Por Mariano GrondonaLuego de la declaración ante la Justicia del yerno del rey Juan Carlos I, Iñaki Urdangarin, por la acusación de corrupción que pesa sobre él y que podría afectar a su esposa la Infanta Cristina, hija del rey, sólo brotaron en España reacciones débiles y aisladas contra la Monarquía y a favor de la República.
Si entendemos por "legitimidad" aquella feliz situación en la que un régimen político refleja los valores del pueblo, las monarquías europeas fueron legítimas durante siglos porque, hundiendo sus raíces en un remoto pasado, se habían convertido en una creencia colectiva hasta 1789, el año de la Revolución Francesa.
El segundo poder residual de los reyes tiene que ver con el caso Urdangarin. Podríamos llamarlo el "poder simbólico" porque, en virtud de él, el rey encarna la imagen que tiene de sí misma una nación
Hoy, sólo ocho monarquías subsisten en Europa: en el Reino Unido, Noruega, Suecia, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Luxemburgo y, como queda dicho, España. Pero esta notable persistencia de la monarquía en algunas naciones europeas se logró a cambio de la mutilación de su antiguo poder, que ha dejado de ser una "monarquía absoluta" para convertirse en una "monarquía constitucional" subordinada a la voluntad del pueblo.
Pese a este retroceso, a los reyes que aún subsisten les quedan dos poderes residuales. El primero de ellos es el que Locke llamó "poder de prerrogativa", que sólo renace en situaciones de emergencia. Y no se crea que el poder de prerrogativa es apenas un muñón de la historia, ya que el propio Juan Carlos I se apoyó en él para someter al coronel Antonio Tejero cuando éste pretendió restaurar el franquismo en 1981.
El segundo poder residual de los reyes tiene que ver con el caso Urdangarin. Podríamos llamarlo el "poder simbólico" porque, en virtud de él, el rey encarna la imagen que tiene de sí misma una Nación. El poder simbólico existe porque el pueblo querría ver reflejada en el rey nada menos que el amor a la patria. La principal misión del rey es, por eso, brindar al pueblo el supremo servicio de la "ejemplaridad".
Cuando la conducta de un rey deja de ser ejemplar, la nación se queda sin el espejo donde mirarse
Cuando la conducta de un rey deja de ser ejemplar, la Nación se queda sin el espejo donde mirarse. Si el rey se convirtiera en objeto de escándalo, el deterioro de su imagen lesionaría al espíritu de la Nación. El oficio real de ofrecer ejemplaridad al pueblo es tan severo que exige una dedicación absoluta de parte de quien carga con él. Es como si los reyes, desde que dejaron de ser absolutos, hubieran sido sometidos a la mirada "absoluta" de sus súbditos, que los observan cada día, minuciosamente. Los antiguos reyes absolutos tenían la potestad de mandar a sus súbditos a prisión. Los reyes simbólicos han quedado prisioneros, ellos, en una jaula de oro.
La exigencia de ejemplaridad también se extiende a los familiares del rey. Aquí es donde las dinastías son sometidas a un rigor si se quiere excesivo porque, ya sin gozar ni siquiera de un poder residual, los yernos, cuñados y demás parientes de los reyes también viven bajo la lupa de la sociedad. Esto tendría que haberlo pensado Urdangarin antes de cometer sus ya famosas "indiscreciones". Pero el hecho de que ellas apenas hayan rozado la piel de la dinastía borbónica que hoy encarna el espíritu de España, revela hasta dónde aprecian los españoles el servicio que les prestan Juan Carlos y Sofía, un servicio que los pone a cubierto del desgaste que suele sitiar a los políticos latinaomericanos, condenados a exponerse sin red a la vista de todos, huérfanos del símbolo protector de la monarquía constitucional del que gozan aquellos países que han tenido la fortuna, o la sabiduría, de conservarla. Es natural por eso que las sospechas sobre Urdangarin hayan preocupado sobremanera a los españoles, ya que las monarquías constitucionales de hoy no existen por gracia de Dios, como las monarquías absolutas de antaño, sino por gracia del pueblo, que necesita admirarlas para respetarlas..
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