La insistente versión acerca de un arreglo entre el bederismo y el quintelismo no tuvo asidero. Se viene una dura elección en la Capital. El intendente busca instalar el tema de la inseguridad con el debate de la policía municipal.
A comienzos de esta semana, volvió a correr como un reguero de pólvora la versión de que el bederismo y el quintelismo estaban por hacer las paces. Incluso se decía que el lunes se mantenían reuniones simultáneas en dos lugares, uno céntrico y otro cercano a la Residencia, entre dirigentes de ambos lados, con la finalidad de cerrar un acuerdo.
Pero ese acuerdo nunca llegó y, aparentemente, nunca llegará. En el entorno más cercano a Beder Herrera descartaron que haya existido cualquier acercamiento o siquiera la intención de conversar, salvo algún encuentro entre dirigentes, a título rigurosamente personal.
Es más, al lado del gobernador señalan que la relación con Ricardo Quintela ni siquiera está en la agenda de las cuestiones más importantes que quiere atender el mandatario. Por el contrario, insisten en que el vínculo se rompió definitivamente, que ya no hay retorno para un acuerdo político y que en todo caso podría reencauzarse en un plano estrictamente institucional, pero en un futuro no muy cercano.
Y circularon más rumores. Mientras que en ciertos sectores del oficialismo se afirmaba que el quintelismo buscaba un camino para acordar, otros –con más certeza– le atribuían el supuesto acercamiento a un funcionario provincial con llegada al jefe comunal por fuera de la política, pero finalmente debieron admitir que ni siquiera ese puente pudo resistir los embates de esta mala relación. O sea que, de acuerdo, no hubo nada.
Un duro 2013 en Capital
Con este panorama, se avecina una dura elección legislativa para el año próximo en la Capital. En el principal distrito estarán en juego ocho bancas, que deberán repartirse entre bederistas, quintelistas y el radicalismo, que podría llegar dividido luego de la durísima interna pasada.
Por un lado, el oficialismo ya tiene en carrera al bosettismo –aunque todavía no está claro si el propio ministro de Infraestructura sería candidato–, a la vez que pretende asegurar la reelección de varios diputados y, por qué no, incluir a alguno de los jóvenes funcionarios (crecieron porque ya nadie les dice “Beder boys”) que se ganaron un lugar en la mesa de las decisiones políticas importantes. De todos modos, más allá de los inevitables empujones y codazos entre quienes buscan perfilarse como candidatos –hace dos semanas hubo un cruce muy duro entre tres o cuatro referentes bederistas–, una vez más y fiel a su estilo, el que tiene la lapicera para escribir la lista no es otro que Beder Herrera; la experiencia indica que el famatinense se reserva la última palabra en estas cuestiones y esta vez será igual.
De acuerdo a las claras señales que dio el propio Beder Herrera, es impensable que el quintelismo pueda volver a formar parte de una lista oficialista. Por lo tanto, el intendente deberá salir a buscar los votos por la minoría, en tanto quedó probado que no pudo triunfar solo en su propio territorio cuando, por ejemplo, debió enfrentar al senador Carlos Menem, una pieza que todavía cuenta, como se verá más adelante.
De tal modo que Quintela deberá medirse con los radicales, duros contendientes que tienen en uno de sus sectores a su quizás más feroz enemigo, el diputado Guillermo Galván, que lo tiene contra las cuerdas por el escándalo de los aportes a los PIL, que ya está en manos de la Justicia. También el Gitano deberá tener en cuenta al ex intendente Luis María Agost Carreño, quien se está preparando para retomar la actividad política y cuenta con un capital electoral propio que busca acrecentar con un trabajo que ya inició en la zona rural para acceder a una banca.
En el ámbito legislativo está por producirse una importante novedad, ya que es inminente la salida del diputado Cacho Luna del bloque bederista. El flamante presidente de Norte Grande se viene despegando de las posturas del oficialismo y la ruptura con la bancada ya no tendría marcha atrás. Son unos cuantos los que sostienen que el hermano de la senadora Teresita tiene sólo un lugar donde recalar, que sería el quintelismo.
