Así tratan adictos en el Ipad

El instituto público de rehabilitación de drogas vuelve a estar colapsado. Hay 74 pacientes para 52 camas. El 80 por ciento son judicializados.
En la sala de estar, los pacientes comparten con policías (Mariano Paiz).

Donde duermen dos, duermen tres. Una mujer, encadenada (Mariano Paiz).

Donde duermen dos, duermen tres. Una mujer, encadenada (Mariano Paiz).

Cuatro jóvenes duermen en el piso, por falta de camas (Mariano Paiz).

Cuatro jóvenes duermen en el piso, por falta de camas (Mariano Paiz).

Así están las instalaciones en el Ipad (Mariano Paiz).

Así están las instalaciones en el Ipad (Mariano Paiz).

Así están las instalaciones en el Ipad (Mariano Paiz).

Así están las instalaciones en el Ipad (Mariano Paiz).

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Así tratan adictos en el Ipad

04/12/2011 00:00

Por Natalia Lazzarini

¿Cómo compaginar

la aniquiladora

idea de la muerte

con este incontenible

afán de la vida?

¿Será que el hombre es eso?

¿Esa batalla?

Mario Benedetti

Fines de noviembre en Córdoba. Siesta. 35 grados a la sombra. No hay aire que circule en este hospital. Cuatro jóvenes yacen en el piso. Dormitan en colchones en la sala de estar. Dos policías cabecean su sueño en sillas de caño. Un hombre toma mates solitarios con la mirada fija en la pared. Un olor nauseabundo, mezcla de sudor y desechos humanos, lo contamina todo.

Si hubiera una entrada al paraíso, seguramente no sería esta.

El centro de referencia en la provincia en tratamiento de adicciones está colapsado. Se trata del Instituto Provincial de Alcoholismo y Drogadicción (Ipad), emplazado en el 191 de la avenida Álvarez Arenales. El que comparte la manzana con el Neuropsiquiátrico, en barrio Juniors, sobre la Costanera del Río Suquía.

Los dos pabellones de internados, el de hombre y el de mujer, están saturados. Las habitaciones tienen capacidad para dos camas. Pero hay tres. Y como si fuera poco, todavía sobra gente. Hay 74 pacientes internados para 52 camas. Los 22 extras no duermen en catres ni sillones. Van derecho al piso donde alguien les tira un colchón.

“Vení. Sacame una foto. ¿A ver qué sacaste?”, pregunta un paciente, a quien se lo asocia con un diablito. Y se para el pelo para parecerse más.

Uno de los cuatro jóvenes que dormita en la sala se levanta. Tiene un jeroglífico tatuado en el pecho. “Hace tres días que estoy en huelga de hambre. Protesto para que me trasladen a Bouwer. Por lo menos en la cárcel puedo hablar por teléfono, me dan rehabilitación y hago cosas en los talleres. Esto es la muerte”.

Un pasillo divide el pabellón de las mujeres. Tres duermen en una habitación pensada para dos. Una de ellas está encadenada. Embarazada además. La ataron a la cama para evitar que se escape o se lastime. Su compañera de cuarto cuenta lo que vive. Ella ni se inmuta.

“Acá no tenemos nada para hacer. No nos dan talleres. Dormimos todo el día. Imaginate cómo nos labura el mate. Va a dos mil por hora”, denuncia la mujer.

Son poco más de las 16 y calor no cede. Adentro, casi ni se respira. Afuera en cambio, la vida parece pasar por otro lado. Por el edificio nuevo del centro cívico, a pocos metros del Ipad. En el Panal y su derroche de modernidad.

Cada vez más. El Ipad fue creado en la década de 1960 con el objetivo de desintoxicar alcoholizados. Los pacientes permanecían 15 días bajo tratamiento y luego regresaban a la casa. Pero hoy el instituto intenta contener a un público más amplio: adictos a múltiples sustancias (drogas, pastillas, alcohol, telas de araña, tubos fluorescentes, paco). Y además a todos aquellos que han cometido un delito, tienen un desorden psíquico y no encuentran contención en otro lugar.

“El 80 por ciento de nuestros pacientes son judicializados y estamos saturados. Hay 74 pacientes para 52 camas. Y entre ellos, nueve que llegan con custodia policial”, informa un enfermero que prefirió no ser identificado.

Además del internado, la guardia también se satura. En el instituto hay cuatro camillas para contener a las personas con mayores cuadros de intoxicación. Por día, ingresan siete.

La sala de estar hoy está repleta de pacientes. Al igual que el pasillo de varones. Hay internos por todos lados. Como zombies en busca de una luz que no pueden abarcar.

“Vení, sacame una foto”, vuelve a requerir el diablito.

En el patio de hombres, un señor está sentado en un banco de madera. Tiene la mirada puesta en el tapial que divide el hospital con la calle. La tapia tenía antes un alambrado para evitar que los pacientes se escapen. Pero duró poco. Hoy es muy común que un interno salga a la noche, venda una frazada, compre marihuana y regrese.

Se escapan. La desprotección de médicos y enfermeros es un capítulo aparte. El Ipad cuenta con 18 enfermeros de planta, divididos en tres turnos. Pero muchos de ellos realizan tareas administrativas o entregan fármacos. Hay dos médicos por guardia, más los que atienden por la mañana los consultorios externos.

“Estamos expuestos a situaciones de violencia en forma constante. Acá llegan personas que han golpeado y tratado de matar a su pareja. Y nosotros los recibimos con un tensiómetro y una jeringa. De seis a siete personas son las adecuadas para contener un paciente que entra en crisis”, explica otro enfermero.

En el pabellón de las mujeres hay una encadenada y dos con guardia policial. Una situación impensada en el 2008, cuando el gobernador Juan Schiaretti​ inauguró el Centro Psico Asistencial (CPA). El espacio del ex Crom iba a contener a pacientes de riesgo para evitar que se mezclen con las personas que sólo acuden al sistema de salud para un tratamiento. Pero un buen día, también el CPA colapsó. Hoy cuatro de esos internos habían sido devueltos al Ipad.

“Vení, sacame una foto”, repite el diablito, pero esta vez muy cerca, susurrando sus palabras en mi oído. Me doy cuenta que estoy sola en el pabellón de los hombres. Y ahora la sangre me comienza a hervir. Tengo temor. Hago unos pasos para atrás y camino hasta el patio de las mujeres.

Intento respirar el aire que no hay. En la pared, hay una frase escrita con carbón. Cuando la vida te da un motivo para llorar, demuestra que tienes miles para sonreír.

Paradójico. En este sitio lo que faltan son las sonrisas.

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