A los 91, el trabajo sigue siendo su vida

A veces solemos discurrir con amigos sobre cuánto trabajamos, cuántas horas pasamos frente a una computadora, o conversando con alguna gente para tratar de tener una información.
Y a veces, de verdad, nos sentimos agotados por un ritmo de vida que se nos ocurre sino frenético algo agitado. En otras ocasiones tomamos nota de algunas "ventajas" de la profesión que, cabe admitir no es lo mismo que estar subido a un andamio levantando una pared cuchara y balde de albañil en mano, o llevando grandes bultos que hacen pesada la tarea de un operario. Un poco en broma, un poco en serio, admitimos que solemos quejamos por algunas cuestiones muy menores -que la calefacción está más o menos alta, que internet se cayó, o alguna nimiedad por el estilo-, y que "trabajar es otra cosa".

Obvio que trabajar es todo, claro, y que la tarea más o menos intelectual que desarrollamos cada día también puede tornarse cansadora y provocar fatiga, agotamiento o desagrado.

El trabajo duro.

No obstante siempre pienso que nuestros mayores "sí" que trabajaban. "A veces como burros", suelo agregar. Es que recuerdo a mi padre -también Mario, tipógrafo de toda la vida- en pleno verano los ventanales de la imprenta abierta para que corriera un poco de fresco, porque eran tiempos en que los aires acondicionados eran un lujo, o no existían, no recuerdo bien. Y me parece verlo yendo a trabajar a las 5 y media de la mañana, regresar a almorzar, siesta de media horita y regreso al laburo, hasta las 8 ó 9 de la noche. Y encima volver -muchas veces- en horario nocturno para seguir hasta las 2 de la mañana. Eso era lo que yo llamaba -y lo vi muchos años- trabajar "como un burro"

Sé que así lo hacían muchos de nuestros mayores. Sin comodidades, peleándole a la pobreza para construirse su casa ladrillo a ladrillo, y encima criar y educar de la menor manera que podían a sus hijos.

Este hombre que ahora tengo frente a mí revela "91 años, nada más. Estoy bien, y me voy a empezar a preocupar cuando llegue a los 100", completa. Luis Oreste Sagrado es de aquella generación de laburantes. Se reivindica como tal y revela: "Trabajar es para mí un entretenimiento. Si no lo hago me parece que me pongo viejo... ya dije, cuando pase los 100 voy a empezar a preocuparme. Ahora tengo que seguir trabajando".

Oficios diversos.

Y vaya si laburó Sagrado. Como que fue lechero en su General Pico natal, constructor de viviendas -"creo que entre las que hice en Pico y las que levanté en Santa Rosa debo andar por las 150 casas construidas", acota-, taxista y funebrero. "Pienso que soy una persona conocida, tanto por el taxi como porque al funebrero, en un velorio, lo miran todos", sonríe.

Hijo de Ventura, que tenía un campito a pocas leguas de General Pico; y de Ascensión; eran 5 hermanos. Sagrado tiene tres hijos, Hugo -hoy dueño del Expreso Álvarez-, Eve y Paola; cuatro nietos: Fernando, Analía, Quiti y Yanina; y cuatro bisnietos. "De chico ya me tocó cuidar chanchos, pero también me tocaba andar con el arado; y a los 18 empecé a repartir leche con un carrito. Diez años hice ese trabajo, hasta que después me dediqué a la construcción".

Luis admite que sólo fue hasta tercer grado de la Escuela, porque "al vivir en el campo" se dificultaba. De todos modos habría de revelar una gran inteligencia, porque se hizo constructor "con matrícula y todo. Siempre trabajé con otras dos personas, y aún lo sigo haciendo. Ahora mismo estoy levantando tres casitas... y hacemos todo: instalación eléctrica, gas y hasta las entregamos pintadas". Aquellos tiempos en que las casas se construían con créditos del Banco Hipotecario resultaron particularmente propicios para emprender el sueño de la casa propia.

María Luisa Chervisky, su compañera desde hace 25 años, lo mira arrobada. "Es tan bueno y tan inteligente este hombre", le dedica la mujer.

Viviendo en Pico también se hacía tiempo para andar con "una propaladora móvil haciendo propaganda de los comercios. A los 27 me vine a Santa Rosa, y siempre viví más o menos por esta zona de Villa Alonso", expresa.

Taxista y funebrero.

Ya en la capital provincial empezó con el taxi. "Desde 1958 hasta más o menos 1990 anduve manejando el taxi. Fueron muchos años de andar en la calle. Al principio no éramos muchos... recuerdo a los Bedis, Fonseca, los Descalzi, El Gordo Pérez, Tito Fuertes, Placenti, Bolla, Gunding... Llegué a tener siete licencias de taxi, y fui el primero que le puso el reloj de taxímetro al auto", rememora.

Poco tiempo después iniciaría uno de los emprendimientos por el que se haría muy conocido. "Empecé con el servicio fúnebre con El Gordo Mazzoni. Al principio eran dos autos Rambler que hice carrozar especialmente. Recordarán que antes los velatorios se hacían en las viviendas particulares, pero a los pocos meses abrí la primera sala velatoria en la esquina de Alvear y Rivadavia, después otra en Pueyrredón y Belgrano, y una más en la Roque Sáenz Peña. En esos momentos llegué a tener nueve salas: Victorica, Telén, Doblas, Macachín, Lonquimay, Riglos, Toay, Catriló y 25 de Mayo".

