Tras el sismo y el tsunami, padeció el derrumbe

COPIAPO, Chile.- Carola Narváez aspiró el frío aire de la madrugada del desierto de Atacama y lentamente empezó a exhalar la historia de cómo su familia sobrevivió a un devastador terremoto y trabajó para reconstruir su vida... sólo para que su esposo terminara atrapado en las profundidades de una mina chilena.
El relato de Narváez, una historia de dos desastres, encarna los desafíos que aún deben enfrentar los sectores pobres en Chile, pese a que el país ha sido en las dos últimas décadas el mimado de América latina. Es una historia de increíble desgracia, de inquebrantable fe y de un amor que, según la mujer, la adversidad sólo ha fortalecido.

El esposo de Narváez, Raúl Bustos, es un mecánico de maquinarias pesadas cuya pericia siempre ha tenido demanda. Durante años se ganó la vida reparando los equipos para extraer cobre, la sangre vital de la economía chilena, o ayudando a construir enormes barcos en los puertos de la línea costera de Chile, de 6400 kilómetros de extensión.

Hace seis meses, la familia vivía en la ciudad portuaria de Talcahuano, donde Raúl trabajaba para los astilleros chilenos Asmar. Como la mayoría de los chilenos, la familia estaba profundamente dormida cuando uno de los terremotos más potentes registrados en un siglo azotó la costa central, el 27 de febrero.

Lo que el terremoto no derrumbó fue arrastrado por el tsunami que el movimiento sísmico desencadenó. Aunque la casa de la familia sobrevivió, los barcos del astillero Asmar acabaron en medio de las calles, y las instalaciones de la empresa quedaron destruidas.

"No terminará mal"

Como tenía que mantener a su esposa y a dos niños pequeños, Bustos dirigió la mirada al norte de Chile, donde las minas salpican el desnudo paisaje lunar. Dos meses más tarde, encontró empleo en la mina San José.

Narváez se quedó en Talcahuano con sus hijos, María Paz, de 5 años, y Vicente, de 3 años. Pero el 5 de agosto, cuando llegó la noticia del derrumbe de la mina, dejó a los niños con sus abuelos y partió con premura a la mina, junto a la cual ha acampado desde entonces.

"En el terremoto, sólo teníamos que seguir viviendo. Estábamos con vida", dijo la mujer, sentada en un campamento justo fuera del portal que conduce a la mina de cobre y oro, donde Raúl está sepultado a 700 metros de profundidad.

"Esto es lo mismo. Nos produce mucha angustia, mucho aislamiento, mucho miedo. Pero estamos vivos. Mi esposo está vivo allá abajo, y tendremos otro final feliz."

Calentándose las manos sobre una hoguera al aire libre, Narváez, de 36 años, empleada administrativa de una empresa de asistencia de salud, dijo que el deseo de subir en la escala socioeconómica chilena impulsó a su esposo empezar a trabajar en la mina San José unas semanas después de que el tsunami lo dejó sin empleo. Desde abril, cumple turnos alternados de siete días, y pasa una semana en su casa con la familia en Talcahuano, ciudad situada a 1125 kilómetros de distancia.

"La minería es uno de los trabajos mejor pagos que un hombre puede conseguir en Chile", dijo Narváez.

La mujer reconoció que superar dos desastres en seis meses era muy duro, pero expresó su optimismo de que los rescatistas logren liberar a los hombres. Tampoco se siente víctima de una maldición. "Si fuera mala suerte, entonces todo terminaría mal", dijo. "Pero ninguno de estos desastres terminará mal."

Comentá la nota