Sodero Nievas”, dijo entre lágrimas. “Pero eso ahora cambió. ¡YPF vuelve a ser nuestra!”, gritó levantando la copa para brindar con todos los jubilados.
Terminé de comerme el choripán, le pegué un beso a un vaso de vino carlón y me despedí de los muchachos que ya comenzaban a hacer coros con la frase de la canción de Fontova: “Antes de los españoles éramos civilizadooooos”.
Abrí la puerta de la empresa, caminé por uno de los pasillos cuando desde lejos escuché gritos que venían de una oficina: “Joderrrr…. Joderrrrrrrrrrrr. Joderrrrrrrrrrrrrrr”.
Abrí la puerta y me encontré con José dela Hostiayla Madreque lo Parió, un directivo de Repsol que había llegado de España hace dos días para hacer una supervisión en el yacimiento.
“Tatoooo… ¡qué tristeza hombre!”, me dijo mientras se tomaba una copa de jerez doble haciendo fondo blanco.
Intenté consolarlo con alguna palabra de ánimo, pero don José se me adelantó: “Veníamos escapando, veníamos escapando, pero al final nos cogieron”, me dijo mientras se servía otro copón de jerez.
“Los atraparon, dice usted”….
“No Tato. Estoy hablando castellano.”, susurró con vergüenza mientras enjugaba un lagrimón del tamaño de una bombita de luz.
Me serví una copa para acompañarlo y le dije con tono reflexivo: “Bueno… ustedes no vienen atravesando un buen momento en el país….”
“¡Es una maldición. Coño!. Primero el rey Juan Carlos se rompió una pierna cazando elefantes….”, dijo mientras pegaba otro sorbo.
“Y segundo…?”, le pregunté intrigado.
“Y ahora no solo tiene la pierna rota sino también tiene roto el cu….”. No alcanzó a terminar la frase cuando lo interrumpí rápidamente: “No es para tanto don José. Piense que España siempre se recuperó de las peores crisis”, le dije mientras le servía otra copa.
“Gracias por sus palabras tío… pero en este momento pienso lo peor y me gustaría que me coja el más bravo de los toros”, dijo entre dos hipos.
“No sea tan drástico… que lo atropelle un toro es una muerte dolorosa”, le dije palmeándole la espalda.
“Sigo hablando en castellano”, murmuró antes de golpear su cabeza en la mesa y caer en un sueño profundo.
Le puse un almohadón al lado, dejé a José dela Hostiayla Madreque lo Parió en brazos del dios Baco y salí de la oficina en busca de más testimonios.
No había alcanzado a caminar unos metros cuando me lo encontré al dirigente sindical Cacho Sinogarpás Paramotodo.
“¿Qué cuenta, Tato?”, me preguntó con tono seco y cara de preocupado.
“Pero… ¿ustedes no están contentos con la estatización?”, le dije mientras se me escapaba un hipo de jeréz.
El gremialista me abrazó fraternalmente y me dijo al oído: “Estamos preocupados en serio, Tato. Y los muchachos están como locos”.
Antes de que yo le alcanzara a preguntar, Cacho me dijo que lo que más le preocupaba de todo este proceso de estatización es que se podían terminar todos los beneficios que le daba la empresa cuando estaba privatizada.
“Tato… cobrábamos plus por todo…. Si estaba nublado nos pagaban mil mangos por el riesgo de lluvia, si llovía nos daban mil mangos por trabajo insalubre más los otros mil de las nubes”, me explicó a modo de confesión.
“¿Y si salía el sol?”, le pregunté acomodándome los lentes.
“Si salía el sol nos pagaban cuatro lucas para festejar que no estaba nublado ni llovía…. ¿Entiende Tato cuál es nuestra angustia? Este gobierno a lo sumo nos va a tirar feriados puente, algunos paquetes de “Yerba para todos” y unos vales de nafta común. Ni siquiera premiun”, dijo mientras se le quebraba la voz.
