Postergó las decisiones hasta la cumbre depasado mañana; fuerte presión sobre Berlusconi
PARIS.- Cuánto, cuánto y cuánto son los tres enigmas a los que no consiguieron responder ayer los líderes europeos para sacar a la Unión Europea de la profunda crisis y salvar a la moneda única.
Cuánto tendrán que perder los acreedores con el default parcial de Grecia, cuánto tendrán que pagar los Estados para recapitalizar a los bancos y cuánta será la potencia de fuego del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF).
Para conocer esas tres respuestas fundamentales, el mundo deberá esperar hasta pasado mañana, al término de otras dos cumbres (una de los 27 miembros de la Unión Europea y otra con los 17 de la eurozona).
La situación es tan intrincada y difícil que durante semanas de reuniones preparatorias, minicumbres bilaterales, conferencias telefónicas e incluso la cumbre europea de 17 jefes de Estado y de gobierno de la zona euro de ayer en Bruselas, Francia y Alemania no consiguieron -una vez más- ponerse totalmente de acuerdo.
"Hay importantes avances en la mayoría de los temas", afirmaron con incomodidad Nicolas Sarkozy y Angela Merkel en la conferencia de prensa conjunta.
La razón técnica fundamental para esa demora es la obligación de la canciller alemana de informar a los diputados del Bundestag antes de asumir cualquier obligación financiera suplementaria en nombre de su país. Pero las diferencias entre los dos motores de la construcción europea son mucho más profundas.
Al término de la pulseada de las últimas horas, París se vio obligado a renunciar a su idea de implicar al Banco Central Europeo (BCE) en el reforzamiento del FEEF. Merkel se opuso tenazmente debido a que -insistió- esa decisión hubiese violado la prohibición jurídica que pesa sobre esa institución de ayudar presupuestariamente a los gobiernos de la zona euro.
Actualmente dos escenarios quedan sobre la mesa para reforzar el FEEF y otorgarle una potencia de fuego de por lo menos 1000 millones de euros. Uno propone que el fondo actúe como un sistema de seguro parcial de la deuda pública de los países en dificultad; otro propone una mayor participación del Fondo Monetario Internacional (FMI) en ese dispositivo. Es probable que ambas ideas terminen combinadas.
Un acuerdo sobre esa segunda opción sólo podría ser alcanzado en la próxima cumbre del G-20 en Cannes, a comienzos de noviembre.
Esa sería una de las respuestas. Pero también será necesario estabilizar a una Grecia hiperendeudada, imponer sustanciales pérdidas a los bancos acreedores de ese país y recapitalizarlos para que soporten el shock. Ante esa perspectiva, es imprescindible preparar la solidez del FEEF. Para Merkel, "las negociaciones acaban de comenzar, de modo que sería inútil hacer especulaciones".
Evitar la catástrofe
En detalle, los países de la zona euro se han puesto de acuerdo para exigir de los bancos pérdidas de por lo menos 50%, lo que representaría unos 108.000 millones de euros. Atenas está actualmente asfixiada por una deuda colosal de cerca de 350.000 millones de euros (162% del PBI). No es difícil imaginar que las negociaciones con el sector financiero son tanto o más arduas que las de Bruselas.
Ante esa resistencia, Sarkozy se mostró determinado, y advirtió que "cada uno debe asumir su parte". En otras palabras: si los bancos no aceptan perder el 50% de sus inversiones en la deuda griega, podrían perder -a término- mucho más.
Inquietos sobre las posibilidades de contagio de la crisis, los europeos manifestaron ayer una inusual severidad con Italia, agobiada por una deuda de 1,9 billones de euros, cifra que representa el 120% de su PBI. El gobierno de Silvio Berlusconi fue acusado de no respetar sus promesas de rigor presupuestario y de no realizar las reformas económicas imprescindibles para superar esa situación.
"Dijimos claramente a Berlusconi lo que Italia debe hacer para responder a sus responsabilidades", declaró Merkel. Visiblemente ofendido, Berlusconi se defendió en tête-à-tête antes de la cumbre con el presidente de la UE, Herman Van Rompuy, y después con Merkel y Sarkozy.
El último tema en la agenda no es el menos conflictivo: la reforma de la gobernabilidad de la eurozona, cuyos dirigentes nombraron a Van Rompuy para dirigir las reuniones de los 17 miembros, además de sus funciones de presidente de la UE.
Esa decisión, impulsada por Alemania con el objetivo preciso de reforzar la disciplina presupuestaria, exigirá cambios en el tratado institucional. La cuestión reviste tanta importancia para los dirigentes germanos que el jefe de la diplomacia, Guido Westerwelle, llegó a proponer que los países que no cumplan con esa obligación fueran juzgados ante la Corte de Justicia Europea. Pero los otros países de la Unión aprecian poco esta incipiente Europa a dos velocidades.
Gran Bretaña, Suecia y Polonia, por ejemplo, aceptan cada vez más difícilmente la propensión de sus pares del Eurogrupo a reunirse entre ellos, reforzar el pilotaje en común de sus economías y decidir sin aquellos que no comparten la moneda común.
"Las decisiones de los 17 afectan al resto de la UE", advirtió el primer ministro británico, David Cameron. "Somos 27, es necesario funcionar con todos los miembros de la UE", dijo irritado Fredrik Reinfeldt, el primer ministro sueco..




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