A diferencia de lo que venía sucediendo en las anteriores elecciones, esta vez el Partido Justicialista volvería a ser la herramienta electoral del oficialismo. Con la negativa del quintelismo de presentarse a la interna, que verbalizó Armando Molina, queda el camino allanado para que Beder Herrera pueda presidir el partido. Dentro del peronismo, muchos lamentan la decisión del Gitano, que podría haber puesto en su lugar las fuerzas y pretensiones de cada uno y preservar la Casa de Todos como lugar de pertenencia de todos los sectores.
Entre quienes participan de la construcción de la estrategia partidaria del bederismo en el partido se llegó a considerar la intervención de Carlos Menem, quien ha sido objeto de una reivindicación por parte del oficialismo, que le tendió una alfombra roja para que fuera reelegido en el Senado. Pero su reaparición en el PJ está más ligada a una jugada táctica mirando al palacio Ramírez de Velazco, en ese caso habría que esperar a ver cómo se desarrollen los acontecimientos.
Las gorras del quintelismo
Mientras tanto, y como es su costumbre, el quintelismo insiste con iniciativas precipitadas y alejadas de la realidad.
Desgastado por la última movilización, ya que tras el acampe la Multisectorial no obtuvo mayores logros y tampoco pudo ocultar situaciones escandalosas como las de los PIL, los quintelistas buscan nuevos focos de conflicto con el Gobierno provincial.
Esta vez, mediante el concejal Harry Pérez, el intendente intentó instalar la cuestión de la inseguridad a través de un debate para crear una policía municipal. El edil habló de falta de voluntad para designar personal en la Policía provincial como para crear comisarías y postas, sobre todo en el sur de la ciudad. Entre sus argumentos, sostuvo que en esa zona se triplicaron los robos, tras lo cual pidió a su jefe “redoblar el esfuerzo” para dar más seguridad en las calles.
El proyecto es muy endeble y amerita algunas observaciones. Por un lado, la primera reflexión es que el intendente debería dedicarse a sus asuntos irresueltos –bacheo, iluminación, limpieza de calles y espacios públicos– antes de embarcarse en una cuestión de la complejidad de instaurar una policía municipal. Esto lo sabe bien Mauricio Macri, quien tuvo infinidad de roces con el gobierno nacional por la Policía Metropolitana y hoy, a más de dos años de su implementación y a pesar de contar con un presupuesto infinitamente mayor que el de La Rioja, sólo pudo ponerla en acción en algunos barrios de Buenos Aires. El cálculo que aporta Pérez, respecto de que con 500 mil pesos mensuales alcanzaría para su funcionamiento, no tiene ningún asidero, ya que ese monto no alcanzaría ni siquiera a cubrir cien sueldos de más de 4 mil pesos, como propone el edil aunque la policía provincial ya sobrepasó esa remuneración, sin tener en cuenta la infraestructura y el equipamiento.
En otro orden, enfatiza el sobrino del intendente el aumento de hechos delictivos en el sur, pero omite relacionarlo con el crecimiento geométrico que tuvo la población allí en los últimos años. La propuesta es tan débil que se plantea como una declaración del cuerpo, en vez de presentar un proyecto debidamente fundamentado en estudios y opiniones de especialistas, con referencias a experiencias similares en otros distritos.
Pero hay que subrayar que las carencias en la gestión de Ricardo Quintela son parte de la problemática de seguridad actual. Por caso, la falta de luminarias en espacios públicos y calles son un factor que incide gravemente en obstaculizar las tareas de prevención en las que está embarcada la Policía; por más cámaras de seguridad y patrulleros que recorran la Capital, poco se podrá hacer si la noche resguarda a los criminales ante la falta de una buena iluminación pública, tarea que es pura y exclusiva responsabilidad del intendente.






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