Fue el tema del año, el más tratado, no por insistencia sino por permanencia. La Dirección de Tránsito sigue siendo una bolsa sin fondo que gasta una fortuna para nada, y reparte horas extras que no se cumplen. Mientras tanto, la gente muere y mata en cada esquina, y sólo quedan estrellas amarillas.
Esta ciudad no es la única que no puede controlar el tránsito, pero aquí la proporción de accidentes es escandalosa en relación con el parque automotor estable. Además, cada conductor recuerda casi con furia la conducta demostrada por los agentes de ese sector en sus operativos, y sabe a ciencia cierta que puede pasar tres mañanas completas para obtener su libre deuda si es que lo han encontrado accidentalmente con un foquito apagado.
Pero sabe también que mientras él era penalizado, a su lado pasaban vehículos sin ninguna de las luces reglamentarias, ni patente, ni muchos menos VTV. Esos no son sancionados, “porque total no pagan nada” dirá un inspector al ser preguntado. Ineficiencia permanente.
Pero esto no es todo. Seguramente, todos los lectores recuerdan el escándalo por el robo de motos en custodia, acaecido durante la gestión de Rubén Mansilla. El entonces Director de Transporte y Tránsito de la municipalidad de Mar del Plata había sido entrevistado en la emisora 99.9, solamente tres días después de que se perpetrara el último de los robos a los galpones de Orfei, ubicados en el paraje Santa Paula sobre la ruta 226, que se utilizan para depositar vehículos secuestrados por la Dirección de Tránsito. Ya entonces, parecía que el funcionario hablaba de otro lugar o de otro robo. “Los galpones son seguros”, decía, y minimizaba el hecho relatando que no se trataba de motos secuestradas recientemente, sino que llevaban allí años.
Un buen día Claudia Rodríguez, la ex patinadora -y conocedora a ultranza del modo que tienen de girar las ruedas; de los patines, claro- fue nombrada Directora de Tránsito, lo cual demuestra la tremenda importancia que nuestro Ejecutivo le concede al problema del caos vehicular que aqueja a la ciudad. La ex edil debió defender de entrada su idoneidad, y no tuvo mejor idea que inaugurar su carpeta de recortes de prensa como directora diciendo: “No es necesario ser un gran sabihondo específico del área”. La frase poco feliz pareció significar: “yo no sabré nada, pero para lo que hay que hacer...”.
Dibujados
Y llegó la primera denuncia: se supo que los empleados de Tránsito encargados del control de la zona de Alfar, los que ordenaban el retorno desde las playas del sur, hacían fichar por otro sus tarjetas para que figuraran ocho horas extras cumplidas por cada uno de los doce agentes. En realidad, realizaban una jornada simple y no concurrían todos, sino que se turnaban para trabajar. Para colmo de males, estaban tan habituados al mecanismo de estafa permanente de los dos meses de la temporada, que presentaban el mismo horario de fichaje de extras en los días de lluvia. De ser cierto lo que decían las tarjetas, cada uno de esos agentes hubiera estado trabajando durante más de 15 horas corridas y sin un solo franco en todo el verano. Si alguien se acercaba a preguntar por un empleado, se le decía que estaba en su descanso, cuando tal período es de escasos veinte minutos. El invocado no estaba ni estaría allí hasta que no le tocara cumplir -por rotación- un turno.
Ahora bien. La cuenta es bastante sencilla: 8 horas por treinta días son 240 horas; a $27 la hora -cuando se trata de empleados no jerárquicos- representan un sobresueldo de $6.480 por mes, por agente. Ese importe cobraría, además de su sueldo, cada uno de esos doce agentes de Tránsito, a cambio de un trabajo que efectivamente no realizó.
Lo cierto es que la cifra generaba dudas, el número era demasiado generoso. Daba a pensar que podría tratarse de una de las famosas cajas políticas, las de los sobres que escalan jerárquicamente hacia arriba. Sobre todo si se tiene en cuenta que ninguno de los funcionarios que recibió esta denuncia hizo absolutamente nada, y la copia fue enviada a principios de año a Adrián Alveolite y a Santiago Bonifatti.
Malos antecedentes, había. El fiscal Eduardo Amavet –del Tribunal Nº 9 de Delitos Económicos- se había dirigido al intendente Gustavo Pulti a través de un oficio fechado el 4 de mayo de 2009, donde le decía que la fiscalía tenía ya 21 denuncias de conductores por extorsión, que señalaban directamente a inspectores de Tránsito. Agregaba que, sin embargo, la investigación se había entorpecido, porque estos agentes solamente realizaban maniobras ilegales cuando estaban a punto de infraccionar a una persona que se encontrara sola dentro de su vehículo. En caso contrario, hacían descender del coche a los restantes pasajeros, para que no pudieran atestiguar sobre un posible cohecho.
