Cuando el Gobierno publica datos relacionados con el ingreso de turistas a Catamarca puede ocurrir que alguien, tal vez un tanto despistado, piense que estamos “a full” turísticamente hablando.
El hecho que en un fin de semana largo vengan quinientos, mil o dos mil turistas no es algo significativo ni indicio de que la actividad turística esté funcionando bien. Para que se entienda vaya un ejemplo: supongamos una ciudad en la que hay diez salas cinematográficas con capacidad para siete mil personas pero únicamente los fines de semana cortan dos mil entradas. Evidentemente que se trata de un cuadro negativo que escasamente permite una supervivencia dificultosa. Pero un par de veces al año concurren quince o veinte mil personas con deseos de ir a esos cines y-obviamente-, muchos se quedan afuera, deambulando un poco a la buena de Dios por diversos lugares.
Lo correcto sería atraer público lo días de semana y organizar funciones especiales cuando el número de personas excede la capacidad de las salas de modo que todos disfruten del espectáculo. Pero eso no lo harán los empresarios. Lo tiene que hacer el Gobierno a través de leyes y disposiciones inteligentes que incluyan subsidios para afrontar ocasionales problemas de los exhibidores.
El éxito o el fracaso de una promoción turística se aprecia a través de lo que dicen los visitantes. Y cuando alguno señala que “le arrancaron la cabeza” en un bar donde consumió un par de emparedados y dos gaseosas está emitiendo una señal que debe ser atendida. O un turista protestando porque en el hotel donde se alojó no había agua caliente en el baño.
Una queja que se reitera se refiera al trato descomedido que se advierte en personas que están en contacto directo con los turistas: mozos de bares y restaurantes, vendedores diversos, “tacheros” y remiseros, personal de las oficinas de informes, hombres y mujeres en general.
Suelen dar la impresión que esos son trabajos denigrantes. Que ser amable con un turista es servilismo. Se mueven –a veces-, como resentidos sociales.
Escasean los vendedores hábiles en los negocios. Se limitan –por lo general-, a mostrar lo que les piden y adoptan en muchos casos una actitud corporal propia de quien está apurado. Como si urgieran al cliente a decidirse. No utilizan las “ideas concomitantes”. Esto significa que si una persona adquiere un poncho es porque necesita abrigarse y el vendedor o vendedora –cuando es hábil-, le ofrecerá un par de guantes de abrigo, un gorro tipo “altiplano”, un echarpe tejido o un par de pantuflas para cuando esté en su casa. En un elevado porcentaje este procedimiento funciona y el cliente gasta algo más de lo que pensaba y el comerciante factura un adicional para lo cual no tuvo que invertir en publicidad, luz, impuestos ni nada por el estilo. Dicho sea de paso: no se advierte en nuest4ro medio el dictado de cursillos para vendedores de ninguna clase.
Otro reclamo muy frecuente se vincula a lo que cobran los taxis y remixes por un viaje “especial” o ”fuera del radio urbano”. Tal vez el más común es cuando el turista es trasladado a El Rodeo o al dique de Las Pirquitasy paga una grosería por el viaje de ida. Pero en el viaje de regreso utiliza un vehículo que quedó libre y cobra menos por “una corrida” que hubiera hecho vacío.
Capítulo aparte –y bien extenso por cierto-, serían las hosterías “oficiales”. Posible tema de una próxima entrega mientras arrecian las críticas hacia el ente turístico de la provincia conducido por una mujer cuya cabeza piden a gritos algunos sectores.
Catamarca turísticamente y desde el punto de vista económico, es un gigantesco yacimiento de dinero que no contamina y es renovable “in aeternum” que requiere ser explotado exitosamente por entendidos en la materia, despojados de intereses personales y actuando ”en equipo” con el sector privado.
El Estado en este caso, debe orientar, establecer políticas, fijar normas y asistir económicamente emprendimientos que exijan una inversión de riesgo al empresario. No se trata de repartir plata “a la quila y la sopadera” entre los amigos del gobierno aunque sean ineptos. De lo que se trata es de “explotar el turismo” esa “gran industria sin chimeneas” en lugar de explotar al turista que luego de una desagradable experiencia en Catamarca se abstendrá de una nueva visita y hablará `pestes de nuestro turismo.
Como en toda regla, hay excepciones. Tal vez sea entre ellas donde haya que buscar la puesta en marcha de una gestión ambiciosa, coherente, honesta y enamorada de Catamarca y “sus mil tonos de verde”.
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