“Las universidades se nutren del perfil académico de sus docentes”

“Las universidades se nutren del perfil académico de sus docentes”
El profesor titular de Ética en la Universidad Nacional de Mar del Plata recibió esta semana el “Premio Nacional de Cultura”, una distinción que alimenta el prestigio de la carrera local de Filosofía
Recientemente distinguido por el Gobierno nacional con el Premio Nacional de Cultura, el filósofo y profesor titular de Ética en la Universidad Nacional de Mar del Plata Ricardo Maliandi, compartió con El Atlántico su emoción por este importante reconocimiento a su amplia trayectoria en el ámbito de la docencia y la investigación con absoluta dedicación en el campo de la Filosofía.

La Secretaría de Cultura de la Nación le entregó esta semana en el Palais de Glace su máximo galardón a un hombre apasionado por el arte de trasmitir conocimientos en el ámbito universitario, con genuino amor por la enseñanza y la excelencia en la formación de cientos de profesionales a lo largo de 50 años de trabajo.

Ricardo Maliandi sueña con que los “nuevos brillantes filósofos marplatenses” encuentren el camino para concretar una de sus metas pendientes: implementar el Doctorado en Filosofía en la ciudad; recuerda con alegría momentos gratificantes al frente de aulas en distintos países del mundo, y con nostalgia los años de la última dictadura militar, en los que debió exiliarse; pero por sobre todo, revaloriza una y otra vez el rol del docente y utiliza una frase de Confucio para definir su trayectoria y su principal legado para las nuevas generaciones de estudiantes: “Aprender sin pensar es inútil; pensar sin aprender es peligroso”.

-¿Qué características tiene la distinción que le entregaron esta semana en el Palais de Glace?

-Se trata de uno de los premios nacionales de Cultura que han sido tradicionalmente una forma de reconocimiento oficial, por parte del Gobierno de la Nación, a la producción cultural de los argentinos. Se premian en general varias áreas culturales. El que me entregaron a mí es en la disciplina “Ensayo filosófico”, y me fue otorgado por mi reciente obra de Ética convergente, producto de un largo trabajo realizado en Mar del Plata durante los 17 años que llevo viviendo en esta ciudad tan bella, que por muchos motivos considero mía.

-¿Qué representa esta distinción para la Universidad Nacional de Mar del Plata?

-Para cualquier universidad debe ser un motivo de satisfacción y orgullo contar en su cuerpo docente con un Premio Nacional como éste. Por lo menos así ocurre en las grandes universidades del mundo. El Instituto Tecnológico de Massachusetts, por ejemplo, tiene varios Premios Nobel en su historia, y esa institución se ha engrandecido con ellos, porque las instituciones universitarias se nutren del perfil académico de sus docentes. Ojalá ocurra algo así, alguna vez, en la Universidad de Mar del Plata. Pero ahora, en mi caso, el panorama es oscuro. Creo que quedaré cesante a fin de año por razones burocráticas. Tampoco se le dio importancia, hace pocos años, a mi designación como Académico Titular en la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires. Ahora un grupo de alumnos y exalumnos ha elevado, con el apoyo de 400 firmas el pedido de que se me designe profesor emérito. Pero tampoco hay certeza de que esto prospere.

-¿Considera que este reconocimiento constituye un incentivo para los alumnos y otros docentes de la carrera?

-Debería serlo, pero me temo -y ojalá me equivoque- una restricción en tal sentido, por los motivos ya señalados. No obstante, no hay duda de que lo primordial en toda universidad son los estudiantes, puesto que la institución cobra sentido en cuanto organización para formarlos como profesionales e investigadores. Y son particularmente los estudiantes quienes en la Unmdp me han dado muestras de comprensión acerca de la importancia que revisten los reconocimientos oficiales de la labor académica.

-¿Cuál cree que es la clave para ser un buen docente universitario en la actualidad?

-Las condiciones principales no son sólo de esta época, sino de siempre: el genuino amor a la enseñanza y la responsabilidad seriamente asumida por la formación de excelencia en los alumnos. En la actualidad adquiere una significación agregada la conciencia de que estamos viviendo una mayor unificación entre los pueblos latinoamericanos y adoptando una propia actitud frente al mundo. No desechamos la tradición europea ni la de la América sajona, pero creo que por primera vez en la historia hemos adquirido una nítida identidad y podemos hacerla valer. Esto se ratificará en la medida en que vaya siendo incorporado a la docencia universitaria, sin timideces etnocéntricas, sino con certezas universalistas.

-¿En qué se destaca (y cómo viene funcionando) la carrera de Filosofía de la Unmdp?

-Pese a las muchas dificultades, la carrera está funcionando bien, si hemos de medirla por la calidad de la mayoría de los jóvenes que egresan. Muchos de ellos están complementando sus estudios de grado con doctorados que siguen -y varios han ya culminado- en otras universidades, ya que aquí, hasta ahora, no se ha logrado aún implementar el doctorado en Filosofía. Esperemos que precisamente estos nuevos y brillantes filósofos marplatenses encuentren los caminos para concretar ese viejo proyecto.

-¿Cuáles han sido sus momentos y experiencias más gratificantes dentro del ámbito universitario?

-Mi carrera universitaria es de larga data: regresé de Alemania, donde hice mi doctorado (tras haber completado mis estudios de grado en la Universidad Nacional de La Plata) en 1964, y desde entonces he ejercido ininterrumpidamente la docencia como profesor titular. Estuve durante la dictadura militar dos años afuera (en Alemania y Venezuela), pero también dando clases. En nuestro país lo hice especialmente en la UBA, aunque asimismo en varias otras universidades. Además he sido investigador del Conicet durante 40 años (1965-2005). Las experiencias gratificantes han sido muchas y variadas, porque siempre tuve una especial vocación por la enseñanza, y mis relaciones con los alumnos han sido por lo general mejores que las que tuve con las autoridades, aunque reconozco que en algunas universidades he sido tratado con mucho reconocimiento y respeto. También he tenido experiencias desagradables, pero posiblemente éstas son inevitables en todas las profesiones. Después de 48 años de docencia siento que las mayores gratificaciones han sido las de comprobar que he contribuido a la formación de mucha gente dedicada a la filosofía.

-¿Cuál es el mensaje para los jóvenes que hoy se están formando en la Universidad Nacional?

-Que recuerden algo que digo siempre: la filosofía puede verse como una débil llamita que viene transmitiéndose a través de las generaciones de filósofos, desde hace algo más de 2.500 años. No alcanza el tamaño de una antorcha: es apenas la llama de un fósforo, pero cuán importante en medio de la gran oscuridad que nos rodea. El trabajo de nosotros, los filósofos, es cuidar que no se apague. Hay también una famosa frase de Confucio que vale la pena recordar: “aprender sin pensar es inútil; pensar sin aprender es peligroso”. Creo que eso sintetiza lo que un filósofo debería tener primordialmente en cuenta, especialmente en sus tareas pedagógicas.

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