Amavet presentó la denuncia de un conductor de moto que fue interceptado por Tránsito en el cruce de la avenida Juan B. Justo y la calle España, cuando no portaba el comprobante de pago de su seguro. En la oportunidad, según asegura el denunciante, los dos agentes le solicitaron la entrega del MP3 que portaba a la vista, a cambio de no multarlo. No obstante, el denunciante no pudo respaldar su denuncia, porque los municipales no se quitaron en ningún caso el casco reglamentario, que tiene además un visor polarizado que impide la identificación del rostro.
A pesar de todo, el conductor anotó la numeración de la moto, pero ese dato no fue prueba suficiente para asegurar que los agentes identificados como Mariano Rubio y Fabián Ávalos fueran quienes, desde detrás de sus cascos, habían coimeado al joven de una manera pueril.
El fiscal no pudo lograr una confirmación fehaciente, y por eso indicó en su oficio que era imprescindible que los agentes de tránsito actuaran siempre a cara descubierta -sin gorros, ni casco, ni lentes- y que además exhibieran su credencial con nombre y numeración precisa. Cayó en saco roto.
Acá no es
La respuesta no se hizo esperar, y el control de Alfar simplemente se levantó. Se destinaron sólo cinco agentes hasta el 22 de enero, y luego se retiraron del sector, decisión que la directora informó en un memorándum sin fecha. No se notificó a los encargados del área, para evitar así fechar las copias.
Rodríguez algo tenía que decir, sobre todo cuando debía responder a la prensa al respecto. Entonces adujo que, a pesar de que la Dirección disponía de horas extras y móviles, su personal simplemente no quería hacer ese trabajo: “No podemos obligar al personal a hacer horas extras si no lo quieren hacer”. Es decir que, hasta entonces, todo el personal estaba dispuesto a cobrar horas extras. Ahora, cumplirlas es otra cosa.
Por otra parte, la defensora del pueblo Mónica Felices había dicho en un reportaje para un diario local, que ciertos empleados municipales fichaban en Tránsito, cuando en realidad cumplían funciones en otras dependencias. Dijo también que otros fichaban y no es que trabajaban, sino que se quedaban en sus casas porque teóricamente trabajaban allí. Con la denuncia, volvieron todos a hacer al menos acto de presencia.
Después del episodio del Alfar hubo una reunión con delegados y jefes, en la que Claudia Rodríguez quiso mostrarse fuerte, aunque en realidad se la vio simplemente equivocada. Pidió cifras, estadísticas, noticias para dar a la prensa, y un mínimo de 500 o 600 secuestros mensuales. ¿Puede alguien prever cuántos conductores van a cometer una infracción? ¿O es que se van a secuestrar coches aunque no infrinjan la ley? La respuesta de la directora fue que ningún agente podía estar en funciones sin generar secuestros.
Pero una deportista de nivel internacional -como lo ha sido la actual directora de Tránsito de la comuna Claudia Rodríguez- sabe de sobra que las cosas no se consiguen gritando, ni cerrando los puños, ni desoyendo sugerencias, ni diciendo “acá se hace solamente lo que yo digo”. Las carreras se ganan transpirando, entrenando y demostrando mayor habilidad que los demás.
A los pocos días hubo una asamblea de empleados de Tránsito con su jefa. Los ánimos estaban caldeados porque –según se dijo- con ella no se puede hablar: es una persona muy poco predispuesta al diálogo, y está muy ocupada en que las cifras le den bien ante el Ejecutivo. Los empleados dijeron que “tiene humos”, y que estaban dolidos porque, si bien ella asegura que quiere hacer las cosas bien, sentían que Rodríguez permanentemente se acercaba a los medios de prensa para “hablar mal de la dependencia”.
Además, los preocupaba mucho la situación de la Dirección: sentían que cada vez se le daba más poder a la Agencia Nacional de Seguridad Vial y a la policía, como si se planeara hacer desaparecer a Tránsito municipal. En el código interno de los empleados, decían: “algunos quieren pintarla de naranja”, en alusión al color identificatorio de aquella institución.
En principio, los delegados del sindicato y sus empleados pensaban ir a hablar con Ariel Ciano, secretario de Gobierno comunal, para pedirle que “la aplacara un poco a Rodríguez”, pero no llegaron a tiempo. Sucedió que en plena reunión entre empleados y su directora, el secretario se apareció de la peor manera. Reconoció no haber sido invitado, y abrió el fuego diciendo “a ver qué pasa acá”.
Las cosas no funcionaron: “Ella es napoleónica” dijeron los empleados, pero salió de la reunión llorando porque no está acostumbrada a que la contradigan.
Y después, vuelta a punto cero: una muerte detrás de otra en accidentes permanentes. Una estrella amarilla tras otra señalando los sitios en los que muere gente, sin que la Dirección de Tránsito pueda registrar la más mínima eficiencia en su mandato. El tema del año para este semanario, y de la vida misma para la gente de la ciudad. El karma de los que viven acá.






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