Una tregua que cambió costumbres

Los camioneros y habitantes de Gualeguaychú aprovechan el levantamiento temporal del corte
GUALEGUAYCHU.- Adrián González come fideos al lado del camión y repite que le cuesta creerlo. Faltan sólo un par de horas en la aduana argentina para que lo dejen cruzar la frontera y poder llevar una carga de polietileno a Montevideo. Va a hacer en tres días un viaje que hasta hace un mes le llevaba 15.

"¿Sabés lo que era esperar hasta dos días en el cruce de Colón?", recuerda mientras prepara los cubiertos. En los últimos cuatro años, se acostumbró a cruzar a Uruguay con colas de hasta diez kilómetros, sin lugar para moverse, a la intemperie, en plena ruta. Ahora sonríe con tono socarrón, con el camión cómodamente estacionado: "Los asambleístas esto no lo cierran más".

La historia de Adrián se repite por cientos, a su alrededor, en la ruta nacional 136. Pero los camioneros no son los únicos. De un lado y otro del río Uruguay, hay miles de habitantes que habían modificado sus costumbres desde el corte de Arroyo Verde. Y que, ahora, sienten que la tregua, que hoy cumple 30 de los 60 días acordados, podría volver a cambiarles la vida.

Cuando era sólo una niña, Erica Polaski viajaba siempre con su mamá a Gualeguaychú. Entre las dos se llevaban mercadería barata para revenderla en Fray Bentos. En 2006, con el corte, tuvieron que rehacer su vida. "Todo se acabó con el bloqueo", dice Erica.

Pero el futuro del corte hoy podría volver a jugar con su destino: la aduana uruguaya empezó a ofrecer empleo en el puente internacional desde que se puede volver a cruzar. Erica ya está anotada en lista de espera. Espera volver a trabajar.

Nelly Guerra, en cambio, todavía tiene miedo. Hace 80 años que vive en Fray Bentos. Gualeguaychú era su segunda ciudad, hasta 2006. Sus tías y sus primas vivían aquí. La historia no terminó bien: dos de ellas fallecieron cuando el corte estaba en pleno auge y Nelly ni siquiera pudo ir a los entierros. "No tenía sentido llegar cuando ya todo se hubiera terminado", se lamenta hoy. Habla desde el fondo de una voz frágil. Del otro lado, esperan sobrinos que apenas conoce, pero dice que no cruzará hasta que los asambleístas le aseguren que no van a volver a cortar. Dice tener sus razones: "No voy a ir. ¿Se imagina si veo a mi familia y vuelven a cortar? Me muero".

Del otro lado del río, en Gualeguaychú, Raúl Beber ahora atiende sonriente una parrilla en las afueras de la ciudad. Hace dos meses, había amenazado con desalojar a los asambleístas por la fuerza. Hoy parece más tranquilo. "Empecé a respirar otra vez", dice. En estos días jura haber levantado las ventas un 20 por ciento por el paso de turistas que van y vienen. Hasta la semana pasada, atendía las mesas él mismo, acongojado por las cuentas. Ahora está pensando en tomar mozos los fines de semana.

El problema del peluquero Sergio Coitiño no eran las cuentas. El drama era la familia. Cuando operaron a su madre en Mercedes, a 30 kilómetros de Fray Bentos, estaba bloqueado el paso y sólo podía pasar con "justificativo médico". Fue uno de los primeros en aprovechar el paso libre para reencontrarse con su madre.

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