Se habrá llenado de plata, le digo al pasar. "¡Nooo!!! Mirá, el único momento que anduve bien en serio fue cuando le trabajaba a la CPE Santa Rosa. Ahí sí, cobraba puntualmente", me contesta y me deja un poco desconcertado. "¿Sabés qué pasaba? La gente venía a contratar el servicio y uno lo primero que hacía era tratar de solucionar el momento, yo les daba fiado y después muchos no pagaban. Una vez, con mi hijo Hugo mandamos más de 300 cartas condonando deudas, porque la gente contrataba el servicio, le fiaba y dejaba de pagar, y si otra vez necesitaban se iban a otra cochería. No venían más. Así que decidimos mandar esas notas".

"Que no faltara el trabajo".

"¿Cómo me fue con la CPE? Muy bien. Me pidieron asesoramiento antes de poner el servicio, y yo no tuve inconvenientes en contarles todo. Después me subcontrataban y me convenía más que si venía la gente directamente a mi empresa. Porque me aseguraba que cobraba", cuenta.

"Sí, Cachito era bravo...", reconoce. Se refiere a Cacho Arballo, que tenía la otra empresa funeraria de la ciudad (supieron coexistir tres, con La Nueva, que duró poco tiempo). "Competíamos, bien, pero era bravo. No sé cómo pero él siempre se enteraba antes de alguien que moría en el hospital... si hasta recuerdo un caso en que los familiares vinieron a contratar mi servicio y cuando llegamos Cacho ya estaba sacando el muerto", rememora. Durante años tuvo el servicio fúnebre, "más o menos desde 1968 hasta 1990. Yo no le deseaba el mal a nadie, pero que no me faltara el trabajo...", dice ahora con una buena dosis de humor negro.

Los aviones.

Cualquiera diría que Sagrado es un próspero empresario, pero lo niega. "La verdad es que siempre trabajé mucho, hice algún capital pero lo que se dice plata no tuve, ni tengo... Siempre estaba empeñado, porque me metía en créditos, aunque los pagaba religiosamente", agrega.

Pero hasta aviones llegó a tener, le digo recordando que alguna vez me tocó viajar a San Rafael, Mendoza, por motivos periodísticos. "Sí, tuve tres. Un Cherokee 6 plazas, un Cessna 4 plazas y otro que tuve poco tiempo. Los usábamos como taxis aéreos, pero también como avión ambulancia, porque los habíamos adaptado para eso. Los pilotos, que contratábamos eran Ermesino, Troncoso, Garrote y Wiggenhauser".

Cuando me tocó viajar en la avioneta a San Rafael recuerdo que Pedro Macedo (fotógrafo) se descompuso bastante. "Fue un sufrimiento, porque parecía un Fiat 600 con alas... había viento y se movía mucho", le cuento.

Lo miro y no lo veo muy distinto del taxista que conocí hace años. Sólo la falta del bigotito apenas dibujado que ya no está, el pelo absolutamente blanco y las ganas de trabajar que no se apagan. Y está bien, si al cabo tiene nada más que 91 años.

El pueblo donde no murió nadie.

Luis Sagrado dice que nunca tuvo plata. "Hice algún capital, laburé mucho, pero no trabajaba sólo por la plata. Me gusta laburar, me hace sentir vivo, me hace sentirme útil". En casi dos horas de charla no dejó de hablar de trabajo, siempre asistido por María Luisa que, de a ratos, aporta algunos datos. Sagrado rememora un negocio fallido: "Hubo un momento en que tenía salas velatorias en varias localidades, pero hubo un pueblo en el que perdí plata: no se murió nadie. Sí, como escuchás. Al año y medio tuve que cerrar". Es que la Colonia 25 de Mayo era muy nueva, y sus habitantes gente muy joven, así que el funebrero, allí, no tuvo trabajo.

"Digo la verdad, nunca hice cosas para hacer plata, pero siento necesidad de trabajar. Tres o cuatro meses que no hice nada me enfermé", reflexiona. "Sí me jubilé? Claro, si algo me sobró fueron aportes para jubilarme. El día que cobré por primera vez le comenté a ella: es la primera vez que cobro algo sin trabajar". Obvio, antes había tributado generosamente para eso. "Me jubilé grande, cuando ya tenía 80 años, y cobro más o menos $2.200". Por supuesto no parece mucho, comparado con tantos años de trabajo en tan diversos rubros.

"Estoy bien, soy muy feliz", repasa. Es que se siente muy bien, al punto que hasta hace un tiempo iba a renovar su carné de conducir cada 6 meses, y ahora debe revalidarlo cada 12. "El médico me vio tan bien que me hace ir una sola vez al año. Soy muy prudente, sé los límites y voy a manejar mientras no ponga en peligro mi vida, ni la de los demás. Por ahora estoy muy bien. Me voy a preocupar después de los 100".

Un susto de los grandes.

Cuenta una anécdota: "Un día iba a Córdoba y levanté a alguien que hacía dedo. Trataba de sacarle conversación pero el hombre iba mudo. Llegó la noche y me intranquilicé, seguía mudo. En medio del campo pegó el grito: '¡Pare acá!'. Frené de golpe y me tiré entre unos yuyos. El auto quedó con las luces encendidas. Espié y vi que el tipo cruzaba un alambrado y se iba. Agazapado me acerqué, salté al auto y aceleré. Después me di cuenta que el hombre no pensaba asaltarme, y que sólo iba a su casa. Ha pasado mucho, pero recuerdo cada segundo de aquel momento. Fue el gran susto de mi vida", termina.

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