Le presté un pañuelo para que se suene la nariz e intenté consolarlo con un abrazo de costado. “Pero si ustedes se organizan pueden hacer un paro….”, le dije.
“¿Sabe que pasa Tato? Tenemos miedo que nos den un “plus anti paro”. Y los muchachos están tan acostumbrados a agarrar todos los plus que nos van a terminar embromando”, dijo mientras rompía en llanto.
Saludé a Cacho, le dejé el pañuelo porque ya estaba lleno de mocos y salí de la empresa para pegar la vuelta, cuando me encontré con mi gran amigo Héctor Camporita.
“¡Tatoooooooooooooooooo queridooooooooooo!….¡volvemos a tener soberanía sobre nuestros recursos naturales!”, gritó mientras me atrapaba en un abrazo tan grande que me desacomodó la peluca.
Don Héctor miró al cielo con los ojos entrecerrados y tomando aire de las bardas susurró: “Ya lo dijo Cris: este siempre fue su sueño”.
Volví a acomodarme la peluca, le chasqué los dedos al lado de la oreja para que se despertara y le dije en tono socarrón: “Bueno… pero en la década de los 90 Cris fue una de las que más jodió para que se privatizara YPF… están los registros taquigráficos de sus discursos cuando era diputada..”
“Tato… Tato de América…. Tatín… Tatengue… ¿quién no tuvo un pecado de juventud?”, me preguntó guiñándome un ojo.
Antes de que asintiera con una mueca, Camporita me preguntó mientras me daba otro abrazo y caminábamos despacio. “¿Cuántas veces se enamoró de joven, Tato?”
“Y… muchas… le contesté con una sonrisa cómplice”.
“¿Y cada vez que se enamoró… ¿no juró fidelidad eterna? ¿No prometió regalar estrellas y lunas a cada joven?.
Me quedé pensando y le reconocí que sí, claro. Pero que nunca pude cumplir con aquellos amores.
“Bueno esto es lo mismo Tato… pero es un amor patriótico… nada más que ahora estamos más maduros”, sonrió con mirada romántica mientras cortaba una ramita de jarilla.
“¡Mire allá Tato!… ¿los ve?”, me dijo sobresaltado mientras señalaba un monte desértico. Son los viejos trailers de YPF Tato… ¿los ve? ¿ve los asados populares?… fíjese que ya no hay catering de comidas pitucas, ni acentos españoles… hay camaradería pura de ypefianos criollos”, susurró casi entrando en un trance profundo.
Me aparté despacio mientras Camporita seguía con sus visiones y espejismos y decidí que era hora de retirarme del yacimiento de una buena vez por todas.
Antes de llegar a la camioneta en la que había venido, vi un enorme camión jaula que traía ganado y me acerqué al conductor para saciar mi curiosidad.
“¿Van a hacer un asado popular para festejar?”, le pregunté al chofer.
“No, estos son dos toros bravos que encargó especialmente José dela Hostiayla Madreque lo Parió”, me dijo el tipo con indiferencia.
Me fui mirando de reojo a los dos toros mientras varios remolinos de arena me acompañaban hasta mi camioneta.
Me puse a pensar en la estatización de YPF y la suerte que nos tocaría a los argentinos en este nuevo desafío.
Recordé la preocupación del sindicalista por los plus que podrían dejar de cobrar y en los dolores similares que tendrían el gerente dela Hostiay el Rey de España.
Recordé que las grandes ciudades y los grandes países se recuperan de cualquier crisis, tanto económica como política y que –como dice el dicho- siempre que llovió paró.
Por eso, mis amigos, traten de tomar todo con humor que la vida es una sola, es demasiado corta y hay que vivirla con alegría.
Miren los noticieros sin angustia, lean los diarios sin amargarse.
Hasta la próxima. Buena suerte, mucha merde, vermouth con papas fritas y ¡good show!
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